lunes, 5 de marzo de 2012

La enseñanza de la Historia



Por: Juan José Torre


Todas las civilizaciones consideraron la enseñanza de la Historia como el mejor medio para justificar su existencia y la de su Estado. Es decir, dar solidez  a la idea de que la existencia de su civilización, orden social y político era la culminación de un proceso histórico inequívoco. Quizá sea en Atenas donde se apreciaron los beneficios de la Historia como medio de formación política para sus ciudadanos. Ello debido a que la restringida democracia ateniense permitía a una elite acceder al control del Estado y de sus instituciones, para lo cual era indispensable alcanzarles experiencias políticas previas. Sin perder el carácter etnocéntrico, la enseñanza de la Historia adoptó en Atenas una función política más definida.

La incorporación de la enseñanza de la Historia  en la formación de jóvenes durante la Edad Moderna  tuvo, entre sus objetivos, formar en los habitantes la idea de nación y/o comunidad. Se le asignaría desde entonces otra función a la Historia; la formación de la identidad nacional. Esta idea se asentó en la necesidad de legitimar ante la población su incorporación a los nacientes Estados nacionales (y a sus regímenes) surgidos en Europa en el transcurso de la edad moderna. 

La formación de la identidad nacional mediante la enseñanza de la Historia en la escuela se convertiría en un medio de homogenización cultural al interior de la sociedad. Dentro del proceso de consolidación de los Estados nacionales -entre los siglos XVI y XIX- la eliminación de las diferencias culturales sería central pues de esa manera  se pretendía evitar  los conflictos que pusieran el riesgo la unidad territorial del país. En ese sentido se privilegió  la enseñanza  (y creación) de una Historia Nacional en desmedro de una historia local; de igual modo se fomentaría la difusión de valores nacionales que fueran apreciados como superiores a las propias de cada región.

La educación y  particularmente la Historia sirvieron al propósito de ir diluyendo las diferencias y lograr la tan ansiada unidad nacional. La adopción de figuras emblemáticas y paradigmáticas (héroes) -cuyo comportamiento, calificado como épico, vendría a ser  el que el Estado esperaba de sus ciudadanos en caso de ponerse en riesgo la existencia del Estado Nación-  constituiría una forma de consolidar ese proceso.

Sin embargo, el tipo de enseñanza de la Historia generó dificultades insoslayables. El surgimiento de los nacionalismos y las guerras mundiales quizá pudieron haber influido en los cambios dentro del sentido que debía adoptar. También tendría un papel renovador el triunfo de la Revolución Rusa, que desmantelaría el sistema educativo de ese país y los objetivos para los que estuvo diseñado. Dentro de ese contexto jugaría un papel importante Lev Vigotsky, quien desarrollaría el modelo de aprendizaje sociocultural que años posteriores daría lugar al modelo  socio crítico.

De acuerdo a lo que proponía Vigotsky, el aprendizaje solo era posible mediante la interacción social, siendo éste por lo tanto su producto; en tal sentido la educación debería potenciar y fortalecer el desarrollo de las capacidades comunicativas y creativas de los alumnos  así como  de su  pensamiento crítico. Su teoría pedagógica marcaría el rumbo de las propuestas educativas en casi todo el mundo. Bajo la propuesta socio-critica  –asumida tardíamente por el sistema educativo peruano- la Historia sirve de insumo para potenciar capacidades como la deducción, inferencia, solución de problemas y juicio crítico. En efecto, bajo los postulados de Vigotsky, la enseñanza de la Historia se torna ideal para el desarrollo del razonamiento argumentativo.

Pero más allá de  consideraciones ideológicas y formativas  lo cierto es que el peso de lo real terminó incidiendo en los cambios pedagógicos que se suscitarían a lo largo del siglo XX. Y todo indica que fue la crudeza de la realidad lo que obligó a modificar los fines de la enseñanza de la Historia, puesto que el ideal unificador que regía su naturaleza se vio desmentida por la dinámica social y política de algunos países. Además de los mencionados nacionalismos exacerbados,  el surgimiento de ETA en España y el IRA en Irlanda (por citar algunos casos), con sus demandas reivindicativas nacionalistas, pusieron  en cuestión  la fortaleza del Estado Nación, por lo tanto discursos que apostaban por una cultura homogénea serían lentamente erosionados. De igual forma la desestructuración de las republicas de Europa del Este y las guerras religiosas y étnicas, desatadas en los Balcanes y en otras regiones del África y Asia, serían la dolorosa demostración que los Estados guardan, al interior de sus territorios, contradicciones culturales y conflictos entre las nacionalidades que la componen.

