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lunes, 28 de mayo de 2012

El fútbol peruano: un masoquismo necesario y un estilo de vida a seguir





Por: Bruno Yika Zapata

Eric Fromm mencionaba que todos tenemos, de alguna manera, algo de masoquistas y de sádicos, que ello es parte de nuestra “naturaleza humana”. Nietzsche decía también que no había algo más racional (apolíneo) que lo irracional (dionisiaco). Para el caso del fútbol peruano, ello cae como anillo al dedo. Nos permite comprender por qué algunos seguimos siendo hinchas de equipos de fútbol fracasados, en quiebra y con pocas posibilidades de ganar algo realmente importante. Es más, mientras más hundidos se encuentren nuestros equipos y estén más fregados, más sentimos la necesidad de estar con ellos.

El caso de la selección nacional es algo racionalmente más patético. Los que no hemos tenido la oportunidad de verlos en un mundial, tenemos la esperanza (“todos somos parte de la selección”, dice el comercial de la Cristal) y el anhelo de verlos jugar frente a los astros brasileros, ingleses o argentinos. En ese sentido, las grandes campañas publicitarias y mediáticas alimentan constantemente nuestro imaginario colectivo.

A ello debemos agregarle otro factor, fruto de la globalización consumista: la proliferación en nuestro país de academias de fútbol para menores. Los chicos ya no quieren estudiar, todos quieren ser como Neymar o como Jefferson Farfán. No importa si no termino el colegio, la idea es ganar lo que Manco en su nuevo equipo de fútbol.

Aquí se mezclan dos factores (o más bien se entrecruzan): por un lado, la necesidad de sentirse parte de algo, en este caso de un equipo del fútbol nacional; por otro lado, el estilo de vida a seguir por parte de las generaciones más jóvenes de los futuros “jotitas”. El primer caso responde a la necesidad de sentirse identificado con una comunidad imaginada con experiencias compartidas. El reconocimiento que surge de ello tiene estrecha relación con los viejos laureles obtenidos por estos equipos de fútbol. Muchos de dichos equipos son representantes de una localidad, de un puerto o de una ya inexistente clase social.

Soy hincha de fútbol de un equipo de puerto, un club que está quebrado, endeudado y sin sostenibilidad financiera para terminar el campeonato, pero ¿por qué sigo lo sigo alentando? La respuesta es simple: porque representa a una comunidad que quizás sólo existe en mi mente, pero de la cual me siento parte. Es más, cuando estuvo en segunda división, no solo yo, sino también mucha gente lo iba a ver al estadio más que nunca. Bajo esta perspectiva, el fútbol sirve como elemento de integración, el cual dudo deje de existir. Sino pregúntenles a los hinchas del Deportivo Municipal que aún lo siguen en la Liga de Breña.

El segundo caso si es un poco alarmante pues lleva a creer a muchos niños, adolescentes y jóvenes que lo importante del fútbol es ganar fácilmente mucho dinero. La idea del fútbol como medio de integración queda en un segundo plano y lo que prioriza es ser un futbolista “exitoso”, vestir ropa Nike, Adidas o Reebok, manejar autos último modelo o poseer a todas las mujeres posibles, teniendo en este caso como tótem a Cristiano Ronaldo.

Esta tendencia tiene como raíz la vieja idea del fútbol como pasión de multitudes y medio de integración. Las industrias ligadas a este rubro lo saben muy bien y la utilizan de la mejor manera: vendiendo sueños que, en el mayor de los casos, nunca se van a cumplir. Como diría Bauman ya no sería un fetichismo de la mercancía lo que se estaría impulsando, sino más bien sería un fetichismo del consumo. Detrás de ello están nuestras subjetividades, las cuales se dejan llevar fácilmente por el falso placer que ocasionan estos patrones culturales.

El llegar al mundial es lo de menos. Lo que ahora importa es juntarnos en casa de alguien con parrilla y chelas de por medio, Cristal obviamente, para ver masoquistamente los fracasos eternos de nuestra selección.

lunes, 5 de marzo de 2012

La enseñanza de la Historia



Por: Juan José Torre


Todas las civilizaciones consideraron la enseñanza de la Historia como el mejor medio para justificar su existencia y la de su Estado. Es decir, dar solidez  a la idea de que la existencia de su civilización, orden social y político era la culminación de un proceso histórico inequívoco. Quizá sea en Atenas donde se apreciaron los beneficios de la Historia como medio de formación política para sus ciudadanos. Ello debido a que la restringida democracia ateniense permitía a una elite acceder al control del Estado y de sus instituciones, para lo cual era indispensable alcanzarles experiencias políticas previas. Sin perder el carácter etnocéntrico, la enseñanza de la Historia adoptó en Atenas una función política más definida.

