viernes, 4 de mayo de 2012

El Hablador impreso número dos




En diciembre del año pasado, salió el primer número del periódico El Hablador. Fue la expansión de una revista que se ha convertido en una marca, en un referente de la actividad literaria en estas latitudes. Fue la apuesta por el papel impreso, que tantas limitaciones tiene, de un medio que se ha desarrollado básicamente en el espacio virtual. Y fue, sobre todo, el inicio de un proyecto que prometía mantenerse.

Ahora, como para no defraudarnos, ha salido el segundo número del periódico, en una edición con más páginas, donde se incluyen los artículos de sus dos columnistas más antiguos, José Rosas Ribeyro y Alejandro Neyra, y un excelente artículo sobre el valor de la ficción en la lucha contra lo cotidiano, a cargo de Nicolás Rodríguez. Además, el cuento "Oz" de Carlos Yushimito, que apareció en la revista y fue incluido posteriormente en su último libro Lecciones para un niño que llega tarde. 

Si bien la distribución del periódico es gratuita (como dicen sus editores, pueden conseguirlo en universidades, centro culturales, librerías, etc), los lectores podrán revisarlo dando un simple click aquí.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Apuntes sobre el último libro de Alejandro Susti







Por: Mateo Díaz 



Aunque su participación en el campo literario local solamente pueda circunscribirse a la última década, Alejandro Susti ha legado en escasos diez años una producción variada y fructífera. Desde su regreso al Perú, después de estudiar un doctorado de literatura en Baltimore, ha publicado cuatro poemarios —Corte de amarras (2001), Casa de citas (2004), Cadáveres (2009) y Escombros de los días (2011)—, además de diversos trabajos académicos, principalmente bajo el sello de la Universidad de Lima. Susti es asimismo músico y compositor, lo que puede dar una idea del amplio espectro de intereses que posee.
Su último libro se publicó el año pasado como parte de la Colección Premio Libro de Poesía Breve 2010 organizado por Hipocampo Editores. En el poemario confluyen y se integran dos estilos disímiles: uno marcado por la oralidad y otro con tendencia al lirismo, este último con algunos ecos de la estética surrealista. El texto se divide en cuatro secciones: Tu cuerpo lentamente, Fósiles de plata, Fuego que nunca se olvida y Rieles del tiempo. En la primera, la voz poética se dirige al padre que se halla en su lecho de muerte, que se configura como el centro absoluto de la sección (los mismos títulos de los poemas aludirían esto: Cuerpo de mi padre o La sangre de mi padre). En la segunda, las referencias al otro casi desaparecen, pero los textos mantienen un tono reflexivo en torno al mismo tema central, la muerte. La tercera sección representaría el cambio más marcado, tanto desde el punto de vista temático como del estilístico. En esta aparece nuevamente un interlocutor, pero esta vez transformado en la amada. Pareciera que el erotismo de los poemas se presenta como una posibilidad de trascendencia, de abolición de la muerte. Sin embargo, en la última sección el otro vuelve a estar casi ausente. Se configura como un retorno al individuo y su soledad, ya que en estos, el hombre se enfrenta ante aquellas realidades que superan su efímera condición y consiguen pervivir en el tiempo: el arte y la naturaleza. El poema final, Cenizas, cierra el trayecto de todo el poemario; el yo poético se vuelve a encontrar con el cuerpo paterno, a quien dirige sus últimos versos.
El libro está atravesado por el tema de la pérdida. Esta se conforma como una condición inherente al hombre, ya que en su cotidianeidad —“los días”— se encuentra obligado a vivir entre “escombros”. Ello se ejemplifica en ciertos símbolos, como el heraldo, que en la tradición simbolizan la muerte: “Los he visto llegar desde la noche / trayendo sus bultos miserias / conciertos de hueso / instalarse en el jardín de mi casa / indiferentes a la ausencia de los padres / a la seca llaga del silencio (…) ellos / los que gimen / los que acompañan el invierno / los heraldos de la muerte” (de Heraldos, texto en el que se mezcla un tema vallejiano con una técnica egureniana). El dramatismo de estos poemas se modifica, en gran parte, en la última sección del poemario. Una actitud de resignación y serena aceptación es la actitud privilegiada en Rieles del tiempo. La clara cadencia de un piano, la majestuosidad de David o la melancólica permanencia de un daguerrotipo representan, con su perfección artística, la efímera condición del ser humano; quien sería arrojado por ese otro escultor, el tiempo, al “hueco de la nada”. Por otro lado, en Orilla, Nieve, Niebla y Piedra repetida se desarrollan los temas de la naturaleza. Mientras en los tres primeros se construye una determinada atmósfera que podría relacionarse con el tema central del poemario (la violencia de las olas o la frialdad de la nieve y la niebla), con el último se está quizás ante el mejor poema del conjunto. El breve poema sintetiza con precisión la discontinuidad entre el hombre y la naturaleza: “En esa piedra labrada por el río / rodante y caída desde el lomo de otras piedras y otro tiempo / mi hermano y yo jugamos a treparnos sin saber entonces que la piedra / ella sola / seguiría por otros miles de años anclada a esa orilla / dejando pasar el agua repetida / y el gesto de los que nunca más regresaron”.
Susti utiliza dos registros poéticos en Escombros de los días: el verso libre y el poema en prosa. En el primero, el autor subvierte la normativa al prescindir casi completamente de signos de puntuación: tan solo utiliza, aunque de forma muy esporádica, los dos puntos y el guión largo. Este hecho otorga al verso una serie de cualidades, flexibilidad y musicalidad entre otras, que caracterizan la estética lírica (más frecuente en la tercera sección del poemario). No obstante, en algunos de estos poemas, se puede observar que la palabra pierde importancia por sus connotaciones semánticas y las adquiere por sus características fónicas. Ese sería el caso de Despertar: “Tu carne con el tiempo retrocede hacia la luz // Tu carne es el destiempo perfumado del alba / y cuando sueñas se atolondran los rebaños de las horas / entonces la media luna de tus uñas se sonroja / como una lisura enjaulada en el silencio // Tu carne son espumas retornando hacia la noche” (nótese la presencia de versos alejandrinos que sugeriría ciertas afinidades con la musicalidad del modernismo y de otros autores como Neruda y Calvo). Si bien este tipo de textura puede ser poco utilizada por autores contemporáneos y frisa la cursilería, imprime una sensualidad que no deja de ser coherente con las representaciones eróticas. Por su parte, el ejercicio del poema en prosa tendría resultados más discretos, ya que abusa del recurso de la anécdota con poca trascendencia. Quizás sea más interesante su empleo en David, texto similar a una parábola, en el que las figuras del creador y de la obra se desplazan del binomio inicial escultor-escultura, al final de tiempo-escultor.      
                Es clara la voluntad de Alejandro Susti de mostrar una voz que se aleje del discurso hegemónico de la poesía peruana de las últimas décadas, el conversacional. A través de sus citas se inserta en una tradición de escritores recientes que también buscaron otros caminos (López Degregori, Chirinos, Watanabe) y que representaron un contrapeso a la producción de influencia horazeriana. En sus versos, las marcas de la oralidad (principalmente las apelaciones a los interlocutores) se difuminarían en una poética de símbolos e imágenes. Sin embargo, dicha voz aún no habría adquirido el suficiente vigor para distinguirse. A pesar de sus aciertos, hay en el poemario una monotonía que le impide trascender: el registro es bastante plano y la longitud de los poemas casi siempre la misma. De todas formas, la poesía de Susti es un referente interesante del medio local, del que ya se podría esperar mayores riesgos.    

