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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Un cínico francés: Michel Houellebecq



Por: Rómulo Torre Toro

Opinión unánime: Michel Houellebecq (1958) es uno de los narradores franceses más importantes en las dos últimas décadas. La acidez de sus comentarios, la crítica descarnada que tira por los suelos toda esperanza romántica y la actitud abiertamente hostil a todo cuanto signifique "progreso humano", lo ubican como una figura polémica y, por supuesto, central para entender la sociedad posmoderna. Según el escritor francés, estamos en un período donde la vida tiende a la estandarización, donde todo debe ingresar en el sistema y alimentarlo. Su novela Ampliación del campo de batalla (2001) nos propone dos alternativas: o entrar en la Norma o alejarse de ella para ingresar en el Campo de batalla donde se organiza la resistencia. Pero esto suena demasiado utópico. Houellebecq parece preguntarnos: ¿resistencia a qué? ¿No nos damos cuenta de que resistir al sistema es consagrarlo? Es imposible salir de la Norma porque ella supone todo: incluso la probabilidad de algo que la niegue. Resistir, por lo tanto, es un sinsentido: queriendo escapar del vacío de la existencia normalizada, caemos justo en ella.

Ya que no podemos escapar a la Norma, ¿por qué entonces nos aferramos a momentos simbólicos de la historia, como Mayo del 68? La opción del cambio queda ridiculizada por las consecuencias que trajo consigo. En efecto, la sociedad post 68 está marcada por el consumismo, la pérdida de toda ilusión, el fracaso. Marcada por la soledad. La falta de objetivos de los sujetos es característica de los hermanastros que protagonizan Las partículas elementales (1999). Michel y Bruno van de tumbo en tumbo, tratando de evitar la descomposición de sus vidas, pero sin plantear alternativas viables, concretas. Al final, se dejan arrastrar por distintos estilos de vida que los condenan al abatimiento, al anonimato, al deterioro de las relaciones humanas. Pero la novela puede entenderse, también, como la historia de una familia disfuncional, cuyos hijos son los más afectados por las "libertades" alcanzadas en el Mayo francés. Así: una novela sobre "los secretos de familia del occidente posmoderno". O, más ampliamente: "el ocaso del pensamiento burgués [y] la ridiculez de los sistemas que se le han planteado y plantean todavía como alternativa".

Para ejemplificar mejor lo que se intenta decir, dos citas extraídas de La posibilidad de una isla (2005) servirán de forma más contundente:  

"El espectáculo Mejor con libertinas palestinas fue la cumbre de mi carrera; mediáticamente hablando, se entiende. Salí unos días de las páginas de Espectáculos de los periódicos para entrar en las páginas de Justicia/Sociedad. Hubo quejas de asociaciones musulmanas, amenazas de bomba, en fin, un poco de acción" (pg. 42).

Y, mucho más reflexiva:

"Se ha demostrado que [...] el dolor físico que acompañaba la vida de los humanos les era consustancial, que era consecuencia directa de una organización inadecuada de sus sistema nervioso, de igual modo que su incapacidad para establecer relaciones interindividuales que no fuesen de enfrentamiento resultaba de una relativa insuficiencia de sus instintos sociales con relación a la complejidad de las sociedades que sus medios intelectuales les permitían fundar" (pg. 150).

De esta manera, lo que afirma es que nada vale la pena, que todo lo que se intente será peor, que no perdamos el tiempo. La coyuntura política que atravesamos parece darle la razón. Por más intentos que haga la humanidad por redimirse, por explotar esa subterránea bondad que cree poseer, la Norma terminará por imponerse. Los románticos, los ingenuos, los reformadores: terminarán siendo los mejores (es decir, los peores) defensores del sistema. Insertados perfectamente en el mundo.

No escandalizarse: el cinismo es el estilo de Houellebecq. Plantear opiniones no como propuestas a discutir ni mucho menos con reservas. Todo lo contrario, el autor de Las partículas elementales escribe como si la historia fuera lo último que le importara y lo primero, las ideas. De hecho, pretende defender, con argumentos hábilmente desplegados, sus teorías y en torno a ellas estructurar sus historias. Teorías que van desde posturas misóginas y antislámicas, hasta la defensa más cerrada de la derecha. Es necesario reiterar: no escandalizarse. Aquí está lo más valioso de Houellebecq: menospreciar la opinión indiscutible, lo políticamente correcto, la fútil intención de quedar bien con todos. Esa actitud que trasmite en sus novelas y que corrobora en su vida cotidiana, como lo prueba su tan sonada desaparición, justo cuando tenía que dar una gira de entrevistas y conferencias por motivo de la publicación de su última novela El mapa y el territorio (Alfaguara, 2011). Houellebecq no es una estrella, como muchos quieren calificarlo. Mucho menos es un sobrevalorado. Es un hombre que quiere salvarse. Del mundo, de la literatura, de sí mismo. 