La incorporación de la enseñanza de la Historia  en la formación de jóvenes durante la Edad Moderna  tuvo, entre sus objetivos, formar en los habitantes la idea de nación y/o comunidad. Se le asignaría desde entonces otra función a la Historia; la formación de la identidad nacional. Esta idea se asentó en la necesidad de legitimar ante la población su incorporación a los nacientes Estados nacionales (y a sus regímenes) surgidos en Europa en el transcurso de la edad moderna. 

La formación de la identidad nacional mediante la enseñanza de la Historia en la escuela se convertiría en un medio de homogenización cultural al interior de la sociedad. Dentro del proceso de consolidación de los Estados nacionales -entre los siglos XVI y XIX- la eliminación de las diferencias culturales sería central pues de esa manera  se pretendía evitar  los conflictos que pusieran el riesgo la unidad territorial del país. En ese sentido se privilegió  la enseñanza  (y creación) de una Historia Nacional en desmedro de una historia local; de igual modo se fomentaría la difusión de valores nacionales que fueran apreciados como superiores a las propias de cada región.

La educación y  particularmente la Historia sirvieron al propósito de ir diluyendo las diferencias y lograr la tan ansiada unidad nacional. La adopción de figuras emblemáticas y paradigmáticas (héroes) -cuyo comportamiento, calificado como épico, vendría a ser  el que el Estado esperaba de sus ciudadanos en caso de ponerse en riesgo la existencia del Estado Nación-  constituiría una forma de consolidar ese proceso.

Sin embargo, el tipo de enseñanza de la Historia generó dificultades insoslayables. El surgimiento de los nacionalismos y las guerras mundiales quizá pudieron haber influido en los cambios dentro del sentido que debía adoptar. También tendría un papel renovador el triunfo de la Revolución Rusa, que desmantelaría el sistema educativo de ese país y los objetivos para los que estuvo diseñado. Dentro de ese contexto jugaría un papel importante Lev Vigotsky, quien desarrollaría el modelo de aprendizaje sociocultural que años posteriores daría lugar al modelo  socio crítico.

De acuerdo a lo que proponía Vigotsky, el aprendizaje solo era posible mediante la interacción social, siendo éste por lo tanto su producto; en tal sentido la educación debería potenciar y fortalecer el desarrollo de las capacidades comunicativas y creativas de los alumnos  así como  de su  pensamiento crítico. Su teoría pedagógica marcaría el rumbo de las propuestas educativas en casi todo el mundo. Bajo la propuesta socio-critica  –asumida tardíamente por el sistema educativo peruano- la Historia sirve de insumo para potenciar capacidades como la deducción, inferencia, solución de problemas y juicio crítico. En efecto, bajo los postulados de Vigotsky, la enseñanza de la Historia se torna ideal para el desarrollo del razonamiento argumentativo.

Pero más allá de  consideraciones ideológicas y formativas  lo cierto es que el peso de lo real terminó incidiendo en los cambios pedagógicos que se suscitarían a lo largo del siglo XX. Y todo indica que fue la crudeza de la realidad lo que obligó a modificar los fines de la enseñanza de la Historia, puesto que el ideal unificador que regía su naturaleza se vio desmentida por la dinámica social y política de algunos países. Además de los mencionados nacionalismos exacerbados,  el surgimiento de ETA en España y el IRA en Irlanda (por citar algunos casos), con sus demandas reivindicativas nacionalistas, pusieron  en cuestión  la fortaleza del Estado Nación, por lo tanto discursos que apostaban por una cultura homogénea serían lentamente erosionados. De igual forma la desestructuración de las republicas de Europa del Este y las guerras religiosas y étnicas, desatadas en los Balcanes y en otras regiones del África y Asia, serían la dolorosa demostración que los Estados guardan, al interior de sus territorios, contradicciones culturales y conflictos entre las nacionalidades que la componen.