martes, 10 de abril de 2012

El reglamento de la Ley de Consulta Previa: Legitimando el monopolio de la violencia




Por: El lobo estepario

Bruno Aragón de Peralta intentó matar a su hermano, Fermín, cuando confirmó que éste había utilizado a sus "indios" para encontrar plata en sus minas, la que vendería finalmente a la transnacional Wisther. Su mala puntería no le permitió lograr su cometido.

Esta idea sacada de la novela de José María Arguedas, Todas las Sangres (1964), no hace más que destacar el impacto negativo y disociador de la minería en nuestro país. Basta con ver en Cerro de Pasco o en La Oroya donde no sólo destruyen la tierra para siempre, sino que también contaminan las aguas y los ríos.

Reconocer que la minería es la que más ingresos genera al país y que las acciones de las más grandes mineras son las que mayores beneficios tienen en la bolsa de valores, es evidenciar el gran poder económico que representan, así como los grandes intereses que están en juego.

Debemos recordar los vaivenes de este gobierno frente a la problemática de Conga. Cuando Lerner era primer ministro, existía  ambigüedad en Humala al manifestar "agua y minería" y no "agua o minería", tal como lo decía en plena campaña electoral.

Dicha situación era consecuencia de los conflictos que existían dentro de aquel Gabinete, donde unos ministros estaban a favor y otros en contra de la minería. Hasta ese momento, el Gobierno estaba en duda sobre qué camino seguir: o se alineaba a los poderes económicos de toda la vida republicana o era consecuente con sus promesas electorales. Lamentablemente, la suerte se echó cuando el Gabinete cambió de rumbo y Oscar Valdez asumió el Premierato. Lo último que quedaba del lado progresista del Gobierno fue dejado de lado.

En este contexto,  el día 02 de Abril se aprobó el Reglamento de la Ley N° 29785, “Ley del derecho a la consulta previa a los pueblos indígenas”. En síntesis, dicha Ley quita el poder a los gobiernos regionales y locales para dar la opinión final sobre conflictos que tengan que ver con la minería (Art. 2) y se lo entregan a las “Entidades promotoras”[1], que tendrán el veredicto final en esos asuntos (Art. 3) y facultad para que en casos con “carácter de urgencia” (Disposiciones Complementarias, punto octavo), adelanten su veredicto final sobre cualquier tipo de conflicto.