La de arriba es una entrevista del año 2008, en España. Aquí podemos obtener un excelente perfil del narrador francés.

lunes, 10 de octubre de 2011

Una novela sin remilgos


Por: Jesús Jara

La ciudad de los culpables (2007) es una de esas novelas que, con una fuerza desacostumbrada, ubican al lector en un contexto que varios escritores han intentado narrar no del todo convincentemente. De un tiempo a esta parte, varios narradores han tomado a la guerra interna como un tópico literario más, hasta el punto de convertirlo casi en un subgénero. Si bien es cierto que no se puede obligar al autor a tener una postura de compromiso social, creemos que a nuestro país, a nuestra literatura, le urge, hace mucho tiempo, una actitud diferente. Pues bien, Rafael Inocente no hace uso de un discurso que eluda o teorice el conflicto para darnos a conocer sus ideas. Y con esta novela, se ubica como uno de los referentes de la literatura de la violencia política.
Un personaje afirma que “No deseo crear una leyenda en torno a mí, ni sobre lo que pasé en las mazmorras del fascismo fujimontesinista (…)”. Por supuesto, no lo hace explícitamente, pero en la ficción, sí. La ciudad se nos presenta, a través de las cuatro historias estructuradas fragmentariamente, como un lugar que impone sus propias leyes, leyes que no obedecen al bien común, sino que reflejan la sectorización de un país controlado por un gobierno de terror, intolerante y represivo. Por si esto fuera poco, la sociedad es caracterizada –a través, sobre todo, de la mirada de Orlando Zapata, uno de los personajes centrales de la obra –, como alienada, con esas caricaturas humanas que viven de la moda, del lujo, del engaño, de lo material, de las caretas. De todo lo típicamente inservible que busca llenar las zonas vacías en la vida de estos personajes. Y esto lo vemos, en la novela, en la música que unos escuchan, en las tocadas, en la vida universitaria, en los espacios laborales y demás actividades.
La historia es narrada desde la ubicación de cuatro jóvenes: Orlando Zapata, que acaso sea el alter ego del autor, es, como ya se dijo anteriormente, la mirada crítica de la sociedad; Sebastián Estoico, personaje que junto con Lucía Goicochea –madre viuda que, debido a su anterior pareja, inicia una larga filiación política-, nos permiten conocer las reuniones clandestinas que se llevan a cabo en su lugar de trabajo (una fábrica), las cuales darán origen a manifiestos redactados bajo un punto de vista femenino- En éstos, se insta a las mujeres a tomar su papel en el cambio político que el pueblo, ellos/ellas, reclaman. Sus vidas, por tanto, no les pertenecerá a ellos mismos, por más que el amor se vea reflejado en sus ojos, sino que saben perfectamente que el amor, comparado con lo que significan nuestros ideales, es un impedimento para seguir avanzando. Como una presencia que los desvía. Lucía y Sebastián pertenecen al “pueblo”, a toda esa masa de gente que como sus padres, trabaja más de ocho horas diarias, aquella gente sin beneficios laborales y que viven como si tuvieran que cargar con la responsabilidad de un Estado ineficaz y autoritario. Julia Tudela, quien es económicamente la más acomodada en la novela, descubrirá que su realidad es otra, que su propia descendencia es otra. Ni el placer, ni mucho menos el amor, conseguirán cobijarla. El viaje que realiza junto con Orlando a la selva para buscar a su tío Matías es muy importante porque a través de la narración que realiza, descubrimos cómo se desenvuelve, socialmente, esta parte de nuestro país. Prácticamente es un pequeño reflejo de lo que se vive en la ciudad.
Casi al final del relato, Orlando descubre unas cartas que un amigo suyo, "el arótico Fuentes", le escribiese durante su estadía en la cárcel. Cartas que por muy afectivas que nos parezcan, dejan en las páginas finales de la novela un aura de desilusión, de oscuridad, un testimonio de vidas truncas, de vidas que nunca se pertenecieron a sí mismas. La historia que contiene las cartas es la de cuatro jóvenes que tuvieron que sobrevivir el período más complicado de la historia de nuestro país. Por lo tanto, creemos que Rafael Inocente ha escrito una novela necesaria, una novela que solo puede estar emparentada con esos pocos libros que tienen al verdadero personaje peruano, al verdadero personaje nuestro, como eje principal.
Novela de inmigrantes. Novela de mestizos. Novela clasista, si quieren llamarla así. Novela fragmentaria, como la vida misma. Novela de denuncia. El libro de Inocente nos da una mirada interesante porque es distinta. No cae en lugares comunes, ni en apologías innecesarias. Aun cuando Javier Ágreda afirme que se acerca al panfleto político. Se centra, más bien, en personajes que están al margen, aunque por esa misma razón sean centrales. Solo el tiempo ubicará a las novelas que intentaron narrarnos la guerra civil desde una perspectiva más auténtica. Sin los remilgos de algunos, ni las explicaciones antropológicas de otros.