Ante ese contexto las propuestas pedagógicas inspiradas por Vigotsky alcanzan relevancia. Sin embargo, en su adaptación a los sistemas educativos actuales, presentará algunas falencias. En el caso peruano una revisión detenida de la currícula propuesta por el Estado evidencia la contradicción entre la elevada carga de conocimientos propuestos con el número de horas asignadas al curso de Historia semanalmente. Otra dificultad estriba en las características que el modelo socio crítico ha adoptado en nuestros  países, todas ellas en función de entroncarlo al modelo económico vigente. El privilegio por el desarrollo de las capacidades, no por la calidad de la información, es evidente, dando pocas posibilidades de lograr aprendizajes significativos.

En los últimos años el Estado peruano permite a las instituciones educativas adaptar la currícula vigente a las condiciones particulares de cada región. El caso de la enseñanza de la historia termina siendo una tarea difícil pues -salvo aislados esfuerzos por llevarlas adelante y su escasa proyección- la investigación de historia regional es escasa. La investigación histórica en general es un trabajo que el Estado no promueve y, por lo tanto, las innovaciones a las que tienen acceso los maestros son limitadas.

Ahora bien, podría pensarse en rescatar  dentro de estas limitaciones la importancia suprema de afianzar en los estudiantes la capacidad crítica. Pero el desarrollo de esa capacidad tiene límites; por un lado la propia subjetividad del docente y, de otro, los parámetros a los que la sociedad y su definición de lo “correcto” que constriñe la generación  de propuestas. El paradigma socio-crítico asumido por el Estado intenta con su implementación promover la creatividad  y la iniciativa individual, ello dentro del marco de  la cultura del emprendimiento que la sociedad de consumo y las políticas económicas neoliberales promueven.

En relación al desarrollo de la disciplina histórica y su enseñanza, existe el riesgo de la interpretación interesada (de tinte ideológico, claro está) de parte de quienes estén a cargo de su diseño curricular y de quienes ejercen la docencia. Enseñar Historia es una tarea política, por donde se vea: ya sea que el docente se conforme con ser un transmisor de la versión oficial o si, resistiéndose ante ello, pretende dar a conocer una versión más “real” de la Historia, e incluso procurando que los alumnos construyan sus propios conocimientos. Sea como sea, la enseñanza de las Ciencias Sociales -y la Historia en particular- se convierte en el primer acercamiento de los estudiantes a la vida política.


miércoles, 26 de octubre de 2011

El gobierno de Ollanta Humala y la Política de masas



Por: Jorge Luis Duárez Mendoza

Se cumplen ya casi tres meses desde que Ollanta Humala asumió la presidencia en el Perú y si bien ha logrado impulsar medidas bastante importantes para la política nacional (renegociación de los impuestos a las mineras, ley de consulta previa, creación y ampliación de la cobertura de políticas sociales, etc.) y hacer frente de forma relativamente positiva a situaciones sumamente incómodas (los intentos de destitución de Ricardo Soberón de DEVIDA y de Aída García Naranjo frente al Ministerio de la Mujer, además de los escándalos de corrupción del vicepresidente Chehade y miembros de su bancada), sigue quedando pendiente un desafío central: el desarrollo de una política de masas.

Si bien resulta valioso el apoyo que ha expresado la Central General de Trabajadores del Perú al gobierno de Ollanta Humala, esto automáticamente no supone la consolidación del apoyo brindado por amplios sectores sociales. Estamos lejos de aquellos años en que el sector obrero lideraba al movimiento popular. Diversas demandas más allá de las laborales resultan relevantes en el actual escenario nacional, entre ellas son particularmente importantes las producidas por comunidades campesinas y poblaciones afectadas por la actividad minera. Síntomas de esto son los diversos conflictos sociales que se generaron y agudizaron durante el gobierno de García y las manifestaciones que se han producido en las últimas semanas.[1] Si por política de masas entendemos el despliegue por parte del gobierno de mecanismos de articulación de diversas demandas sociales para dirigir a la sociedad, el gobierno tiene una enorme tarea por delante.[2]

Vistas desde el desafío de generar una política de masas resultan significativas las diferentes visitas que ha realizado el presidente Humala a las zonas más relegadas del país, entre ellas el sur andino y la frontera amazónica. Estas visitas permiten -entre otras cosas- acercar al presidente a la población, recoger sus demandas y brindar cierto apoyo social, es decir, realizar a pequeña escala el discurso de inclusión social. Pero evidentemente esto es insuficiente. La política de masas no se reduce a las visitas esporádicas del presidente, ni siquiera al perfeccionamiento técnico de las políticas sociales –lo cual es sumamente importante. La política de masas supone constituir, articular y reincorporar las demandas de base a la política nacional-estatal, en otras palabras, hacer política.[3] De esta forma el gobierno logrará constituir un nosotros que consolide su identidad política.   

