viernes, 11 de noviembre de 2011

Un intento fallido



Por: Jesús Jara

Si  esta novela es la que más le ha costado escribir a Fernando Ampuero, pues tendría que preocupar a sus lectores y, sobre todo, a sí mismo. Con su más reciente libro, El peruano imperfecto (Alfaguara, 2011), podemos intuir cómo funciona el mundo literario limeño, o cómo funciona el medio de las críticas y reseñas de los diversos diarios capitalinos. La novela empieza con una advertencia que creemos extraña, porque la ficción está en todo y todo es ficción. La literatura, actualmente, juega en el límite entre la realidad y la ficción. Sin embargo, deja constancia que “Esta es una obra de ficción. Sus personajes principales, Pedro José de Arancibia y Amanda MnNeil, quizá parecen verdaderos, o parcialmente verdaderos, pero no lo son”.
El libro se construye en tres planos diferentes. El primero está compuesto por fragmentos del diario del protagonista:
“No es así. No somos una nación, sino varias naciones. Y en lo que concierne a mi nación, la mestiza, fruto accesorio de la Conquista, somos una nación perdida [...]. Si unos siglos atrás se mencionaba esta palabra, Pirú o Perú, el habitante de otros mundos pensaba en los incas, El Dorado o el Cusco, o bien imaginaba la Lima vista por los viajeros, europeos y decimonónicos, y por Ricardo Palma, las tapadas y algunas leyendas pintorescas. Ahora, para nativos y extranjeros, la traducimos en imágenes: pisco sour, cebiche, papa a la huancaína, Titicaca, Vargas Llosa, Machu Picchu, líneas de Nazca, líneas de cocaína” (Diario).
Frases como estas se relacionan, aparentemente, con las palabras que el mismo autor brindó en diversas entrevistas. En la realizada por Carlos Sotomayor, para La República, Ampuero señala lo siguiente: “Entonces, quería poner un personaje de la clase media alta, digamos, que está en conflicto con sus medios y con estos cambios. Algunos consideran que son cambios buenos, pero la mayoría los ve como cambios malos. Por ejemplo, está el hecho de que esta ciudad, que de un millón de habitantes saltó a los 9 millones, se ha llenado de una cantidad de lacras, problemas,  microbuses, humo, contaminación, violencia y, sobre todo, malos modales: la gente haciendo la pila en la calle. Esta fue la premisa original: hay un estado de ánimo frente a las grandes transformaciones sociales que ha vivido mi personaje, el peruano imperfecto. Y él siente que ya no encaja en los nuevos códigos de conducta de la ciudad”.
Al acabar de leer la novela nos quedamos con la sensación de que aquellas palabras nunca son atendidas totalmente por Pedro José, el cual presta –por mecanismos del autor- más atención al segundo y tercer plano de la historia. El primero de estos nos da a conocer la vida actual del protagonista, jefe de la unidad de investigación de El Comercio, así como también escritor en su fuero interno. Entre periodista y escritor, al personaje se lo toma en consideración por sus logros informativos, como el haber destapado el problema de las firmas falsas para la campaña presidencial de Alberto Fujimori en el 2000, o develar a los infinitos corruptos que se encuentran en el mundo militar y político. Pedro José, personaje más del siglo pasado que del actual, presenta una ética de oficio que linda con lo acartonado y conservador: “No confíen en nadie. Ni siquiera en el ciudadano honrado y de ufano espíritu ético que se empeña en realizar buenas acciones. Él también persigue un interés: sanear a la comunidad. Supuestamente un interés plausible, pero un interés como cualquier otro. Las buenas intenciones son otra de forma de la codicia y, como dice bien el refrán, de ellas está sembrado el camino que nos lleva al infierno”. O más adelante: “¡Cuidado, las coimas están picando en el área!, los instruía. ¡Hay que  luchar contra esa gente que piensa que todos tenemos un precio! Y complementaba: un caso bien investigado puede tumbarse a un gabinete ministerial y hasta a un presidente, como sucedió en Watergate. ¡Miren ustedes si esta vaina que hacemos no es importante!”.
El segundo plano actual queda detenido, un 16 de febrero de2003, para dar paso al tercero: la infancia, juventud, adolescencia, adultez y madurez de Pedro José. Presentada como una novela de aprendizaje por la crítica, el lector se introduce en el pasado familiar del protagonista. De sangre española (del conquistador Pedro José de Arancibia) e indígena (descendiente de Isabel Huaylas Yupanqui, hija de Huayna Cápac), el narrador de la historia trata de vincular el problema social actual del país con el mestizaje colonial. Creemos que esta es la parte más ambiciosa que se propuso llevar a cabo el autor del libro y, acaso, lo más complicado para él en cuanto a su narrativa. Sin embargo, y esto algo que la novela adolece, todos estos planos dan la sensación de que no están bien hilvanados estructuralmente.
En cuanto a las certeras críticas sociales y culturales que el protagonista presenta en sus diarios, es más la voz del narrador externo quien se vincula con ellas y no tanto la del propio Pedro José, ya que –este es un factor esencial en el personaje debido a la conservadora educación que recibió en su infancia en el siglo XX– este transitará en una larga retahíla de encuentros sexuales clandestinos. Más de diez nombres femeninos desfilan por el cuerpo de este considerado hedonista. En la entrevista citada anteriormente, Ampuero afirma: “Y por el otro lado, a lo largo de más de cuarenta años hubo, otros cambios de orden espiritual, anímico y sexual. Yo me concentré más en lo que es una sexualidad de entre siglos. En los años 60, había unas represiones medio virginales. Todos estábamos educados en colegios religiosos; entonces, lograr que una aventura romántica terminara en el sexo era una hazaña, una proeza. Sin embargo, cinco o seis años después, ya era otra cosa: se llegó a la liberación, porque simultáneamente en el mundo había estallado la revolución sexual, la revolución tecnológica, aparecen las píldoras anticonceptivas”. En esto, y en nada más, se concentra la novela. Los problemas sociales citados a lo largo de la obra son, por lo tanto, tomados tangencialmente, como meras circunstancias. La novela termina siendo el acontecer de un periodista y escritor que busca placer en  el por entonces alicaído Hotel Bolívar.
Para culminar, la narrativa de Ampuero entretiene. Y más por un tema marketero –no olvidemos el apelativo fastuoso de su “trilogía callejera” (Caramelo verde, Puta linda, Hasta que me orinen los perros)– es que lo tenemos aquí, en diversas entrevistas y reseñas ciegas, las cuales tratan de vender algo que ni por asomo es. Lo único que se mantiene de Ampuero es su gran capacidad de humor que envuelven a los personajes, grandes cuotas de humor. Y, siendo condescendiente, no hay por qué negar ese intento suyo por estructurar formalmente la novela. Lo malo está en que ese intento termina siendo fallido, así como personajes secundarios que poco aportan en la configuración de la trama. Hasta cierta cantidad de páginas el lector no tiene idea de qué va la novela. Y creemos que esto se mantiene hasta la última página de su libro.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