Rafael Inocente. La ciudad de los culpables. Lima, Editorial Zignos, 2007

miércoles, 17 de agosto de 2011

Amigos



Por: Jesús Jara[1]
Sección Narrativa

Sin explicación alguna, Susan dejó las cartas sobre la mesa e intentó besarme. Viéndola acercar su rostro al mío, me puse de pie y la increpé. Pero cuál es el problema, preguntó. Yo cogí mi casaca de la silla y salí de su departamento. En el ascensor, la sensación de lástima por perder otra buena amistad.

A veces me dicen que hago mal en accionar como comúnmente lo hago. Pero qué pueden saber ellos. Sus intromisiones  solo son frases que ellos mismos desearían escuchar y realizar y que, al no conseguir lo que estúpidamente se proponen, te palmean el hombro, te miran directamente a los ojos y te dicen escucha este consejo.

-No, no tengo celular.
-¿Correo?
-Tampoco. Solo uso la computadora para escribir.
-¿Puedo visitarte?
-El trabajo hace que esté todo el día afuera.
-¿Podemos encontrarnos en un lugar, entonces?
-No creo, mi horario es bien complicado.
-Bueno, está bien. Otro día hablamos.
-Está bien.

Ese día, en que creyó verla entre ese gentío, quiso acercarse y preguntarle cómo se encontraba después de tanto tiempo. Y a punto estaba, cuando la chica dio vuelta y mostró completamente su rostro. No. No era ella. Inmediatamente, se preguntó: ¿Esto es algo malo o bueno?


No sé por qué, a veces, acepto salir con mujeres que no me interesan. La misma rutina conversacional que carece de sentido. El sexo, ilusorio refugio. No, no puedo estar contigo, Alexandra. ¿Hay otra mujer?, pregunta con unas lágrimas que caen. No hay ninguna mujer. ¿Entonces? Pues eso mismo, no hay ninguna mujer. No te preocupes, yo pago la cena. Nos vemos mañana en el trabajo.


De Argentina, ha llegado Pamela. Días antes se había contactado conmigo para preguntarme si podría quedarse a vivir en mi departamento. Ninguno de sus amigos, a excepción de mí, contaba con la independencia temprana que yo tenía. Solo serán unos días, y esperando que fuese así, está bien, puedes quedarte aquí. Solo te pido que me traigas algún recuerdo. Luego, ella colgó el teléfono y yo empecé a arreglar el desorden de los diferentes cuartos.


Tomo un taxi. Directo al aeropuerto. Le pido al chofer que apague el radio y miro las calles de noche a través de la ventana. Las gotas de la llovizna se estrellan contra la luna. Me pregunto cuándo empieza, verdaderamente, la vida de un hombre. ¿Cuál es ese inicio? No me pregunto por el final, porque sé que esto lo más seguro.


Lo que más recuerda: esa, su sonrisa. No la hora ni nada de lo que pudo haber alrededor de ellos. Solo esa sonrisa. Al despertar, descubre que la habitación aún continua oscura, salvo por la tenue luz que llega de algún alumbrado eléctrico. A pesar de la hora -¿tres, cuatro de la madrugada?- algunos autos pasan raudamente. A su diestra, Jesica duerme tranquila sobre la almohada. No desea molestarla. Al voltear la mirada, ella va alejándose. Abre la puerta –ahora se cierra- y desaparece por el corredor. Él se pone de pie, y al abrir la puerta, despierta otra vez. Ahí está Jesica que todavía duerme a su costado, esta vez con la cabeza recostada sobre su pecho.