No hace falta realizar un exhaustivo análisis del documento en mención para apreciar que éste servirá al Gobierno para legitimar el monopolio de la violencia frente al caso Conga. Parecería que la suerte de Cajamarca y otras zonas mineras está pre establecida; considerando más aún el apoyo al informe realizado por unos “expertos” europeos sobre el caso: medios de comunicación que se decían progresistas apoyan y celebran la “trayectoria” de dichos “expertos”, antes de que el propio informe salga a la luz pública.

Parece que se seguirá perpetuando la hipótesis de Eduardo Galeano de que nuestra región está condenada, por los siglos de los siglos, a ser exportadora de materias primas a los países industrializados.



[1] Dichas “Entidades” son los Ministerios u otros Órganos Públicos dependientes  del Poder Ejecutivo.

jueves, 29 de marzo de 2012

Una gran generación de niños



Por: Jesús Jara




Éramos unos niños 
Patti Smith.

1

I have made the big decision
I'm gonna try to nullify my life
-The Velvet Underground-

“Patti, ¿nos la ha jugado el arte?” (Pág. 291).

La personalidad de ambos, así como ese objetivo compartido, muy bien puede sintetizarse con la pregunta formulada por Robert a Patti líneas arriba. Y es que desde el día en que se conocieron -acaso porque el destino lo quiso así- se mantuvieron firmes con lo que siempre buscaron ser: artistas.
¿Pero quiénes han sido Patti Smith y Robert Mapplethorpe? A la primera, la conocemos; al segundo, con un poco de investigación, de igual modo. Aquí un vídeo que nos permitirá tener una imagen de ambos.



Poeta, compositora, pintora, modelo y actriz de paso, Patti Smith aprovecha sus conocimientos de composición y estructura para entregarnos un libro de memorias realmente exquisito. El nivel de lenguaje es neutral, ni termina siendo lírico, como quizá era de esperarse, ni mucho menos prosaico. El lenguaje es propio de la naturaleza del libro: lleno de vitalidad, de humor, hechura de modelos que la propia Patti Lee no se cansa en exponer,  así como también momentos expresados por el silencio ante una separación de pareja, o perplejidad ante las muertes que se suceden una tras otra. Todo un primer mérito de la autora.

She says, hey babe, take a walk on the wild side
Said, hey honey, take a walk on the wild side.
-Lou Reed-

Y como si hubieran escuchado la canción de Lou Reed en la etapa próxima y decisiva de sus vidas, Patti y Robert decidieron dar el paso al lado salvaje. Tuvieron que soportar no solo el hambre, sino toda la marginalidad de los años finales de los 60’s e inicios de los 70’s. Soportar el estómago vacío por largas temporadas, deambular por las calles neoyorquinas buscando algo de comer entre los restos de basura, encontrar el lugar donde dormir y hacer su arte sin dinero alguno, aprender a resignarse a trabajos esporádicos y, en su mayoría, ajenos a sus espíritus libres. Cuando el dinero escaseó, Robert encuentra en la prostitución la única salida, ya que era preferible ello a dejar sin alimentar a la mujer a la que agradeció hasta en sus últimos días de vida.

Nueva York es la cosa que me sedujo
Nueva York es la cosa que me formó
Nueva York es la cosa que deformó
Nueva York es la cosa que me pervirtió
Nueva York es la cosa que me convirtió
Nueva York es también la cosa que hago.

A las palabras de Patti se le podría adjuntar el segundo coro de la canción de Lou Reed: “New York city is the place where they said / hey babe, take a walk on the wild side / I said, hey Joe, take a walk on the wild side". El binomio entre hombre-ciudad, en este libro, dará como producto a una gran cantidad de personajes que nuestra memoria luchará por recordar. No solo tendremos a la Patti Smith como cantante, o al mismo Robert Mapplethorpe como fotógrafo reconocido, sino también a los míticos Jimi Hendrix, Andy Warhol, Janis Joplin, Bob Dylan, Allen Ginsberg, William Burroughs, entre otros. Ya sea por asimilación o por rechazo a lo establecido –que se puede encontrar en los diferentes registros creativos de los personajes señalados-, New York será el lugar acaso idílico para todo joven que desea formar parte de la onda generacional que se vive y se siente.

Tanto Patti como Robert son casi ajenos a todo el movimiento que empieza a gestarse en la capital norteamericana. “Cuando me interné en el denso ambiente psicodélico de Saint Mark’s Place, no estaba preparada para la revolución que ya se había iniciado (…) Deambulaba por una tupida telaraña de conciencia cultural que no sabía que existía” (Pág., 45). Pero una vez ingresado en tal mundo, es donde se inicia la vida como sinónimo de arte, como un arte propio o endémico de tales años. Ser artista, ser una beatnik, fue quizá uno de los sueños más locos, pero uno de los más vitales que tuvo gran parte de la juventud. A pesar de todas las vicisitudes por las que tuvieron que pasar, Patti y Robert lograron sobrevivir, teniendo como acompañantes fieles a la música -¡y qué música!-, sus respectivos artes y, desde luego, al amor/confianza que sentían el uno al otro. Por lo que prestando atención a la pregunta inicial de esta reseña, la respuesta está muy vinculada con sus propias vidas. El arte lo personifican ellos mismos (músicos, poetas, escritores, pintores, etc.). Ser como uno realmente es, atendiendo a su más honda naturaleza, ya era arte. Vivir por y para el arte: epítome de los valientes, de los más aguerridos corazones.