Volvamos a las demandas alrededor de la actividad minera para entender los alcances de la política de masas. Lo que la experiencia muestra es que muchas veces actores con diversos discursos sobre la actividad minera (unos más extremistas que otros) logran canalizar el descontento popular sin mayor disputa con otras fuerzas políticas. En esta demanda en particular el gobierno debe tomar la iniciativa logrando interpelar a la población a partir de una clara posición en torno al rol de la minería en el desarrollo nacional. Así, teniendo a la inclusión social como nodo articulador, el gobierno puede representar las demandas de las comunidades campesinas y poblaciones afectadas por la actividad minera, vinculándolos a su vez con las demandas de obreros, pequeños y medianos empresarios, indígenas amazónicos, etc. en una misma identidad política.

El desafío del gobierno de desarrollar una política de masas está vinculado con la posibilidad de redefinir la agenda neoliberal instalada claramente desde los años noventa en el país. Si bien Ollanta Humala llegó al poder representando –entre otros- la insatisfacción de diferentes sectores del país frente a las consecuencias de las políticas neoliberales a lo largo de veinte años, esto no asegura que el performance del gobierno logre revertir la hegemonía de dichas políticas. Esto dependerá de su capacidad de lograr consolidar una política de masas que le dé un carácter popular. La administración del Estado no debe hacer olvidar al gobierno la importancia de hacer política.
  


[1] Durante el gobierno de García los conflictos socio-ambientales pasaron de ser 19 en agosto de 2006 a 118 en junio de 2011. Fuente: Defensoría del Pueblo. Además, en las últimas semanas se han reactivado las movilizaciones en contra de minera Yanacocha en Cajamarca y Southern en Tacna. 
[2] Partimos de reconocer la producción política de lo social, es decir, que toda constitución de un determinado orden social supone una práctica política. Al respecto ver: Laclau y Mouffe (1985).
[3] Esto supone una bi-direccionalidad en la relación entre representantes y representados, en donde dicha relación constituye las identidades políticas. Al respecto ver: Laclau (2006).

miércoles, 5 de octubre de 2011

EL RONSOCO ILUSTRADO - Columna

Cuando los lumpen vienen de arriba

Por: Javier Garvich



Decía hace años Julio Ramón Ribeyro que teníamos la clase dominante más analfabeta del mundo, y no lo decía como elogio. Los que hemos estudiado ciencias sociales alguna vez nos topamos con la sentencia que en el Perú nunca hubo clase dirigente sino apenas clase dominante. En los últimos diez años, en pleno auge económico, no solo no vemos una clase dominante dinámica o de amplio vuelo, ni cosmopolita ni mucho menos culta. Más bien todo lo contrario, si nos acercamos al inframundo de las hinchadas pitucas de los palcos de Occidente. O tempora, o mores!

Más que buscar historiadores o heráldicos, la lectura de Manuel González Prada es esclarecedora para entender la pobreza cultural y la pequeñez moral de las grandes familias que gobernaron el Perú. Sea en Horas de Lucha, Páginas libres o Figuras y figurones; entendemos que muy poco podíamos esperar de familias que se hicieron ricas engañando al Estado en el cobro de indemnizaciones por la guerra de la Independencia o la manumisión de esclavos. Si uno disfruta La vie parisienne de Offembach, disfrutará también la escena en la que un opulento peruano (vendedor de guano, seguramente) intenta dárselas de gran señor en un salón parisino, con todos los defectos del nuevo rico y la autosuficiencia que da la ignorancia. Durante la Guerra del Pacífico, nuestra oligarquía no solamente se negó a financiar la defensa nacional aplicándose un impuesto a la renta, sino que protagonizó tremendos actos de cobardía y colaboracionismo con el enemigo.

