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lunes, 6 de febrero de 2012

EL RONSOCO ILUSTRADO - Columna

El APRA y el MOVADEF, caminos paralelos

Por Javier Garvich


Para entender la ola de intolerancia, fanatismo y revancha permanente que se ha desatado a partir de la iniciativa de inscripción del MOVADEF en el registro electoral; tenemos que hacer un poco de historia y recordar que en el Perú el consenso y el sentido común no son acciones habituales en nuestras clases dirigentes. Ellas siempre han sido más propensas al conservadurismo más cerril.
En 1932 un antiguo líder estudiantil encabeza un frente progresista llamado APRA que, en sus orígenes, tenía un ideario reformista, antiimperialista y latinoamericanista (hoy diríamos: bolivariano). Victor Raúl Haya de la Torre postula a las elecciones levantando las banderas de la reforma agraria y la nacionalización de tierras e industrias. Haya de la Torre ya había roto puentes con el comunismo y sus tesis no pasaban de ser un programa socialdemócrata, muy ligado al México posrevolucionario, con ciertos guiños a la estética fascista y con un discurso atractivo a las clases medias y a nuestra intelectualidad criolla. Incluso el embajador norteamericano, al entrevistarse con el joven político, quedó encantado con las maneras políticas de este “pichón de cóndor” como lo motejó Vallejo una década antes.
Pero para la oligarquía peruana y sus perros guardianes (léase, nuestras fuerzas armadas) el aprismo resultaba un demonio político al que se debía exorcizar y enterrar. No solamente terminaron apoyando la candidatura de Sánchez Cerro sino que colaboraron con operaciones de fraude electoral en algunas provincias para que el militar ganara las primeras elecciones masivas del siglo XX. Como si fuera poco, Sánchez Cerro aplica un “autogolpe” (sí, Fujimori no fue el primero en perpetrar ese estilo) para gobernar derogando garantías y libertades políticas.
Haya de la Torre, que se alucinaba un Lenin tercermundista, propició la vía insurreccional como respuesta a las mañas de la clase dominante. La revolución estalló en Trujillo, se capturó un cuartel militar  y  se asesinaron casi 30 personas entre policías y oficiales del ejército. La represión no se hizo esperar: bombardeo aéreo, tropas desembarcadas que se desplegaron como si el enemigo fuera Chile o Ecuador, fusilamientos en descampado, tiros en la nuca y fosas comunes en los aledaños de las ruinas de Chan-Chan. Luego, la persecución y el martirologio de militantes apristas en todo el país. Éstos, no se quedaron atrás y respondieron con alzamientos, ocupaciones de pueblos, atentados terroristas y asesinatos selectivos (liquidaron al director de El Comercio y al propio Sánchez Cerro). Para mediados de los años cuarenta, posiblemente más de cinco mil peruanos (la mayoría, afiliados al aprismo) fueron fusilados extraoficialmente y otros miles languidecían en las cárceles del Estado. Ciro Alegría fue uno de ellos, hasta su deportación a Chile.
Haya de la Torre –quien no tenía precisamente alma de mártir- se dio cuenta que con la lucha armada no llegaba a ningún sitio y empezó a abandonar sus antiguos principios al tiempo que consolidaba contactos con sectores de la clase política para formar frentes y nuevos consensos. Se alió a personalidades de pensamiento liberal, de ideologías centristas y que creían en un reformismo democrático.
Pero ni la oligarquía dominante ni mucho menos las Fuerzas Armadas quisieron aceptar este nuevo discurso. Los militares tenían una deuda de sangre con el aprismo que duró casi medio siglo. Así, de nada sirvió que los apristas se parapetaran en la candidatura de un socialdemócrata humanista (Luis Antonio Eguiguren). La pituquería no quería ver al aprismo ni en pintura y el general parafascista Oscar R. Benavides anuló la victoria electoral de Eguiguren sin asco ni pena. Tiempo después Haya de la Torre negoció con su perseguidor (sí, el mismo Benavides) para que un jurista liberal (José Luis Bustamante y Rivero) encabezara un frente común. Esta vez ganaron, pero los apristas abusaron demasiado de ese espacio legal y su pésima conducta (asesinatos por venganza, corrupción en la distribución de alimentos, chantaje político al gobierno) terminó por propiciar el golpe del general Odría y un nuevo periodo de persecución y clandestinaje.
Pero, haciendo de tripas corazón, el aprismo negocia nuevamente con sus perseguidores para poder obtener su legalización. Primero coquetea con el candidato odriísta (Lavalle, un abogado corrupto) hasta que el oligarca Manuel Prado regresa de Miami con un cheque en blanco –literalmente- a Haya de la Torre para que apoye su candidatura. Haya atraca y, cuando es elegido Prado, el Apra es legalizado de forma  definitiva. Veinticinco años después, el Apra ya formaba parte del stablishment político peruano.
Pero eso no le sirvió de mucho. En 1962 Haya de la Torre gana por los pelos las elecciones. Pero un golpe militar se pone de por medio. Para ese entonces, Haya ya había pactado una serie de concesiones ideológicas y programáticas, se había vuelto rabiosamente anticomunista y se ufanaba de sus nuevas amistades pitucas. No sirvió de nada, las fuerzas armadas no querían ver en el gobierno a un asesino de oficiales.
El socialcristiano Belaúnde gana las siguientes elecciones y Haya le hace oposición aliándose, una vez más,  con sus antiguos perseguidores (los odriístas) para impedir que Belaúnde haga realidad los antiguos programas apristas (la reforma agraria, por ejemplo). El anticomunismo fanático del aprismo tampoco termina de convencer a los militares y más bien causa desconfianza (la desconfianza de alguien que cambia sus principios y posiciones una y otra vez). El golpe de Velasco de 1968 fue también un golpe para evitar que Haya de la Torre se saliera con su gusto de ser presidente aunque sea amancebado por conservadores,  terratenientes y oligarcas.
Los apristas vuelven al ruedo participando en las intrigas por derrocar a Velasco (quien hizo realidad buena parte de las demandas apristas de los años treinta). Lo consiguen. Y cuando la dictadura de Morales Bermúdez se agota ante la presión popular, se apoya en el aprismo para iniciar un ordenado recambio civil. Haya de la Torre se convierte en el presidente de la Asamblea Constituyente de 1979: es su primer y único cargo legal. Muere antes de la campaña electoral de 1980.
El aprismo llega al poder, finalmente, en 1985 con la candidatura carismática de Alan García, carisma que se derretiría ante uno de los peores gobiernos que tuvimos en toda nuestra historia republicana. La oposición al aprismo por parte de nuestra clase dominante y de las fuerzas armadas duró casi cincuenta años. Y eso que hablábamos de una socialdemocracia criolla que, con el tiempo, no tuvo complejos en cambiarse sucesivamente de chaqueta. El Sistema quería que, por lo menos, Haya de la Torre no solamente abjurara públicamente de sus principios (lo hizo a medias y con la boca chiquita en sus ensayos) sino que además declarara un arrepentimiento por los usos violentos que su partido hizo en los años treinta y cuarenta. Esto último Haya no lo hizo. Y pagó por no darles el gusto a nuestros empresarios y generalitos.