2

Trumpets, violins, I hear them in the distance
And my skin emits a ray, but I think it's sad, it's much too bad
That our friends can't be with us today.
-Patti Smith-

El libro, con toda su jovialidad y humor que despierta, presenta un personaje intruso, comúnmente inoportuno y que genera molestia y tristeza: la muerte. Desde las primeras páginas, la muerte de Robert no solo es más que un grano de arena, un ejemplo de todo un mundo. A él lo anteceden y preceden, las muertes de John Coltrane (compositor de Jazz), John F. Kennedy, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Eddie Sedgwick (actriz y modelo), Jim Morrison, Andy Warhol, así como los asesinatos en serie a cargo de Charles Manson… es decir, todos aquellos íconos que influenciaron a muchos miembros de la misma generación y de las posteriores hasta el día de hoy, un grupo de figuras irremplazables que en este libro encuentra, acaso, su tardío, pero justo y necesario homenaje compartido. No olvidemos que la década del 70 tenía consigo a las drogas, al sexo y al sida. De ahí que esta última sea la causante de la muerte de Robert y de su pareja sentimental, Sam Wagstaff, el mecenas que le permitió acceder al mundo que Robert quiso ingresar desde un principio, no por dinero o cuestión material, sino por reconocimiento únicamente del arte, de su arte. Ambos, a pesar de la muerte del polifacético fotógrafo, lograron sobrevivir.

“Muchos no sobrevivirían (…) Otros sucumbieron a las drogas y a los infortunios. Derribados, a un paso del estrellado que tanto deseaban, estrellas deslustradas caídas del cielo (…) No siento ninguna necesidad de justificarme por ser una de las pocas sobrevivientes. Habría preferido verlos triunfar a todos, que alcanzar el éxito” (Pág. 226).

Ser artista, por lo tanto, también era luchar no solo contra la vida, sino también contra la muerte. Muy a su pesar, ambos descubrieron que ser artistas era un camino realmente difícil, donde la entrega total es obligación. “¿En qué estabas pensado? –le pregunté (Patti). –Yo no pienso –insistió-. Siento (Robert)”. Pues de eso se trata, de sentir a través de sus vidas entregadas al arte.

“¿Adónde conduce todo? ¿En qué nos convertiremos? Aquellas eran nuestras preguntas de juventud, y el tiempo nos reveló las respuestas” (Pág. 91). Y la respuesta a estas preguntas, es otra pregunta que se encuentra en la página 149: “¿Quién conoce el corazón de la juventud salvo la propia juventud?”.

3

I’m the freedom man
I’m the freedom man
I’m the freedom man
That’s how lucky I am
-Jim Morrison-

En el libro encontramos la mejor descripción del épico Hotel Chelsea, situado entre la Sétima y Octava avenida, en el 222 Oeste de la calle 23, tuvo como hospedados a los más grandes personalidades del mundo artístico. Otro mérito del libro: un documental de toda la época.

“El hotel es un refugio desesperado pero animado para montones de jóvenes con talento de todas las capas sociales. Guitarristas callejeros y bellezas drogadas con vestidos victorianos. Poetas heroinómanos, dramaturgos, cineastas arruinados y actores franceses. Todas las personas que pasan por aquí son alguien, aunque no sean nadie en el mundo exterior” (Pág. 103).

Regentado por la familia Bard, era sabido que bastaba mostrar tu arte para que el dueño se apiadara de uno y lo dejara hospedarse. Esta fue la garantía para que Patti y Robert pudieran ingresar a este mágico lugar, tan valorado y simbólico que la primera lo consideró como su universidad de donde aprendió a dar forma sus impulsos creativos. Importante la relación amical que mantiene con el poeta beat Gregory Corso, quien la anima a seguir escribiendo y quien fue el primer garante de sus poemas para ser leídos a los demás. También la aparición de Allen Ginsberg es muy importante en su formación. Incluso el encuentro es uno de los pasajes más humorísticos del libro. La cabeza de la generación beat quería conquistar a ese hombre delgaducho y de cabello desordenado que vio en unas escaleras, lo invita a comer algo y descubre que el muchacho es fémina. “Te había tomado por un chico bello” (Pág. 136).

Así como el Hotel Chelsea, se hará mención a otros lugares importantes que marcaron la pauta generacional de la época. Tenemos The Factory, el estudio de arte que Andy Warhol fundó para transmitir todo su pop-art. Así como el Max's Kansas City, un nightclub donde recayó todo el séquito de Warhol –Lou Reed menciona a ciertos personajes del entorno para configurar su Walk on the Wilde side-. Bohemios, cineastas, pintores, actores, modelos, fotógrafos, músicos, y un largo etcétera, todos marcaron un antes y un después en tal establecimiento. Es en este lugar donde Patti Smith cantará sus primeras canciones más adelante, cuando luego de unos recitales poéticos, acompañada por su siempre guitarrista y amigo Lenny Kaye, le llega el éxito y la fama. Otros lugares de mención es el CBGB, club donde Patti y sus primeros miembros de la banda que con los años daría forma final, empieza a actuar en público.  