Si bien es cierto que algunas familias se dedicaron con bastante más ahínco al estudio e investigación del desconocido Perú de entonces, también es cierto que siempre primaba ese espíritu de casta que los distanciaba del mainstream intelectual de su tiempo. Cuando la Universidad de San Marcos empieza a abordar temas centrales del país (cambios en los paradigmas teóricos acompañados de una praxis más política), los profesionales adinerados responden creando universidades privadas (la Católica y la Cayetano Heredia) para poder seguir manteniendo unas élites “incontaminadas” con las nuevas ideas que aprendían en los claustros. Esas conductas terminaron aislándolas del resto del país y cuando Velasco atacó sus intereses, lo hizo con la aprobación general de la población.

Menguado el poder de la rancia oligarquía, uno pensó las nuevas generaciones de empresarios serían más cercanas al común de la población. En cierta manera lo eran porque la guerra interna había producido una gran emigración de los retoños de las familias patricias de antaño y ese vacío fue llenado por los representantes de un capitalismo emergente, más “popular” y más “cholo”. El último cuarto de siglo se vivió bajo el discurso de los “emprendedores”, pequeños empresarios que casi de la nada empezaron a construir emporios y a tejer nuevas y sólidas alianzas con el poder.

Sin embargo, esta nueva clase dominante se consolida al amparo de la corrupción del régimen fujimorista, medrando en una informalidad rayana en la ilegalidad, bajo una cultura inmemorial de no pagar impuestos o saber evitarlos, con una conformación empresarial que se alimenta de los bajos salarios y las precarias condiciones de la gran mayoría de los trabajadores peruanos y con apreciables contactos con el sector narcoexportador nacional.

Pero además, se trata de un sector que, de tener raíces en el interior del país, prefiere ocultarlas y más bien seguir legitimando el discurso racista y discriminador. Se busca un blanqueo a toda costa, sea pasando largas estancias en los EEUU, sea la búsqueda desesperada de pareja en el Pozuzo o en la costa norte. El orgullo por lo peruano es un orgullo de casta, el orgullo del patrón que te enseña las bondades de su hacienda apropiándose del trabajo de los demás. Orgullo superficial además porque, como sabéis, el capital no tiene bandera.

Finalmente, como bien ha señalado el sociólogo Aldo Panfichi, los jóvenes de sectores acaudalados no toman en serio la administración de justicia. Es algo casi natural producto de una cultura de la impunidad que se ha establecido en el Perú en el último cuarto de siglo. Mucho Código y mucho hablar del Estado de Derecho, pero en la práctica, sale bien librado quien tiene más dinero y mejores contactos. Este desbarajuste ético se refleja en la incuria de nuestra clase política, en los proverbiales abusos de autoridad, en unos medios de comunicación serviles e hipotecados al poder y en un poder judicial erosionado largo tiempo por la corrupción campante.

Si en el caso de cohecho de altos funcionarios del Estado se pierden o manipulan USB’s con increíble normalidad, si en el caso de escuchas ilegales nadie quiere tocar a las instituciones militares que han tolerado dichas prácticas, si el lavado de dinero del narcotráfico ha llegado en el Perú a niveles monstruosos y nadie quiere ir más allá de la media denuncia y la acusación pasiva ¿Cómo extrañarse que en el caso de un homicidio incalificable en el estadio Monumental la empresa gestora de los palcos diga que no tiene videos de seguridad, que a uno de los acusados cierta prensa ya lo esté “limpiando” y que quieran salvar la cabeza de los asesinos mediante la autoinculpación de un infeliz a cambio de un buen puñado de dólares y el padrinazgo en la educación de sus hijos?

En un país donde lo más granado de nuestra pituquería paga poquísimos impuestos, evade responsabilidades mediante comisiones dolosas y genera ganancias a costa de una mano de obra precaria, indefensa y sin derechos que conforma casi el 80% de toda la población laboral; la lumpenería no es una excepción de chiquillos malcriados con plata, sino la extensión de una triste forma de vivir, trabajar, enriquecerse y gozar en el Perú.



Nota: El profesor Javier Garvich publicará su columna EL RONSOCO ILUSTRADO, todos los meses, en este blog.

lunes, 3 de octubre de 2011

La marca Perú: el no logo lorcho



Por: Bruno Yika Zapata

Una vez escuché decir a Gastón Acurio que hubiera preferido que el local donde se ubica la Casa de la Literatura Peruana fuese utilizado para poner un mercado donde vender productos para los turistas. En otras palabras: como los libros no “venden”, entonces a desecharlos dado que no generan ganancias en metálico.