¿A dónde quiero ir? Pues que el MOVADEF, heredero político de la guerrilla maoísta de los años ochenta, tragará obligatoriamente lo mismo que tragaron los apristas durante años. El MOVADEF podrá ahora defender el sistema democrático liberal, podrá buscar líderes carismáticos que lo cobijen, podrá buscar alianzas contra natura -¿el MOVADEF apoyará alguna vez al fujimorismo para liberar al antiguo dictador como moneda de cambio de excarcelar a su líder?- podrá cambiar su ideario explícito y perpetrar pactos con lo más tóxico del panorama político nacional. Y aún así, la aprobación del Sistema tardará mucho, muchísimo tiempo. Y eso de que las fuerzas armadas toleren a un ex guerrillero congresista (algo que ha sucedido sin problemas en Brasil y Uruguay) acá significará un período de muchos más años. Nuestras deudas de sangre son bastante más terribles. La cerrilidad del Sistema, acá tiene más apoyos y bendiciones que nunca.
Lo mejor que le puede pasar al Sistema es que el MOVADEF entre al circuito de partidos políticos, se contamine en sus maniobras y cubileteos y tácitamente señale que la vía violenta haya desaparecido en este nuevo siglo. Pero eso es sentido común: Algo inexistente entre nuestra fauna política,  nuestros medios vendidos y la excéntrica vanidad de nuestra regia clase dominante.
Bienvenidos todos a nuestra democracia. Todos, excepto el MOVADEF.

