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miércoles, 7 de diciembre de 2011

EL RONSOCO ILUSTRADO - Columna

¿Extractivismo o morir?


Por: Javier Garvich
Extractivismo es una palabra que empieza a tomar cuerpo desde algunos años en América Latina, ha sido prohijada por los movimientos indigenistas contemporáneos y, dentro de nada, estará poniéndose de moda en el Perú.
Cuando hablamos de extractivismo hablamos de un proceso económico basado en la extracción pura y dura (con 0 valor agregado) de materias primas a cambio de valiosas divisas que, con una distribución eficiente, puedan financiar planes sociales y mitigar sustancialmente la extrema pobreza. La forma como se está extrayendo el petróleo, el gas y los minerales en Venezuela, Brasil, Ecuador y Bolivia  es el ejemplo y base del discurso: Extracción de hidrocarburos a cambio de dólares frescos con que mantener subvenciones a productos de la canasta familiar, transferencias directas de dinero a los más necesitados, programas sociales de salud y educación. Ojo que estamos hablando de repúblicas con gobiernos que presumen de izquierdismo e incluso hablan de “socialismo del siglo XXI”. Además, el extractivismo que profesan es una fórmula donde todos ganan: El gobierno, legitimado por sus programas sociales ante los electores; las transnacionales extranjeras, porque hacen negocio vendiendo combustibles en un mercado global necesitado de recursos energéticos; el sector privado nacional que puede seguir creciendo al más puro estilo capitalista al saber que el Estado no se ve a meter con ellos como se temía. Y, claro está, amplios sectores sociales que cobran cheques del Estado, se benefician de un sistema de salud más generoso o que ve mejores oportunidades educativas para sus hijos  Ese extractivismo tiene una variante agrícola que se está consolidando peligrosamente en Argentina y Uruguay con el auge de los monocultivos de exportación, con pingues beneficios ¿Por qué quejarse entonces?
Pero el extractivismo tiene su lado oscuro: Seguimos alimentando una estructura productiva invertebrada, subdesarrollada y débil, muy dependiente del exterior en varios aspectos y con poca capacidad competitiva en el mercado global. La pregunta obvia es: ¿Qué pasará si caen los precios de los minerales y combustibles? ¿Y qué pasará si se acaban los recursos? ¿Vale la pena destruir todo un ecosistema para montar un proyecto gasífero que no tendrá más de 40 años de vida?
Porque aquí viene el segundo pero más importante: ¿Vale la pena destruir nuestro país por una renta equis de divisas durante un tiempo muy determinado? ¿La destrucción de ecosistemas, la inevitable contaminación de nuestros ríos, la extinción de nuestras cuencas acuíferas, el erosionamiento y la desertificación de valles y quebradas es el impuesto inexorable para que podamos tener mejor calidad de vida?
Estas reflexiones son necesarias ahora que se ventila la viabilidad de un nuevo megaproyecto minero en Cajamarca. El precio por una cuota sustancial de teóricos recursos para el desarrollo pasa por la desaparición de varias lagunas naturales y el consumo de agua tratada por parte de los cajamarquinos (en el campo y en la ciudad) durante décadas y, posiblemente, sine die.  ¿Vale la pena?

La pregunta es más abierta y compleja: ¿Qué Perú queremos para el futuro? Y en eso entra el tema cultural, porque el extractivismo también atenta contra una manera de ser y hacer durante siglos. El extractivismo choca con las formas andinas de trabajar y querer el suelo y el ambiente (de esas formas nacen nuestras danzas, canciones, fiestas, tradiciones, arte e idioma). Atenta contra nuestras raíces más legítimas. Las minas, necesariamente, terminan desperuanizándonos.
Un Perú minero puede darnos ingentes recursos y modernizar el país. Pero temo que dentro de 50 años terminaremos siendo una Somalía sudamericana, un país desertizado, sin glaciares, con los ríos envenenados, viviendo en ciudades tan contaminadas como La Oroya, con millones de bocas que exijan una sangría de divisas para importar alimentos. Alimentos que bien podríamos producir nosotros. Dentro de 50 años, los pocos valles andinos existentes serán monopolizados por transnacionales turísticas, la Amazonía será un escenario a la Mad Max,  un espacio sin ley degradado por la desforestación formal y la minerías informales. El cuy y la papa amarilla serán artículos de lujo para el consumo extranjero. Nuestros egresados y mejores cerebros seguirán yéndose en masa fuera del país y Lima será un sumidero caótico, sediento y envuelto en smog.
El extractivismo del guano terminó consolidando una clase dominante corrupta cuyos descendientes todavía hoy nos gobiernan, el extractivismo del caucho generó el más grande genocidio de nuestros pueblos amazónicos, el extractivismo pesquero depredó (¿por siempre?) nuestros recursos ictiológicos en el Pacífico. ¿Es que no aprendemos? ¿No hay otras, mejores formas, de generar valor y recursos en el Perú?