Si tuviéramos que comparar la vida que se daba por aquel entonces, pues tendríamos que decir que era igual que un viernes o sábado por la noche en los bares del centro de Lima, aunque claro está, vividos al 200% o más.

4

If I could make the world as pure
And strange as what I see
-The Velvet Underground-



Pero acaso lo que más llame la atención es la relación que tienen Patti y Robert. ¿Estaba signado que en algún momento se tendrían que conocer? Al parecer, sí. La autora toma la voz narrativa para compartir experiencias tanto suyas como las de Robert. La alternancia de los pasajes de cada personaje ayuda a configurar a la mejor comprensión de las actitudes de cada uno. Ambos, desde niños, fueron muy cristianos, acaso Patti más que Robert, quien, suavemente, le increpa “Entonces hablabas de dar la mano a Dios. Recuerda que, en todo lo que has pasado, siempre has ido de esa mano. Cógela fuerte, Robert, y no la sueltes” (Pág. 292), en la última carta que le escribe.




Desde el día en que el destino, o el arte, les permitieron conocerse el uno al otro, estrecharon un gran vínculo de confianza. Cada uno había encontrado su otra parte. Solo ellos entendían el lenguaje, no solo artístico, sino humano de cada uno. Se amaron verdaderamente, se entregaron de forma recíproca. “Patti, nadie ve como nosotros, me dijo” (Pág. 92). Pero pasado un tiempo, la separación. A pesar del dolor, de la distancia, de parejas diferentes, de caminos distintos, esta separación hace que los dos puedan conocerse mejor, facilita el autoconocimiento de cada uno. Asimismo, la distancia ratificará el amor que se sienten. Sin embargo, y teniendo en cuenta que hubo reencuentros amorosos y sexuales entre los dos, el tiempo les permitió algo más: saber que mi pareja, ante todo, es mi gran amigo. Y, tal vez, es lo que fueron y buscaron desde su infancia. Más que amor, que lo hubo, existió una gran amistad entre los dos. Una como poeta, otro como fotógrafo, la ayuda del otro contribuyó a que el arte de cada uno ebullicione a grado máximo. El camino más difícil lo tuvo Robert, quien mediante sus fotografías e instalaciones escandalizó al conservadurismo y puritanismo que aún se vivía en aquellos años.



La homosexualidad, un modo de libertad desde luego, no era considerada como un tema artístico en los museos. Sin embargo, Robert expone sus trabajos en uno, consiguiendo la valoración y el respeto posteriores. No olvidemos, además, que la obra de Robert tuvo varias etapas, desde un cristianismo heredero de su años mozos, pasando por un estilo satánico, una línea bizarra –presencia de hermafroditas, microcéfalos, hermanas siamesas, etc.- entre otras, llegando al tema del cuerpo masculino, a la homosexualidad como armonía y geometría, y,  descansando inexplicable y raramente, en varias fotos de flores a colores. ¿Quién podía entender todo ello sinceramente? Pues su fiel amiga, su fiel compañera, a la que regaló la última foto que llegó a tomar: la de Patti y su segunda hija, Jesse (Es curioso que la autora no haya profundizado o detallado la relación su esposo, así como lo hizo con relaciones que tuvo como la de Robert o Sam Shepard. Solo lo resume de esta manera: “Del hombre que se convertiría en mi marido, solo deseo decir que era un rey entre los hombres y los hombres lo conocían” (Pág. 279).
Libro de amigos, libro de libertad, libro de artistas. De verdaderos artistas.




Patti Smith, Wild Leaves, canción que la cantautora escribió para su fiel amigo.

lunes, 26 de marzo de 2012

Los cursos de titulación: ¿una simple solución pragmática o impulsora asolapada de la desigualdad académica? (o ambas)



Por: Bruno Yika Zapata

La intervención en las universidades públicas durante el gobierno de Fujimori no solo tuvo por intención combatir el terrorismo en las aulas y los pabellones. Vino acompañada por la reducción de presupuesto para la educación pública, así como por la proliferación de universidades privadas con fines de lucro, auspiciadas desde el propio gobierno a través de una serie de decretos.

En los últimos años el ingreso a dicho tipo de universidades se acrecentó[1], lo que implicó una migración de estudiantes recién salidos de las escuelas hacia dichos espacios “académicos”. Haciendo un poco de memoria, las famosas “Academias” o “Centros Pre” fueron las grandes precursoras de este nuevo giro en el “mercado” educativo. Los dueños de dichos negocios se “avivaron”, hicieron colegios y crearon sus propias universidades.