martes, 2 de agosto de 2011

Dígame usted, señor periodista


Sobre el manejo de información y el modo de informar

Por: Rómulo Torre Toro
El 28 de julio no trajo solamente las novedades del mensaje de Humala y la lamentable actuación de Martha Chávez, no solamente la expulsión de Carlos Bruce de Perú Posible y la juramentación de los nuevos ministros. Uno de los invitados a la transmisión de mando vino con cola.  Una cola que generó la airada reacción del diario Correo y una nota preocupada en la revista “Domingo” del diario La República. Rafael Correa llegó a Lima y, con él, el problema de la prensa y la libertad de expresión.
El problema, todos lo saben, no es una novedad y mucho menos exclusivo del Ecuador. Es un problema que afecta a todas las sociedades en el mundo y que está ligado a las relaciones de poder que pugnan dentro de ellas. El asunto es que en Ecuador se ha tomado ya una decisión al respecto: el juicio. Correa ha optado por demandar al diario más importante del país norteño, exigirle una reparación de ochenta mil dólares y cerrarles la boca por lo que él llama difamación y mal uso de la libertad de expresión. Podemos criticar esta posición y tildarla de autoritaria, rasgarnos las vestiduras y clamar justicia, y hasta graficar nuestra indignación como lo hizo el impresentable Aldo Mariátegui en el diario que dirige. Podemos o no criticar a Correa, pero las cosas están planteadas: ¿qué sucede con la prensa?
O mejor: ¿qué hacer con la prensa?
Para responder a la primera pregunta, es necesario recordar el papel que ha jugado en los últimos años en la formación de una corriente de opinión pública en la sociedad peruana. Un papel que ha estado marcado por aquello que Terry Eagleton llamó la “política del olvido”: hacernos creer que el mundo en que vivimos no tiene pasado ni historia, que carece de fundamentos que lo sostengan y que existe una sola manera de explicarlo. Esto lo vemos muy claramente, por ejemplo, cuando periodistas como Jaime de Althaus o Raúl Vargas “analizan” las noticias. Pensemos por un momento en la masacre de Bagua. Ninguno de los señores mencionados dijo en sus sesudos análisis que sucesos como ése se repiten en nuestro país tan seguido como las novelas de Televisa. Ambos se preocuparon más en demostrar su horror frente a la barbarie, en exigir justicia para las víctimas policiales y en condenar a los pobladores amazónicos. Nadie dijo por qué se produjo el conflicto y, si lo hicieron, fue para reafirmar la conducta irracional de los protestantes y respaldar la postura del Gobierno.
La prensa tiene como pilar de su discurso y de su derecho a la libre expresión, un principio que destaca a cada momento como prueba de su valor: la objetividad. “Panorama”, el programa periodístico más objetivo y veraz. “Cuarto poder”, el poder de la gente. “Sin medias tintas”, la palabra de Dios como garantía. La objetividad de la prensa nos indica a nosotros, los televidentes–oyentes–lectores, que la información que recibimos es tal cual sucedió, que no ha sido recortada o manipulada y, por lo tanto, estamos viendo versiones íntegras de las noticias, versiones que reproducen todo con exactitud o rigurosidad. Nada más falso. El simple hecho de editar la noticia indica que hay algo que se oculta y algo que se exhibe. Y este procedimiento responde a alguna razón que puede ser desde ideológica hasta práctica –en el sentido más acomodaticio de la palabra–: cómo representar el Perú para la gente, qué imagen brindar de nuestro pasado, de nuestro presente y de nuestro futuro a las capas medias y populares. De este modo, se genera una corriente de opinión que se dirige hacia un punto específico, hacia un proyecto de país. Pero, sobre todo, tiene el efecto de generar un modo de razonamiento político, histórico y cultural en los ciudadanos.
Ahí está lo que más nos preocupa.
Porque al saber que estamos a merced de la voluntad y conciencia de Aldo Mariátegui o de Juan Paredes Castro, solo podemos esperar ciudadanos que vivan en el fenómeno del momento, en el reggaetón con más flow, en la moda peruana de la gastronomía y de Machu Picchu, en la preocupación por la alteración en el modelo económico y el status de vida. Lo vimos en las elecciones, donde miles de jóvenes nuevos limeños vivían al borde de un colapso nervioso porque creían que les iban a quitar sus blackberry, sus ipod, o, en el mejor de los casos (los más conscientes), temían perder la posibilidad de decir lo que quisieran. Pero no son los únicos. Muchos adultos y jóvenes creen que la Constitución de 1979  fue la responsable del “atraso nacional” y del “autoritarismo” (¿?) cuando, en muchos casos, no saben qué dice realmente dicho documento. Y se aferran a una Constitución que sirvió de marco legal a la dictadura de Fujimori quien, además, la violó sistemáticamente.
De este modo, podemos estar seguros de que la prensa es uno de los mecanismos que se utiliza mejor para mantener el estado de cosas. Crea miedo, incertidumbre y, por efecto casi newtoniano, genera el desprecio por el otro, por aquellos que son o somos distintos. Pareciera que están empeñados en hacer de los televidentes–oyentes–lectores, una masa homogenizada que reaccione contra cualquier intento por cambiar, por mover la más mínima ficha de su sitio. Lamentablemente, les está dando resultado.
Para terminar, nos queda la segunda respuesta pendiente. En verdad, la segunda respuesta es el objetivo de esta columna: quien quiera que diga qué hacer, qué postura tomar, qué regulaciones seguir o qué garantías adicionales otorgar. Porque después de todo, como dijo Alberto Flores Galindo, la cuestión de fondo es qué país se quiere, en qué país queremos vivir.

viernes, 15 de julio de 2011

En torno a un partido de fútbol



Por: Juan José Torre toro

El último martes 12 de julio se desarrolló el encuentro  entre las selecciones de Perú y Chile. Más allá del resultado es importante dar cuenta de lo sucedido y comentado, no en el partido, sino en “la previa”.
Un enfrentamiento entre Perú y Chile concita la atención en cualquier ámbito de cosas y en cualquier terreno.   Si se trata de futbol -el deporte más popular en medio planeta- entonces ello toma matices dramáticos. Un dramatismo que se manifiesta en la definición de este tipo de encuentros: EL CLÁSICO DEL PACIFICO. ¿Qué es un pues un clásico futbolístico? No es más que la reproducción simbólica de un enfrentamiento social o político llevado al terreno de lo deportivo. 
Así, por ejemplo,  el clásico U- Alianza, no es más que el enfrentamiento simbólico  entre los estratos populares (negros, y cholos) y la elite (blancos o criollos). Es posible que el tiempo haya diluido las diferencias sociales y étnicas en los hinchas de ambos equipos, pero la idea de enfrentamiento social y revanchista que la subyace permanece.
En cuanto al llamado Clásico del Pacifico, sucede algo curioso y que ha quedado evidenciado en el último partido. La prensa deportiva peruana se esforzó por dotar de un aura especial al encuentro: no es un partido cualquiera –decían– es uno muy especial. Juan Vargas, el buen lateral peruano manifestaba que “Se puede perder con cualquiera, menos con Chile”.  De alguna manera –consciente o no– los peruanos estamos buscando escenarios de revancha para una derrota militar. Alan García manifestaba no hace mucho que en poco tiempo seremos económicamente mejores que Chile: Incluso para la máxima autoridad política, representante nacional, el terreno económico es el escenario  que prolonga un viejo conflicto. 
Una actitud diferente fue la tomada por la prensa chilena, quizá sea porque el porvenir no les debe una victoria, parafraseando a González Prada. Quizá sea porque en realidad es un partido como todos, cuya importancia no va más allá de lo exclusivamente deportivo. Quizá sea porque procuran no poner en riesgo su victoria, exponiéndola al escarnio de una derrota simbólica.
Sea como fuere este tipo de encuentros prolongan, nos guste o no, viejos rencores, azuzan ánimos y terminan siendo válvulas de escape para pasiones reprimidas.
Es posible que en el largo camino de  formación de la identidad nacional se necesite de demonios foráneos frente a quien edificarnos. Es posible. Después de todo Macera dijo alguna vez que el resentimiento y el odio pueden ser fuerzas impulsoras en la construcción de una nueva moral. 