Ante ese contexto las propuestas pedagógicas inspiradas por Vigotsky alcanzan relevancia. Sin embargo, en su adaptación a los sistemas educativos actuales, presentará algunas falencias. En el caso peruano una revisión detenida de la currícula propuesta por el Estado evidencia la contradicción entre la elevada carga de conocimientos propuestos con el número de horas asignadas al curso de Historia semanalmente. Otra dificultad estriba en las características que el modelo socio crítico ha adoptado en nuestros  países, todas ellas en función de entroncarlo al modelo económico vigente. El privilegio por el desarrollo de las capacidades, no por la calidad de la información, es evidente, dando pocas posibilidades de lograr aprendizajes significativos.

En los últimos años el Estado peruano permite a las instituciones educativas adaptar la currícula vigente a las condiciones particulares de cada región. El caso de la enseñanza de la historia termina siendo una tarea difícil pues -salvo aislados esfuerzos por llevarlas adelante y su escasa proyección- la investigación de historia regional es escasa. La investigación histórica en general es un trabajo que el Estado no promueve y, por lo tanto, las innovaciones a las que tienen acceso los maestros son limitadas.

Ahora bien, podría pensarse en rescatar  dentro de estas limitaciones la importancia suprema de afianzar en los estudiantes la capacidad crítica. Pero el desarrollo de esa capacidad tiene límites; por un lado la propia subjetividad del docente y, de otro, los parámetros a los que la sociedad y su definición de lo “correcto” que constriñe la generación  de propuestas. El paradigma socio-crítico asumido por el Estado intenta con su implementación promover la creatividad  y la iniciativa individual, ello dentro del marco de  la cultura del emprendimiento que la sociedad de consumo y las políticas económicas neoliberales promueven.

En relación al desarrollo de la disciplina histórica y su enseñanza, existe el riesgo de la interpretación interesada (de tinte ideológico, claro está) de parte de quienes estén a cargo de su diseño curricular y de quienes ejercen la docencia. Enseñar Historia es una tarea política, por donde se vea: ya sea que el docente se conforme con ser un transmisor de la versión oficial o si, resistiéndose ante ello, pretende dar a conocer una versión más “real” de la Historia, e incluso procurando que los alumnos construyan sus propios conocimientos. Sea como sea, la enseñanza de las Ciencias Sociales -y la Historia en particular- se convierte en el primer acercamiento de los estudiantes a la vida política.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hay un amplio debate, Juan José, entre quienes defienden una educación que priorice una metodología que se aproxime a las capacidades del niño y entre quienes creen que son los "contenidos" (por llamarlo de algún modo) los fundamentales en todo proceso de enseñanza.
Qué dices a eso? Defiendes los programas estatales de capacitación docente como si tdo fuera metodológico, o crees, como Althusser, que eso es perder el tiempo y los cambios de la educación tienes una serie de matices mucho más vastos?

Juan Jose Torre dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan Jose Torre dijo...

El desarrollo didáctico de las ciencias sociales está en una fase inicial. No es un proceso acabado y en tal sentido recoge y adapta (al igual que la investigación histórica, por ejemplo) la metodología didáctica de otras disciplinas. Sin embargo no es posible (o en todo caso es contraproducente) que se priorice la formalidad didáctica en desmedro del contenido. Que no se entienda mal, son importantes las herramientas pedagógicas pero ninguna de ellas será útil para enseñar aquello que se desconoce.
Por otro lado resulta incómodo el afán de la Pedagogía y la Educación en general, por mostrarse como una actividad científica. El uso de la psicología y últimamente de la neurología le han sido de gran aporte pero de ninguna manera la ha dotado de “cientificidad”, han logrado sin duda dar pautas al acercarnos al razonamiento de los estudiantes, y en realidad ha servido para redefinir las estrategias docentes.