En este contexto, las universidades públicas, ¿dónde se encuentran? Diezmadas en sus presupuestos, ellas intentan generar sus propios recursos. Uno de los ejemplos más evidentes es la proliferación de los cursos de titulación. Si bien esta estrategia de generar recursos es válida, ¿qué sentido tiene para carreras como Sociología o Antropología, las cuales se basan en la investigación y la rigurosidad académica (cuestiones que se forman a largo plazo), esta nueva dinámica que solo responde a una lógica práctica e inmediatista? Como se sabe, todo aquel que tenga el dinero para inscribirse en estos cursos tiene el título asegurado.

Esta tendencia prioriza la proliferación de los títulos, más que la competencia académica y la formación metodológica, lo que a su vez responde a la necesidad de los profesionales de tener el “cartón” como requisito indispensable para tener un trabajo decente.

¿Qué perdemos bajo esta nueva perspectiva? En el caso de la Antropología, su razón de ser: el trabajo de campo y la retroalimentación teórica, lo cual permite generar procesos de reflexión, fruto de la compresión de los hechos sociales y la capacidad de ponerse en el lugar “del otro”. Al respecto, es posible ver a muchos de mis colegas egresados de estos cursos, ser utilizados por algunos “Centros del conocimiento” como “carne de cañón” dentro de los diferentes proyectos de investigación, donde los que se titulan bajo tesis son los “jefes” y los nuevos gamonales de la investigación.

A modo de hipótesis, podría decir que esta nueva tendencia reconfiguraría las relaciones de poder, donde unos pocos son los que dirigen las acciones y los otros simplemente las operan. Al carecer de sustento teórico y metodológico, cosas que los cursos de titulación no darán, este tipo de relación ahondará en la desigualdad académica, la misma que coincide muchas veces con el tipo de universidad de la cual provengas. Ello agregaría una nueva dimensión a este tipo de relaciones de poder, donde los compadrazgos académicos pesan tanto como los títulos o grados obtenidos.




[1] En el año 2006 el ingreso a las universidades públicas fue de 161342 estudiantes, mientras que a las universidades privadas fue de 103101. En el 2009, entraron 118056 a las públicas y 91568 a las privadas. La diferencia en el ingreso se va acortando de 58241 a 26488 estudiantes. (Fuente: Perú en números 2011)

miércoles, 21 de marzo de 2012

La poesía de John Donne



Por: Mateo Díaz Choza


Mi primer acercamiento a la extraordinaria poesía de John Donne (1572-1631) se dio a partir de la antología Immortal poems of the english language, editada por Oscar Williams. En poco más de quince páginas, la publicación presentaba algunos de los textos más representativos de su obra. Tuvo que pasar un tiempo considerable para que pueda acceder a su poesía completa, en los dos tomos de la versión bilingüe de Ediciones 29. Una lectura parcial de esta última me permitió percatarme de un asunto central en la escritura poética del autor mencionado: su carácter heterogéneo o, al menos, dual. En los siguientes párrafos se esbozará un abordaje a dicha cuestión. 

                A pesar de que el libro de Williams contaba con algunos de los poemas más célebres de Donne – The flea, Love’s Deity o The Blossom –, mi aproximación quedó marcada por los Sonetos sagrados (Holy Sonnets). Esta es una colección de 19 sonetos articulados en torno al tema de la proximidad de la muerte. La pregunta del verso inicial del Soneto 13 (“¿Y si este presente fuera la última noche del mundo?”)[1] recorre todos los poemas. La cualidad efímera de la vida alcanza un gran nivel de intensidad; pero no al modo de un concepto abstracto, sino como una realidad tangible y próxima (ejemplo de ello es, en el mismo poema citado, la representación del cuerpo herido de Cristo en la cruz). Sin embargo, a diferencia de un autor como Calderón, no hay aceptación o resignación ante la muerte. En la cosmovisión del autor inglés, su llegada no representa una manifestación de la justicia divina o de la igualdad de todos los hombres, sino del mal. Por ello, la actitud de Donne es agónica, de resistencia y enfrentamiento. Esto se puede constatar en el Soneto 10: “Muerte, no te envanezcas aunque te hayan llamado/  poderosa y terrible; pues tú no eres así, / ya que aquellos que crees por tu fuerza abatidos/ no mueren, pobre muerte, ni a mí puedes matarme”. Al final del poema, se augura la propia muerte de la Muerte.

                Dicha superación solamente es posible a través de la acción divina. En el Soneto 9, esta consistiría en el olvido: el yo poético le pide a Dios que forme un Leteo de lágrimas humanas y sangre divina para borrar la memoria del pecado. No obstante, en el Soneto 14, la trascendencia implicaría un proceso más profundo. Así como para San Juan de la Cruz la llama de amor poco a poco consume la corporeidad humana para purificarla, en el poema se presentan una serie de acciones que debe infligir la divinidad en el cuerpo para prepararlo a acceder a un estadio superior. El objetivo es volver a constituir al hombre (“make me new”), rehacerlo; pero a diferencia de la concepción del místico español, este recorrido implica el ejercicio de una violencia física (y no solamente el alejamiento del mundo fenoménico): en el primer cuarteto, Dios debe golpear y destruir a su creación para poder salvarla. Más adelante, el yo poético se compara con una ciudad sitiada y pide a la divinidad que la recupere y la aprisione. En la consumación del soneto, este - siempre asociado a un personaje femenino – anhela la unidad erótica con Dios. El único modo de alcanzarla será la aceptación de la violencia divina: “Sin embargo, hondamente te amo y quisiera ser amado, / mas estoy prometido a tu enemigo, / divórciame, suéltame o rompe otra vez ese nudo, / llévame hacia Ti, aprisióname, pues yo, / a menos que me cautives, no seré nunca libre; / tampoco seré casto, a menos que me violes”.