Los días pasan normales. Pamela está muy hermosa, no puedo negarlo. Dejó de tener el cabello lacio oscuro para tener uno castaño y ondulado. Su figura presenta más curvas que linealidades. Todos los días, ella prepara el desayuno. Me despierta del mueble y yo la veo con ese babydoll crema. No revelo mi sorpresa, acaso para ella esto le resultase común y, para mí, también tenía que ser igual. Además, no recuerdo atracción alguna por parte de los dos en nuestros tiempos juveniles. Mientras la veo hacer, sus largas piernas parecen brillar. Todos los días sucede lo mismo.


En el trabajo, no sé cómo, se han enterado que vivo con Pamela. Algunos empiezan a joder con sus preguntas; otros se muestran reacios a creerlo, ya que cómo este pata solitario, casi autista, puede estar conviviendo con una mujer tan terriblemente bella. Imposible. En el descanso, ahora, Alexandra se acerca casi llorando.

-¿Es verdad?
-¿Qué es verdad?
-Lo que dicen.
-Ah, eso.
-Dime, ¿es cierto o no?
-Sí, sí lo es.
-Me habías dicho que no tenías otra mujer.
-Y así es.
-¿Entonces?
-Escúchame, Alexandra, en verdad escúchame…
-Es que…
-Es que nada. No jodas más. No sé por qué te empecinas en seguirme cuando nunca te he dado cabida.

Y empieza a llorar otra vez, otra vez más. La miro con desprecio. Vuelvo al trabajo.


-El problema con las personas es que creen necesitar de alguien. No importa el rostro, el nombre. Gran parte de su vida consiste en encontrar a esa falsa persona, a esa falsa compañía.
-¿Y tú no?
-Claro que no. Rendir explicaciones a alguien, justificar mis estupideces, no, no lo necesito. Prefiero ser el mismo despreocupado de siempre.
-¿Y la flaca con la que vives?
-¿Qué pasa? ¿Quieres que te la presente?
-Sabes a lo que me refiero, huevón.
-Es perfecta y todo, pero no pasa nada.
-¿Y por qué no?
-¿Y por qué tiene que pasar algo?


La volvió a llamar, a pesar de que ella le había casi ordenado, que no lo volviera a hacer, que no la volviera a buscar, que el voltear la página debía ser compartido quiera o no. Pero marcó el mismo número y creyó escuchar otra voz, una más lejana, nada idéntica. ¿Aló? ¿Aló? ¿Quién habla?... Yo, yo, te llama… ¡Carajo! ¿Otra vez? ¡Ya te he dicho! ¡No me vuelvas a llamar! –No, no es su voz, no es la misma que se dirigía a mí- ¿Acaso no entiendes? Ya tengo otra vida. ¿Tan mierda es la tuya para que molestes a cada rato? No te he llamado para intentar volver. ¿Entonces? Solo para escucharte. ¿¡Ah!? ¿Estás loco? –Definitivamente no es su voz- Creo que sí. No vuelvas a joder más, ¿quieres? ¡Adiós! Y como leí en un cuento una vez, ¡qué horrible es que te cuelguen el teléfono cuando uno espera algo más de otra persona!