miércoles, 13 de julio de 2011

Ni pandillas, ni bandas: Reflexiones sobre la violencia juvenil


Por: Jerjes Loayza Javier



Luego de investigar el tema de la violencia juvenil en la Comunidad de Huaycán, Distrito de Ate, para elaborar mi tesis de licenciatura, decidí no ahondar más en el tema de las bandas juveniles urbanas, para enfocarme en otros aspectos de la cultura juvenil. Sin embargo en los años venideros, al ahondar en las interacciones juveniles limeñas, me encontré con la triste sorpresa de que la violencia juvenil no podía ser soslayada aun en este tipo de investigaciones, por el contrario la violencia era patente en diversas relaciones sociales juveniles, en diversos contextos, cobrando diversas formas, a veces muy específicas unas de otras. El pandillerismo me demostró que azota con su cruda realidad por doquier, por lo que su estudio y análisis era una labor, que una vez más, me enrumbaba a la actividad teórico-práctica en esta materia. Presento algunas reflexiones al respecto producto de una investigación realizada en Huaycán[1], de la ponencia “Construcciones sociológicas en torno al pandillaje juvenil en América Latina” para el evento académico del PRE ALAS, realizado en la Universidad Ricardo Palma en el presente año, y de la actual investigación que versa sobre datos recolectados en la ciudad de Lima durante el año 2011. Se trata de  resultados transitorios, que al día de hoy continúo construyendo.

Empecemos por las etiquetas que nublan toda reflexión al respecto. “Pandilla” de por sí es una categoría arbitraria que pretende generalizar fenómenos totalmente diferentes, los que a su vez poseen matices específicas necesarias para comprender dicha problemática. A veces quienes somos ajenos a tales grupos juveniles violentos –que justamente somos quienes abordamos los temas, quienes enjuiciamos a esos jóvenes o quienes criticamos abiertamente este fenómeno social pernicioso para la sociedad- poco o nada sabemos de la mirada que ellos dan a sus manifestaciones simbólicas. Conversando durante algunos meses con algunos de ellos y ellas, y entablando amistades diversas, pude cerciorarme de una importante categoría que había sido dejada de lado: la transición. O que en palabras de Turner, liminalidad. Para entender dicho concepto, debemos tomar el período de margen o de liminalidad, como una situación inter – estructural[2]. Por ello creo prudente llamarlos grupos juveniles que aun no toma una posición valorativa, siendo por el contrario jóvenes en un estado de liminalidad latente, que los ubica en una situación inter- estructural diversa y compleja, dependiendo no sólo del contexto, sino del sujeto que la experimenta. Dicho estado transicional será un estado en el que el joven deberá decidir, aprender, experimentar; por ello no se puede homogenizar dichos grupos pandilleriles, sino admitir sus matices y resignificaciones. Si bien Santos los ha denominado “esquineros trajinantes”[3], esta es una enunciación meramente espacial, mas no lo suficientemente simbólica. Asimismo Strocka los prefirió llamar “manchas” para enunciarlos del modo en que sus integrantes se autodenominaban, para referirse a las pandillas en Ayacucho; sin embargo es poca la explicación teórica que se puede desprender de ella. A partir de la importancia que le doy a la liminalidad, prefiero denominarlas en adelante –sin desear pecar de rimbombante- como Grupos Juveniles Liminales. 

Ahora bien, ¿qué las hace transitorias, a diferencia de las bandas delincuenciales de adultos o de las bandas juveniles salvadoreñas o colombianas por ejemplo? Empezando por lo último, cabe destacar que los grupos juveniles liminales en el Perú no se reúnen ni para delinquir ni para asesinar, su formación es inconsistente y no posee una organicidad al estilo de las Maras Salvatruchas, ni un estilo sanguinario masivo, al estilo de los adolescentes sicarios en Colombia. En aquellos contextos se vive una especie de “cárcel cultural”[4] que es capaz de castigar con la muerte a los desertores. Los estigmas que recaen sobre ellos los fortalece, pudiendo ver tatuajes hasta en el rostro que buscan violentar al otro con la sola presencia. Por otra parte, los adultos que delinquen en nuestro contexto ven en la delincuencia un modo de vida, a diferencia de los jóvenes integrantes de pandillas, que oscilan generalmente entre los 14 años y los 20 años de edad. Éstos últimos lo ven como un pasatiempo –algunas veces mortífero- capaz de resaltar todas esas energías de las que están hechos que de uno u otro modo necesita irradiar. Los delincuentes han decidido un estilo de vida, los jóvenes liminales no, aun dudan y no esperan morir por el amor a un equipo de fútbol o un barrio. Más aun su salida de estos grupos no será castigada, ni tampoco ovacionada: sin pena ni gloria, continuarán con su vida. Los estigmas no los fortalecen, por el contrario, los ahuyentan y en muchos casos, los llevan a la reflexión.