                A partir de la lectura del primer tomo de la versión de Ediciones 29, pude profundizar en sus poemas de temática profana. Las canciones, sonetos y elegías son piezas construidas, casi siempre, a partir de comparaciones inusuales y de gran ingenio. Por el estilo empleado, demandan un lector agudo, capaz de desentrañar la lógica que las articula. Los temas más abordados son el del amor – muchas veces desde la perspectiva del amante despechado o de quien reivindica la variedad amatoria – y el de la fugacidad de la vida, mientras que el tono empleado es más ligero y tiene mayor presencia de elementos satíricos. Los textos parecen proponer poéticas muy diferentes a las de las Sonetos sagrados e incluso ser escritos por autores diferentes. Sin embargo, un acercamiento a algunos poemas permitiría dilucidar puntos en común entre ambos corpus.

                En la Elegía 19 (To his mistress going to bed), un hombre invita a su amada a desnudarse para él. Más allá de asemejar al amante con un descubridor y a la mujer con el continente americano, se erige la desnudez como un valor supremo que trasciende al goce carnal (“Como almas sin cuerpos, los cuerpos sin ropas han de estar / para gustar goces completos”) y se compara incluso con la revelación de los libros místicos. Al finalizar su invitación y antes de referir su propia desnudez, el yo poético dice en hermosa frase: “arroja todo, sí, todo ese blanco lienzo, / aquí no hay penitencia, aún menos inocencia” (“… cast all, yea, this white linen hence, / Here is no penance, much less innocence”). El verso final tendría una enorme repercusión ideológica, pretendería levantar la culpa del pecado original. Siglos de tradición puritana o religiosa postularían en Inglaterra la versión contraria: Milton articula su poema más célebre en base a la caída de Adán y Eva; en las canciones de Blake la experiencia, opuesta a la inocencia, se asociaría a la corrupción y la decadencia. Finalmente, en el Epitalamio compuesto en Lincoln’s Inn – un texto complejo en el que se entremezclan los niveles de la sátira y la utopía – el matrimonio de los amantes simbolizaría la integración del placer de la pareja dentro de una práctica social. El poema aludiría a un tiempo primitivo y edénico, anterior a la caída (en una paráfrasis del poema anterior dice: “aquí no hay pena ni vergüenza”): la boda se volvería un ritual pagano y la pérdida de la virginidad de la esposa se compararía al sacrificio de un cordero. Luego de realizada la ceremonia, la doncella se convertiría en mujer, la potencia se volvería acto. De ese modo, Donne retomaría una forma poética utilizada en la tradición inglesa (Edmund Spenser, Ben Jonson), pero evidenciaría una concepción del erotismo que no habría aparecido en sus antecesores.

                ¿Cuáles podrían ser los puntos en común entre ambas poéticas? Quizás la principal característica sería el apego a lo mejor de la vida, una suerte de enaltecimiento de la existencia. El ímpetu de vitalidad se manifestaría, cual dos caras de una misma moneda, tanto en la celebración amorosa de los poemas profanos como en el enfrentamiento contra la muerte de los sagrados. La noche que reúne a los amantes sería esperada con la misma expectativa que la llegada de Dios, ya que en los dos casos se pondría fin a un periodo de insatisfacción o sufrimiento. Sin embargo, ambas poéticas utilizarían recursos opuestos. La amada de los poemas profanos sería divinizada al ser comparada a las sagradas escrituras o a los ángeles (Elegía 19: “… tú, ángel, traes contigo / un cielo como el paraíso de Mahoma”). Por otro lado, en los poemas sacros Dios se volvería corporal, se humanizaría: “Dios se vistió en vil carne de hombre, para ser / suficientemente débil y así sufrir dolor” (Soneto 11). De ese modo, sería en la conjunción de lo divino y lo profano que Donne ubicaría su ideal poético y vital. Por último, se podría ver en la evolución de dicho autor, no solamente el envejecimiento y la maduración de un poeta (los Sonetos sagrados son posteriores a los otros textos), sino el cambio de paradigmas culturales del mundo; ya que la fascinación por la fugacidad de la existencia, lo grotesco y la muerte fueron temas recurrentes en la literatura europea del siglo XVII. Donne es un autor de transición, un integrador de contradicciones, alguien que afirmó la propia naturaleza humana: fe y pecado, cielo y tierra, conviven en su obra.         