Con el día de hoy serían casi tres semanas. La frase de Pamela me sorprendió. Ella había regresado de una fiesta con sus amigas y el tufo que expedía hacía confirmar que la había pasado bien. ¿A dónde fueron? Un rato a Barranco. ¿Un rato? Sí, un rato. Estuvimos con un grupo de chicos que conocimos en uno de los bares y simpatizamos de lo más bien. Uno de ellos me pareció tremendamente guapo. Me invitó a su departamento y ahí estuvimos –Con su caminar zigzagueante, logra sentarse a mi lado en el sofá- tomando y tomando. El muy boludo tomaba y tomaba como loco. Para el que no sabe tomar, y quiere tirar, pues que no tome y punto, que empiece a desnudar a la mujer que tiene y ya, todo es más fácil. Pero este tarado seguía en lo mismo. Cuando creyó estar listo, se acerca a mí y empezamos con los tocamientos. Quería que me lo hiciera ya, ¡ya!, pero su erección duró apenas unos minutos. Ni siquiera nos habíamos quitado lo que llevábamos puesto. Luego, todo borracho, empieza a disculparse -Se quita los tacos, su blusa y se recuesta en mi hombro-. ¡Empieza a llorar! ¡A llorar! –Se ríe, de las sonrisas pasa a las carcajadas- Y eso no es nada, el pobre se arrodilla y gateando, quiere llegar a mí para pedirme disculpas. Lo dejé ahí, ¡qué patético! Vuelvo al Perú y al primer hombre que quiero que me encame, sucede todo lo que te he contado. ¡Tremendo quilombo! –Pasa su cabeza por mi rostro, sus labios rozan mi quijada-. ¿Qué pasa? ¿Por qué te vas? Es que supongo que quieres descansar. Recuéstate ahí, ahora te bajo un cubrecama para el frío. Che, ¿qué pasa? ¿Estás huyendo? No, Pamela. Entonces, vení aquí. Quedate conmigo. Tengo enamorada, Pamela. Jajaja. Vos, sí que estás cagado, ah. En primer lugar, lo que me dices es mentira. Y en segundo lugar, si la tuvieras, ¿te estoy pidiendo que la dejes? –Con cuidado se pone de pie, se quita la minifalda y todo lo que resta-. ¿O venís o voy hacia vos? Tenía el sexo duro. La desnudez de Pamela es sorprendente. Sus pechos formaban esa línea que tienen los buenos pechos. Su vientre, muy marcado, me invitaba a ella-. ¿Ya? ¿No te atraigo? ¿Quieres otra cosa? -Se da vuelta y, apoyándose del mueble, se inclina ofreciéndome su culo en un casi perfecto ángulo de noventa grados-. ¿No te gusta? Veo cómo introduce los dedos, cómo luego de humedecerlos con su boca, vuelve a introducirlos. Veo cómo se da fuertes palmadas en sus nalgas. Veo cómo aprieta sus senos. Cómo llama con diferentes tonalidades sensuales mi nombre. La veo. Doy el primer paso y camino. Ella dibuja por fin una sonrisa excitada que rápidamente troca en una de desprecio. ¿Te vas? Puta, huevón, ¡no puedo creerlo! ¡No puedo creerlo! Vuelvo mañana, Pamela. Nos vemos. Y cierro la puerta.


-¿Qué haces aquí?
-¿Puedo pasar?
La voz cansada de Miguel recién parecía despertar. No lo culpo. Lo único que se puede oír son las onomatopeyas de la noche.
-¿Qué pasó? ¿Están tirando en tu cama?
-Ya, huevón, déjame entrar que me cago de frío.
Nos sentamos en el living de su departamento. Saco una botella de pisco y empezamos a beber. Vaso tras vaso, el sueño nos vence.
-O sea que te fugaste. ¡Qué cagón, ah!
-No sé lo que me pasa, causa. En verdad no lo sé.
-Pareces peor que virgen. ¿Acaso ya no has tirado? No creo conversar con un pata que se siga masturbando.
-Hasta me da vergüenza volver a mi depa.
-Si quieres voy y me quedo yo a vivir ahí. Con ese mujerón que tienes ahí uno no debe tener verga para no hacer nada.


No volví a mi departamento hasta el domingo en la noche. Me quedé en un viejo hotel del centro. Cuando ingresé, el lugar estaba vacío. No había rastro de Pamela, salvo su cepillo de dientes olvidado en el baño. Podía sentir su olor, ese perfume que la caracterizaría siempre a partir de ahora. No, no había nada más de ella. Lo único que hice fue dormir y dormir. Mañana la misma jodida costumbre de levantarse temprano para formar parte de ese cúmulo que cree que rompiéndose el cuerpo, logrará buenos resultados a futuro. Renunciaré mañana mismo y punto.


Luego de su nuevo rechazo –y esta vez definitivo tanto para ella como para mí-, tuve que aprovechar el tiempo que me quedaba –y de sobra- en algo productivo. No me hundiría nuevamente en ese harto conocido pozo de lamentos y de mentiras. Basta de leer y leer, y a escribir. Me puse a pensar en qué, y pensé que en el mundo de las amistades siempre afloraría algo por más minúsculo que esto sea.



[1] Jesús Jara ha publicado el libro de cuentos Amor a quemarropa. Lima, Editorial Casatomada, 2009.