Las tensiones entre la presión del grupo y el miedo al castigo institucional son muy claras en muchos casos. Se trata de actitudes a medio camino entre la delincuencia y la legalidad. Por un lado, la exigencia del grupo para ejercer la violencia y por otro la autoexigencia de no cometer delitos cuyo castigo institucional (cárcel) les convertiría en delincuentes de pleno derecho. El lugar en el que los jóvenes liminales se desenvuelven puede determinar ciertos comportamientos: el pertenecer a una comunidad en donde la violencia no sólo dinamita por doquier, sino que es valorada y respetada por los pares, puede no sólo convencer, sino en algunos casos obligar a que un joven se integre a un grupo juvenil violento. Al permeabilizar comportamientos y actitudes demuestran cierta resistencia a no abandonar valores morales y éticos, poniendo en primer término a sus familias y lo que éstas puedan decir de ellos. El debate es amplio y la realidad apenas figurada bajo la oscura capa de la teoría. Es necesario reflexionar sobre la condición racional e irracional de los jóvenes liminales, quienes mezclan diversas intenciones, tanto lúdicas como tanáticas, lo que nos lleva a interacciones eminentemente complejas, y cuya comprensión empieza por ellos mismos, es decir desde sus propias perspectivas. Lo que denomino clandestinidad juvenil, es propio de una condición liminal, que la hace situacional y transicional, más no estacionaria y definitiva. Sería no sólo difícil, sino imposible hallar marcadas separaciones entre lo racionalizado y lo irracional, lo cual nos lleva a nuevas y mayores formas de sentir y pensar la realidad de la violencia juvenil en el Perú.




[1] LOAYZA, Jerjes (2011)“Grupos juveniles liminales en Lima: Un estudio de caso en la comunidad autogestionaria de Huaycán”. RECSO Revista de Ciencias Sociales. Montevideo: Año 1, Número 1, 2010. Pág. 34 – 53. Universidad Católica de Uruguay.
[2] TURNER, Víctor (1970 ) Simbolismo y ritual. Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima.
[3] SANTOS, Martín (1998)  “Emociones, desempeños morales contextuales, conflicto social y relaciones  de poder en redes de esquineros-trajinantes de un barrio popular de Lima”. En Maruja Martínez y Federico Tong, (editores).¿Nacidos para ser salvajes?. CEAPAZ. Lima.
[4] MARTÍN ALVAREZ, Alberto; FERNANDEZ ZUBIERTA, Ana y VILLARREAL SOTELO, Karla. (2007) “Difusión transnacional de identidades juveniles en la expansión de las maras centroamericanas”. En Perfiles Latinoamericanos. Julio-diciembre, número 30. México: FLACSO.

lunes, 11 de julio de 2011

Paradojas, esperanzas



Por: Juan José Torre Toro

No deja de ser paradójico. Más allá de consideraciones teóricas acerca de la posición ideológica de Ollanta Humala, se puede afirmar que es una alternativa de izquierda la que se instalará en Palacio este 28 de julio. Y es paradójico pues se trata de un logro político que la izquierda no alcanzó ni en su momento de mayor organización  y confluencia.

También es cierto que la izquierda organizada en los 80s fue victima de un espejismo. La alta conciencia de las masas, como optimistamente llamaría Jorge del Prado a la actitud reivindicativa de los sectores populares, no tuvo la consistencia ideológica necesaria para superar el suicidio político de finales de los 80 ni a la demolición a la que se fue sometida.

La tan mentada figura del outsider político, tuvo en la izquierda setentera y de los 80 a sus primeros representantes. Sus bases políticas -pese a su entusiasmo- eran tan precarias como poco consistentes.  Bastó el viento en contra que supuso la caída de la URSS y el surgimiento de Sendero para que  se vaya por la borda. En estas condiciones de precariedad organizativa de la izquierda que se ha logrado esta victoria electoral. ¿Que debemos esperar del gobierno de Humala aún cuando la derecha no supera aún su estado catatónico?   

La oportunidad que se abre tras el triunfo de Humala se pinta de varios colores. Resulta complicado realizar las transformaciones necesarias para que el país tome un rumbo hacia su desarrollo autónomo. El contexto que se presentará será particularmente difícil.

Pese al escenario de conflicto que se avizora, es imprescindible crear  diferencias notables con los regimenes que la han precedido. Demostrar que un gobierno de izquierda (aún cuando el  término pueda ser confuso para algunos) puede ser más eficiente, honesto y democrático que quienes  vienen gobernando hace décadas.
Ello puede abrir posibilidades de construcción de una alternativa política más profunda y asentar un discurso contrahegemónico. Un discurso que ya se ha instalado como alternativa y que probablemente se quede en ese plano pero que puede viabilizarse en el futuro. Es tarea de cada uno y en su propia trinchera.

martes, 14 de junio de 2011

¿Es posible la gran transformación? Gana Perú y las nuevas (y no tan nuevas) movidas políticas


Por: Bruno Yika Zapata

Hace unos días vi en un titular periodístico que Perú Posible estaba negociando ministerios con el gobierno electo. Asimismo, y de forma explícita, PPK “ofrecía sus servicios” al líder de Gana Perú. Del mismo modo, un día después de las elecciones, algunos ex ministros apristas y toledistas ejercían “presión” para que se definan los puestos claves en el Poder Ejecutivo. En este contexto ¿Será posible la tan anhelada gran transformación? O más bien sucederá lo que dice Daniel Bell[1]:

“Las estructuras de la sociedad cambian mucho más lentamente; sobre todo los hábitos, las costumbres y los modos tradicionales establecidos (…). Hasta cuando el orden político es derribado por una guerra o una revolución, la tarea de edificar una nueva estructura de la sociedad es larga y difícil, y debe necesariamente usar los ladrillos del viejo orden.” (1997: 21)


En el caso peruano, esos hábitos, costumbres o modos tradicionales establecidos no muestran cosas muy prometedoras. Como diría Julio Cotler[2]: “(en) la política peruana – y en general la hispanoamericana – (se) institucionalizó el clientelaje y caudillismo personalista, revitalizando así las formas coloniales de dominación.” (2005: 91). El siguiente gobierno ¿Podrá cambiar las relaciones patrón – cliente, o más bien tendrá que pagar aquellos favores políticos brindados por un ex candidato que aún que se encuentra dolido por no ser él el presidente del Perú?
En ese sentido, Ollanta Humala y su equipo de gobierno tienen algunos retos que cumplir a corto plazo: 1) Impedir que las redes clientelares que ya se están moviendo entre los diferentes poderes económicos, tanto dentro como fuera del Estado, se inserten una vez más en la política estatal y 2) Cumplir muchas de las promesas que buscan que la riqueza esté mejor distribuida (sin caer en asistencialismos baratos que se presten a vicios de corrupción).   
El próximo presidente tendrá una tarea ardua, difícil y hasta diría contradictoria: satisfacer a los grupos de poder económicos y contentar a la gente que votó por él.  Por ello, tendrá que saber sortear todos estos vaivenes, no entrar a gobernar con revanchismos y, lo más importante, no olvidarse de los miles y miles de peruanos que pusieron su confianza en el sueño de la gran transformación.
Soy un poco escéptico frente a todo ello pues no creo que se pueda satisfacer a todos. El camino que viene es difícil y como diría Nietzsche “tortuoso y aberrante”. Lo único que queda es esperar y estar vigilantes y que esta odisea política no sea la del eterno retorno.  


[1] BELL, Daniel. 1977. Las Contradicciones Culturales del Capitalismo. Alianza Editorial. España.
[2] COTLER, Julio. 2005 (1978). Clases, Estado y Nación en el Perú. IEP. 2da. Reimpresión de la Tercera Edición.  Lima.



miércoles, 18 de mayo de 2011

¿A qué repámpanos le tendrán tanto miedo algunos jóvenes?


Por: Eduardo Adrianzen[1]
Ilustración: Carlos Tovar, "Carlín".

A mí, entre mis 16 y mis 28 años, me tocó el inicio de Sendero y la guerra interna, los toques de queda, el sida, la hiperinflación de Alan, el fujishock del 90 y el posterior autogolpe de Estado el 92. Ya de treintón, me tocó la megacorrupción, el fraude... y la lucha por sacarnos a la mafia de encima. Para hacerla corta, digamos que recién después del 2001 pude sentir que nuestro país podía aspirar a ser algo más que una tragedia detrás de otra. Por eso creo que los veinteañeros de hoy son afortunados: se salvaron de una juventud llena de muertos, como la que me tocó. No solo eso: viven -vivimos, pues uno tiene que entrarle al tema o ya fue- conectados al mundo y relacionados en la aldea global. Por eso hoy suena casi inverosímil decir "no sabía" o "yo creí que..." o "me dijeron", cuando tenemos a mano toda la información necesaria en un click. Como que ser ingenuo ya implica ganas de serlo y auto-declararse un lúser de campeonato. Será por eso que me sorprende que tantos jóvenes que supuestamente tienen acceso a la información, se hayan declarado presas de un miedo pánico infantil cada vez que les hablan de la necesidad de mejorar y cambiar ciertas cosas a nivel social y político. Me sorprenderá, por ejemplo, que muchos sean tan dóciles y mansitos para obedecer a su abuelito PPK cuando les mande votar por KF "en nombre de la democracia", sin querer darse cuenta de que, con eso, les está mandando a votar por el "pensamiento" Kenji, por el Opus Dei (sí: ese que condena el sexo sin matrimonio y no permite que las chicas usen minifalda, ni los hombres bermudas en la universidad) y por todos los que sueñan con meterlos a hacer el servicio militar.  Me sorprende también que muchos jóvenes, que con tanto esfuerzo ahorran para comprarse una lata de pintura para sus grafitis, de pronto sean los más ardientes defensores de que los dueños de la banca, la minería y las grandes corporaciones, puedan comprarse más casas en Eisha y no se priven de sus vacaciones en EEUU cada vez que les dé la gana.  Me parece marciano que les hayan hecho creer que el archineoliberalismo es sagrado y blindado, y que todo lo que ose cuestionarlo es el cuco, el monstruo o el hombre lobo que se los llevará al infierno de Cuba o Venezuela para que se los coman crudos.  Y más bizarro aún: que de tanto miedo que les siembran, algunos repitan como loritos (sin haber leído ni una palabra de esa época) "no queremos que vuelva Velasco", igual a las abuelitas pitucas, que chillaban porque en ese tiempo se dijo que los indios también eran personas.  Me alucina escuchar a jóvenes entre 19 y 30 años, que toman su combi y buscan chamba honradamente, hablar igualito a los terratenientes expropiados por la reforma agraria.  Y no se ofendan, pero poner el pecho (o el voto, que es igual) para defender a Cipriani, Martha Chávez, la Cuculiza, Carlos Raffo y Rafael Rey, me parece contranatura tratándose de un joven.  Más si bastan 3 minutos en Internet para enterarse de sus prontuarios: menos de lo que dura una canción en YouTube. Además, ¿acaso a los jóvenes les sobra el trabajo, las oportunidades y la chamba, y sienten que hoy todo es perfecto, como para defender a muerte que todo se congele y siga como está, sin la menor posibilidad de cambio o mejora?  Claro, salvo que se piense que "mejorar", es recibir una limosna de arroz y atún empaquetada desde San Isidro por las Chinas Tudelas.  El miedo inculcado por los medios de comunicación pagados por los eternos dueños de la marmaja, les taladra tanto la cabeza que los hace afirmar que, si no entra KF y su camarilla mafiosa noventera con su papito incluido (levante la mano el ingenuo que se trague el cuento de que "no lo va a liberar")  vendrán los comunistas y les expropiarán hasta su iPod... cuando basta que lean un poco en Internet (y no Perú 21, ni ver a Bayly) para entender que es imposible por 100 razones que aquí pase lo mismo que en Venezuela.  Que ser globalizado y moderno, sirva para mirar un poco más allá del chicote y la rodillera. En suma, me resisto a aceptar que muchos jóvenes prefieran defender a mafiosos que solo buscan ser aún más ricos a sus costillas.  Y está bien que antes les haya gustado los ppkuyes y bailaran con ellos... ¿pero eso significa que también piensan como cuyes, y son tan miedosos como el pobre animalito que se resigna a ser devorado por los más fuertes?  Estoy seguro de que no.  Porque Kenji -y su perro- NO los representan.  ¿O sí?