[1] Salvo algunas variantes mías, la mayor parte de las traducciones siguen las de la versión de Ediciones 29


lunes, 19 de marzo de 2012

La gastronomía peruana, ¿un enemigo del pueblo?




Por: Javier Garvich


Se transmite de forma reiterada, machacona, hasta abusiva en algunos casos: Tenemos la mejor cocina del mundo y debemos sentirnos orgullosos. En un país que históricamente siempre ha tenido una baja autoestima, el discurso gastronómico se ha convertido en un tremendo motor de peruanidad y gestor de un horizonte común e incluso hasta integrador. Somos peruanos en tanto somos cebiche, somos papa a la huancaína, somos inchicapi, somos arroz con pato, tortilla de raya y puka picante.

Este estallido de buenas vibras nacionalistas no es gratuito. Y no me refiero solamente a los complejos empresariales, intereses de grupos exportadores, lobbys del sector turismo y, claro está, hartos comisionistas que se esconden tras las campañas de Marca Perú y similares. Me refiero a que, detrás del emotivo (y, agregaríamos, inocente) discurso gastronómico está también el proyecto de nación perseguido por nuestra plutocracia. Como en la célebre pieza de Pirandello, nuestros sectores pudientes han intentado buscar afanosamente un discurso matriz que los legitime como peruanos y como dominantes. La oligarquía, luego del trauma de la Guerra del Pacífico, empezó a tomar conciencia y a buscar alguna forma de unir este extenso país jalonado de cordilleras y junglas, donde uno se topaba con casi todos los tipos étnico-sociales posibles.

Lo intentaron usando al ejército y construyendo una patria criolla irredentista, se montaron en la utopía del progreso que incluyera a más actores sociales, se ilusionaron también en el desarrollismo de la segunda postguerra y en la imposición del modelo neoliberal en tiempos del fujimorato. No solamente eran modelos políticos o económicos, se buscó espacios y prácticas donde impulsar un discurso supuestamente integrador y declaradamente transclasista. Fue el caso como la oligarquía se apropia de la música criolla y la convierte en la portaestandarte de la música peruana (dejando al resto de géneros musicales mayoritarios peruanos en posición subalterna). En ese sentido también se manipularon nuestros éxitos deportivos en los años setenta y ochenta inventando una escuela peruana de fútbol (de toque, gol y espíritu sandunguero) o exaltando a nuestras voleibolistas como paradigmas de sacrificio, disciplina y garra (valores secretos que atesoraría nuestra comunidad). Los poderes fácticos del Perú, pese a detentar el mando y la supremacía del país, se sabían minoritarios y –en todo caso- rodeados de peruanos desconocidos y distantes.

La globalización económica y las nuevas tecnologías, necio sería negarlo, han ayudado a que la mayoría de peruanos nos conozcamos bastante mejor que en tiempos de nuestros padres y abuelos. Pero, cuidado, el aumento del turismo interno, la masificación de los celulares, la mayor circulación de capitales en las regiones, etc; no van a derribar de la noche a la mañana las tremendas barreras de exclusión, discriminación, desigualdad e indiferencia que los sectores dominantes han levantado en el Perú casi desde los inicios de la república (y algunos dirían que incluso antes). Más aún si desde el corazón mismo de nuestro país aparecen periódicamente discursos críticos e incluso antisistémicos (desde González Prada hasta quienes se levantaron en armas hace un cuarto de siglo, pasando por los paradigmas socioculturales que propusieron Mariátegui o Arguedas) que cuestionan los optimistas discursos que la metrópoli criolla confecciona. El discurso gastronómico es una vuelta de tuerca en este intento de legitimar una visión de país alegre, unificada, motivada y sobretodo, despolitizada.

Porque ese es el quid del asunto. Una cosa es disfrutar de un tiradito de pejerrey y otra hacer de ese plato el recurso de una peruanidad apolítica, que no cuestione las desigualdades y que crea que nuestro país es una armonía social análoga a la fusión de sabores e ingredientes de nuestra variadísima cocina.

Perú campeón, Contigo Perú, Y se llama Perú, Vóley peruano eran melodías pegadizas que acompañaron la época de oro del deporte nacional. Más allá de su letra equívoca e incluso huachafa, fueron la banda musical de gobiernos que tuvieron que enfrentar huelgas gremiales, paros generales, extensas movilizaciones y, finalmente, un accionar armado de tremendas consecuencias. Hoy, donde las luchas antimineras y los movimientos que reivindican la integridad de nuestras cuencas y ríos ganan protagonismo en la agenda política; el discurso gastronómico no solamente es un sugerente divertimento cultural. Puede ser también una forma (otra más) de reivindicar un país inventado, falso, que siga escondiendo nuestras desigualdades debajo de la alfombra de nuestros rampantes restaurantes de cinco tenedores. Un país falso e inventado que invisibiliza las monstruosas bolsas de extrema pobreza, que trivializa nuestras cifras de desnutrición infantil, que marginaliza y ataca las movilizaciones regionales. Un país inventado y falso que se escuda detrás de la excelencia culinaria para atacar a su pueblo.

Díganme ustedes si he exagerado.