Este tipo de discursos forman parte de toda una ideología impulsada con mucho ahínco desde el gobierno del ex presidente García. Su máxima expresión es la tan marketeada marca Perú; no teniendo mejor idea que promocionarla a través de un spot televisivo realizado en una ciudad llamada Perú pero en Nebraska, Estados Unidos.

En dicho spot se observan algunos personajes reconocidos en el exterior (Magaly Solier); o que su fama ha trascendido nuestras fronteras (Dina Páucar). Del mismo modo, se observa a Gastón Acurio y a otros “ilustres” personajes enseñando a los “gringos” que tienen el derecho de comer cabrito a la norteña, correr olas (en un lugar donde no las había) o jugar una tómbola donde un cuy es el personaje principal.

Es tipo de ideología fomenta la construcción de una serie de identidades lights, las mismas que buscan crear un sentido de pertenencia basado en el consumo por lo nuestro[1]. Otro tipo de expresiones identitarias, como las expresadas por la Confederación Nacional de Comunidades Afectadas por la Minería (CONACAMI), ante la contaminación de los ríos, o la Confederación Andina de Organizaciones Indígenas (CAOI), exigiendo el pleno respeto de la Ley de Consulta Previa, son calificadas como pura expresión de resentimiento social

En síntesis: nos venden la idea de que la cultura = bien comercial (Machu Picchu) y que la identidad = consumo. Algo así como “incas, (porque vende); indios, no”, citando el interesante artículo de Cecilia Méndez (IEP, Lima, 1996. Documentos de Trabajo N° 56). Por otro lado, ¿Qué hay detrás de las marcas? Al respecto, el artículo de Juana Gallegos[2] titulado “Digno de Ripley” nos muestra cómo una empresa que cada vez abre más sucursales al interior del país, comete una serie de abusos en contra de sus empleados:

“Abuso sin nombre perpetrados por una empresa que se burla del ministerio de Trabajo, paga en muchos casos 100 soles de sueldo básico, persigue al sindicato con todas las armas a su alcance y puede pagar 73 soles en concepto de horas extras trabajadas durante ocho años” (Pág. 16)


La marca, sea cual fuera, tiene la capacidad de desaparecer todo lo que hay detrás de ella; incluyendo a los empleados que hacen posible la venta de los productos que la representan. La estabilidad laboral no interesa, lo que vale es lo que venden las grandes campañas publicitarias pues todo entra por los ojos.

Este dueto marca / publicidad son dos caras de la misma moneda. Tienen el poder de apelar a la sensibilidad de las personas y hacer que éstas tengan la necesidad de identificarse con la marca o más bien con lo que ella representa. Sin embargo, aquí la paradoja: para acceder a ese “privilegio” tienen que adquirir el producto y para ello no queda otra alternativa que comprarlo. ¿Si no tengo dinero para ello? Simplemente no formas parte del club; siendo excluido del privilegio de la posesión del producto.

Esta nueva forma de integración, a través del consumo, es la que se impulsa a través de la marca Perú. Soy peruano si como ají de gallina, poseo un ekeko para la buena suerte o tomo un buen pisco. Sólo así contribuyo a generar una verdadera “identidad nacional”. Grave error: lo que impulsa esta ideología, entre otros aspectos, es querer invisibilizar la dimensión social de las relaciones humanas. Por tal motivo, no importa si los derechos laborales de los trabajadores de Topy Top son pisoteados, o si los trabajadores de Saga Falabella tienen horarios de trabajo que no les permiten disponer de espacio para dedicarse a otras actividades.  



Nota. Si desean, pueden revisar la página web de:


[1] Ello quiere decir que nos quieren “meter” en nuestra mente que el Perú es primero en todo: en comida, en boxeo o que tenemos uno de los mejores torneos de fútbol. Pero aquí viene la paradoja: somos primeros en gastronomía o en tener grandes restaurantes pero la desnutrición alcanza un 32.8 % en el campo y la anemia un 50.4% (ENDES 2009).
[2] En: Semanario Hildebrant en sus trece. Año 2, Número 68 del viernes 12 de agosto del 2011.