[1] Eduardo Adrianzen. Dramaturgo y guionista.

lunes, 16 de mayo de 2011

Razones para No votar por Keiko Fujimori



Por: Jorge Duarez
(Ilustración: Carlos Tovar, "Carlín")

El psicoanalista esloveno Slavoj Zizek señala que los seres humanos asumimos nuestras creencias más íntimas antes de contar con una argumentación racional para hacerlo. En palabras de Zizek esto supone que “las razones de por qué hemos de creer sólo son convincentes para aquellos que ya creen”.[1] Esto no sería ajeno a la política, pues uno asumiría una opción (liberal, socialista, progresista, conservador, etc.) y luego buscaría argumentaciones racionales para sostenerla. Así, al fujimorista por más razones y pruebas que se le dé sobre la nefasta experiencia de los años 90 no cambiará de parecer sobre su voto, pues responde a una convicción antes que a una razón. Por ello, este post está principalmente dirigido a aquellas personas que las encuestadoras identifican como “indecisos” y que buscan razones para definir su voto sin una posición previamente definida.

Empecemos por lo que significa el fujimorismo. El gobierno del Alberto Fujimori se caracterizó –entre otros- por la corrupción, el desprecio por la democracia y la violación a los derechos humanos. Millones de dólares, provenientes básicamente de las privatizaciones de empresas públicas, del desfalco del sistema de pensiones de  los jubilados y de la caja de ahorros de policías y militares, se utilizaron para los intereses privados de Fujimori y su círculo cívico-militar. Con el dinero de la corrupción se podrían haber construido cientos de escuelas para la población, financiar un sistema integral de salud, además de pagar mejores pensiones para los jubilados.[2]

Con el pretexto del no apoyo a la lucha contrasubversiva Fujimori disolvió el Congreso de la República, cerró el Poder Judicial y persiguió a sus adversarios políticos. Por presión internacional convocó a un Congreso Constituyente a partir del cual logró mayoría Congresal promoviendo el transfuguismo.[3]

Sobre la violación a los derechos humanos, consta en los expedientes presentados por el Ministerio Público durante el juicio que se le siguió a Fujimori, que desde sus primeros años de gobierno se persiguió y asesinó a dirigentes sindicales, así como se organizaron grupos paramilitares como “Colina” para exterminar extrajudicialmente a presuntos terrorista. La matanza del profesor y los estudiantes de la Universidad “La Cantuta” y “Barrios Altos” son solo algunos ejemplos lamentables de ello.[4]

Algunos seguidores de Keiko Fujimori –entre ellos el presidente García- han sostenido que no se le puede achacar a ella los errores de su padre. El argumento es que no se puede descalificar políticamente a Keiko por el vínculo genético que comparte con Alberto Fujimori. Eso suena lógico pero deja de lado evidencias de fondo sobre el vínculo de carácter político entre Alberto y Keiko Fujimori. Hasta hace algunas semanas Keiko no dudaba en declarar abiertamente que su padre ha sido “el mejor presidente de la historia” e incluso no “chocó” con Montesinos mientras así le convenía para la defensa de su padre. Además, hasta el momento la candidata no ha aclarado cómo financió sus estudios en Estados Unidos, existiendo varios indicios de que éstos fueron financiados con el dinero de la corrupción.[5]

Otra evidencia del vínculo político entre Keiko y Alberto Fujimori es el entorno de la candidata, quiénes la acompañarían en un hipotético gobierno suyo. Tomemos solo algunos ejemplos: Rafael Rey, Martha Chávez y Jorge Trelles. Rafael Rey fue uno de los Congresistas que votó a favor de la Ley de Amnistía que liberó a los miembros del grupo Colina durante el gobierno de Fujimori. Como Ministro de Justicia de García promovió el polémico Decreto Legislativo 1097 que buscaba amnistiar a violadores de derechos humanos. Rey ha sido crítico acérrimo del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, oponiéndose de múltiples maneras a la aplicación de las recomendaciones que el informe propone. Martha Chávez fue y es una recalcitrante defensora del fujimorismo, reivindica hasta ahora el autogolpe del 92, avaló la labor del grupo “Colina” e incluso hace unos días llegó a amenazar al Presidente del Poder Judicial por la sentencia a Alberto Fujimori. Jorge Trelles fue Ministro de Educación durante el gobierno de Fujimori, quien además de avalar y defender las medidas criminales y autoritarias de Fujimori, se encargó de desprestigiar a sus adversarios políticos en los últimos años del fujimorismo a través del programa “Mesa Política” vía el desaparecido canal “Cable Canal de Noticias”.                 