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Democracia y Mercado: tensiones irreductibles



Por: Jorge Duárez

En el trabajo titulado Democracia ¿Gobierno del Pueblo o gobierno de los políticos? José Nun (2002) hace referencia a un hecho que llama la atención: la historia nos muestra que ha existido capitalismo sin democracia (Hitler, Mussolini, Pinochet), más no democracia en su versión moderna sin capitalismo. Para Nun esta relación afronta una tensión inevitable que demanda un compromiso entre los diferentes sujetos involucrados en los procesos sociopolíticos y económicos, el cual haga posible el sostenimiento de la relación democracia-mercado. El contenido básico de dicho compromiso consistiría en que: los que no poseen instrumentos de producción aceptan la institución de la propiedad privada del capital social, mientras que los que poseen instrumentos de producción aceptan instituciones políticas que permitan a otros grupos exigir efectivamente sus derechos a la repartición de los recursos y a la distribución de la renta (Przeworski y Wallerstein, 1989).

Esta idea del compromiso nos sugiere una serie de interrogantes: ¿Qué rol cumple el Estado en dicho compromiso? ¿Quién define quiénes participan en el compromiso? ¿Es un compromiso limitado sólo a los intereses de los sujetos involucrados? ¿Qué pasa con aquellos que quedan fuera o subordinados al compromiso? Si bien no arriesgamos acá respuestas para cada una de estas interrogantes podemos sostener siguiendo a Nun (2002) que la consecución de dicho compromiso es el resultado de negociaciones y de luchas pasadas y presentes y requieren múltiples justificaciones políticas, ideológicas e incluso éticas, conforme a las tradiciones de la “colectividad” de que se trate, a sus marcos institucionales y a los conflictos concretos que se susciten. Nada sencillo ¿cierto?

Ahora bien, el mantenimiento de este compromiso en el contexto histórico actual, en donde el mercado asume su versión neoliberal, se vuelve más problemático. Para comprender esto hagamos explícito uno de los principales dogmas del neoliberalismo, el cual nos dice que las ventajas que se brindan a los inversionistas privados (exoneración de impuestos, flexibilización laboral, reducción estándares de cuidado ambiental, etc.) son costos necesarios que la sociedad en su conjunto debe asumir si desea crecimiento económico y progreso. Si los derechos laborales, el cuidado al medio ambiente y el pago de impuestos son asumidos como “sobre costos” para la inversión y, por ende, como frenos para el progreso ¿qué espacio queda para la redistribución de la riqueza? El neoliberalismo al convertirse en la negación del Estado de Bienestar europeo o de los Estados populares latinoamericanos termina asfixiando a la propia democracia.

Dicho lo anterior vale enfatizar que la tensa relación entre democracia y mercado no se reduce al marco de los intereses económicos de los sujetos. Las justificaciones que demanda dicha relación necesariamente involucran al mundo simbólico, es decir, normas y valores. Esto se evidencia por ejemplo si al reflexionar en torno al neoliberalismo superamos aquella concepción que la reduce a una política económica, pasando a concebirla como una forma particular de organizar lo social.

Las normas y valores que justifiquen el compromiso pactado entre democracia y mercado buscarán dominar los antagonismos que puedan acabar con aquél. Este intento de dominio siempre será precario, lo cual será evidenciado por los conflictos sociales que surjan y las regiones marginadas del compromiso. Todo esto podemos identificarlo como aquellas apariciones espectrales a las que Zizek (2003) hace referencia: La realidad no es la “cosa en sí”, sino que está ya-desde siempre simbolizada, constituida, estructurada por mecanismos simbólicos, y el problema reside en el hecho de que esa simbolización, en definitiva, siempre fracasa, que nunca logra “cubrir” por completo lo real, que siempre supone alguna deuda simbólica pendiente, irredenta. Este real (la parte de la realidad que permanece sin simbolizar) [En nuestros términos aquello que queda fuera del compromiso] vuelve bajo la forma de apariciones espectrales.

El compromiso que defina la relación entre democracia y mercado estará constituido por tensiones irreductibles, no superables, ya que su propia constitución supone la exclusión de ciertos sujetos. Ejemplos de esto son los “indignados” frente a la crisis global o algo más cercano a nosotros, el conflicto alrededor del proyecto minero Conga en Cajamarca.