Por: Javier Garvich
Se transmite de forma reiterada, machacona, hasta abusiva en algunos casos: Tenemos la mejor cocina del mundo y debemos sentirnos orgullosos. En un país que históricamente siempre ha tenido una baja autoestima, el discurso gastronómico se ha convertido en un tremendo motor de peruanidad y gestor de un horizonte común e incluso hasta integrador. Somos peruanos en tanto somos cebiche, somos papa a la huancaína, somos inchicapi, somos arroz con pato, tortilla de raya y puka picante.
Este estallido de buenas vibras nacionalistas no es gratuito. Y no me refiero solamente a los complejos empresariales, intereses de grupos exportadores, lobbys del sector turismo y, claro está, hartos comisionistas que se esconden tras las campañas de Marca Perú y similares. Me refiero a que, detrás del emotivo (y, agregaríamos, inocente) discurso gastronómico está también el proyecto de nación perseguido por nuestra plutocracia. Como en la célebre pieza de Pirandello, nuestros sectores pudientes han intentado buscar afanosamente un discurso matriz que los legitime como peruanos y como dominantes. La oligarquía, luego del trauma de la Guerra del Pacífico, empezó a tomar conciencia y a buscar alguna forma de unir este extenso país jalonado de cordilleras y junglas, donde uno se topaba con casi todos los tipos étnico-sociales posibles.
Lo intentaron usando al ejército y construyendo una patria criolla irredentista, se montaron en la utopía del progreso que incluyera a más actores sociales, se ilusionaron también en el desarrollismo de la segunda postguerra y en la imposición del modelo neoliberal en tiempos del fujimorato. No solamente eran modelos políticos o económicos, se buscó espacios y prácticas donde impulsar un discurso supuestamente integrador y declaradamente transclasista. Fue el caso como la oligarquía se apropia de la música criolla y la convierte en la portaestandarte de la música peruana (dejando al resto de géneros musicales mayoritarios peruanos en posición subalterna). En ese sentido también se manipularon nuestros éxitos deportivos en los años setenta y ochenta inventando una escuela peruana de fútbol (de toque, gol y espíritu sandunguero) o exaltando a nuestras voleibolistas como paradigmas de sacrificio, disciplina y garra (valores secretos que atesoraría nuestra comunidad). Los poderes fácticos del Perú, pese a detentar el mando y la supremacía del país, se sabían minoritarios y –en todo caso- rodeados de peruanos desconocidos y distantes.
La globalización económica y las nuevas tecnologías, necio sería negarlo, han ayudado a que la mayoría de peruanos nos conozcamos bastante mejor que en tiempos de nuestros padres y abuelos. Pero, cuidado, el aumento del turismo interno, la masificación de los celulares, la mayor circulación de capitales en las regiones, etc; no van a derribar de la noche a la mañana las tremendas barreras de exclusión, discriminación, desigualdad e indiferencia que los sectores dominantes han levantado en el Perú casi desde los inicios de la república (y algunos dirían que incluso antes). Más aún si desde el corazón mismo de nuestro país aparecen periódicamente discursos críticos e incluso antisistémicos (desde González Prada hasta quienes se levantaron en armas hace un cuarto de siglo, pasando por los paradigmas socioculturales que propusieron Mariátegui o Arguedas) que cuestionan los optimistas discursos que la metrópoli criolla confecciona. El discurso gastronómico es una vuelta de tuerca en este intento de legitimar una visión de país alegre, unificada, motivada y sobretodo, despolitizada.
Porque ese es el quid del asunto. Una cosa es disfrutar de un tiradito de pejerrey y otra hacer de ese plato el recurso de una peruanidad apolítica, que no cuestione las desigualdades y que crea que nuestro país es una armonía social análoga a la fusión de sabores e ingredientes de nuestra variadísima cocina.
Perú campeón, Contigo Perú, Y se llama Perú, Vóley peruano eran melodías pegadizas que acompañaron la época de oro del deporte nacional. Más allá de su letra equívoca e incluso huachafa, fueron la banda musical de gobiernos que tuvieron que enfrentar huelgas gremiales, paros generales, extensas movilizaciones y, finalmente, un accionar armado de tremendas consecuencias. Hoy, donde las luchas antimineras y los movimientos que reivindican la integridad de nuestras cuencas y ríos ganan protagonismo en la agenda política; el discurso gastronómico no solamente es un sugerente divertimento cultural. Puede ser también una forma (otra más) de reivindicar un país inventado, falso, que siga escondiendo nuestras desigualdades debajo de la alfombra de nuestros rampantes restaurantes de cinco tenedores. Un país falso e inventado que invisibiliza las monstruosas bolsas de extrema pobreza, que trivializa nuestras cifras de desnutrición infantil, que marginaliza y ataca las movilizaciones regionales. Un país inventado y falso que se escuda detrás de la excelencia culinaria para atacar a su pueblo.
Díganme ustedes si he exagerado.