Para muchos es valedero omitir el significado del fujimorismo para supuestamente defender el crecimiento económico. Me parece que es un error tanto ético como político. Ético porque ponen en un segundo plano el legado fujimorista de violación a  los derechos humanos y corrupción que tanto daño ha hecho a miles de peruanos. Político porque se pone en peligro la democracia, se asume acríticamente lo que Campodónico ha llamado “el mito del modelo (económico) intocable”[6] y se renuncia a una serie de reformas necesarias en el país para lograr consolidar una comunidad política incluyente.


      


[1] Ver: Zizek, Slavoj El sublime objeto de la ideología Siglo XXI, México, pp. 64-73.
[2] Para mayor detalle ver: http://bajolalupa.org/13/12_tex.html
[3] Al respecto existen múltiples trabajos, entre ellos el de Julio Cotler y Romeo Grompone titulado El Fujimorismo. Ascenso y caída de un régimen autoritario, Instituto de Estudios Peruanos, 2001.
[4] Recomiendo mirar al respecto el documental sobre el caso La Cantuta titulado En la boca del diablo.
[5] Ver al respecto el trabajo de investigación realizado por el diario “La República”(20/07/2010; 06/08/2010 y 02/04/2011).
[6] Ver: http://cristaldemira.com/pop_guardar.php?id=2349

martes, 3 de mayo de 2011

¿Quién es el otro? Intolerancia y discriminación a flor de piel

Por: Bruno Yika

La discriminación en el Perú tiene un matiz particular. No se le suele expresar de forma abierta sino mayormente en conversaciones íntimas y con amigos con los cuales se comparten los mismos prejuicios. Al respecto, parto de la idea de que ello es un producto histórico que tiene como inicio el debate entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda[1], en el cual se discutía si el indio tenía o no alma, y por ende si era o no humano; implicando a su vez una relación con el otro basado en tres premisas: 1) forma estereotipada y estigmatizante de considerar al indio, 2) el debate sobre si los habitantes originales de América poseían o no calidad de humanos y 3) el planteamiento del problema indígena desde una perspectiva legal y moral.[2]

En la actualidad, la discriminación ha tomado un cauce que no sólo incluye factores raciales, sino también perspectivas políticas, formas de vida (incluyendo las orientaciones sexuales diferentes) y libertad para opinar. Este fenómeno integra estos factores y los esparce rápidamente en los imaginarios colectivos a través de medios de comunicación masivos y virtuales. Asimismo, tiene como eje transversal la intolerancia y la imposición casi dogmática de puntos de vistas que tienen como trasfondo intereses políticos y económicos de larga data en el país.

Diariamente periódicos decanos, correos, razones, expresos o canales televisivos con nombres de letras tejen y entretejen estrategias que buscan frenar, a cómo de lugar y más allá del bien y del mal, propuestas de gobernabilidad diferentes, en cierto sentido, a las planteadas por la candidata contendora. Lo peor de todo es que hace diez años algunos de estos medios de comunicación enarbolaban la bandera de la libertad de prensa y se jactaban de ser los líderes de opinión con mayor credibilidad.

La intolerancia y la discriminación también incluye una densa y muy buena campaña en las redes sociales para insultar, despreciar y estigmatizar a uno de los candidatos electorales y a todos aquellos que tienen la opción democrática de simpatizar con él. Un ejemplo de ello es el asco y la decepción que muestra un grupo de chicas y chicos bien que han llenado de adjetivos negativos, en su página del face, al premio nobel de literatura por decir que jamás votaría por la hija de un dictador y un violador comprobado de los derechos humanos.

¿Qué reflejan todas estas manifestaciones sino lo que antes se decía de forma solapada y en círculos cerrados? Refleja el miedo de los grupos dominantes a la igualdad entre las personas, al derecho que tienen todas y todas a expresarse libremente, con autonomía y sin violencia y refleja el miedo a la memoria y a la reconciliación entre los peruanos.

La discriminación acude a la humillación para poder despreciar al otro. Sin embargo, ésta tiene un doble filo pues “se puede recurrir a ella para demostrar o probar la desigualdad fundamental e irreconciliable entre el humillador y el humillado, pero, contrariando su objetivo principal, termina autenticando, verificando la simetría de ambos, su igualdad y paridad” (2010: 199–200)[3] .






[1] Marzal, Manuel. 1986. Historia de la Antropología Indigenista: México y Perú. Segunda Edición. Fondo Editorial de la PUCP. Perú.
[2] Krotz, Estaban. 2002. La otredad cultural entre la utopía y la ciencia: un estudio sobre el origen, y desarrollo y la orientación de la Antropología. 1ra. Edición. Universidad Autónoma Metropolitana. México.
[3] Bauman, Zygmunt. Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. FCE. México. 3ra reimpresión.