¿ES POSIBLE HABLAR REALMENTE DE UNA CIENCIA DE LO SOCIAL? Perspectivas nietzscheanas



Por: Bruno Yika


Para poder responder a esta pregunta acudiré a algunos fragmentos de Así habló Zarathustra (1883) y Ecce Homo (1888) de Nietzsche.


Zarathustra y su Prólogo


Trabajaré bajo la siguiente perspectiva metodológica: colocaré textualmente algunas citas de ambas obras y luego analizaré cada una de ellas.

Comencemos.

Cita n° 01

“Yo amo a aquellos cuyas almas están tan repletas que se desbordan, y se olvidan de sí mismos, y todas las cosas están en sus almas, porque todas las cosas les empujarán al abismo” (p.9)

Aquí Nietzsche hablan del “abismo” como lugar a donde debemos descender. Amar a aquellos (ojo que no habla específicamente de personas) que tienen sus almas repletas, significa que dichos seres podrán llegar al ocaso (junto con él); lo cual traerá como resultado a su vez, ascender nuevamente y apreciar lo que ya antes visto, de una forma diferente.

Cita n° 02

“Sin duda he vivido demasiado tiempo en las montañas, y he escuchado demasiado tiempo a los arroyuelos y a los árboles: ahora les hablo como si también ellos fueran cabreros. Mi alma está empapada de placidez, radiante y sosegada como los montes por la mañana. Pero ellos piensan que yo soy frío, un bufón que usa ironías siniestras” (p.11)

Cuando él se refiere a “ellos”, se refiere a aquellos humanos que nunca han experimentado la sensación de caer en aquellos “abismos”. El vivir en las montañas, “solo, consigo mismo” le ha permitido a Zarathustra establecer comunicación con lo no-humano, propiciando, un tipo de sabiduría nueva, donde la “Cultura”, no es la única ni la auténtica fuente del conocimiento.

Cita n° 03

“!Para incitar a muchos a apartarse del rebaño, para eso he venido! (…) Al que rompe sus tablas de valores, al quebrantador, al infractor. Compañeros para su andar busca el creador, y no cadáveres, ni tampoco rebaños y creyentes. Colaboradores busca el creador, que escriban valores en nuevas tablas” (p.15)

En esta cita Nietzsche dice que hay romper las viejas tablas y construir unas nuevas. Para que dichas tablas puedan ser construidas, deben ser destruidos los viejos valores, aquellos que sólo han existido para los rebaños y no para los creadores, pues éstos deben ser duros. Cuando él habla de “cadáveres, rebaños o creyentes”, habla de aquellos que siguen utilizando las viejas metateorías positivistas, las cuales ya no sirven para apreciar la realidad. Habla también para aquellos que siguen autodenominándose de izquierda o derecha, liberales o neoliberales, fundamentalistas o comunistoides; sin cuestionarse por lo menos un poco, el por qué siguen defendiendo tales dogmas o ideologías.

Ecce Homo: Aquí tenéis al hombre


Cita n° 04

“No hay oídos para lo que no se tiene desde la vivencia” (p.85)

¿Cómo se construye la vivencia? ¿Cómo hacemos que algo sea realmente significativo o comprensible para nosotros? ¿De qué manera podemos hacer investigaciones realmente significativas y que no terminen en los anaqueles de las bibliotecas ya de por sí poco visitadas? Al respecto, podemos poner como ejemplo aquellas políticas públicas educativas que aún persisten como rezagos de anterior gobierno. ¿Cómo pedirle a un docente de una escuela pública, que lea un nuevo Diseño Curricular Nacional 2009 (DCN) de más de 480 páginas si no ha tenido ni tiene el tiempo suficiente para que asuma a la cultura escrita como algo dado? Los docentes, en su mayoría, no tienen ni las condiciones, ni el tiempo necesario para poder trabajar como debería ser esta nueva Biblia. ¿Qué hacía el Ministerio ante esa realidad? Lo único a lo que atinaba, es a realizar capacitaciones y más capacitaciones, que lo único que hacen realmente es fortalecer una relación de poder donde el “Especialista” del Ministerio es aquel que “lo sabe todo” y los docentes de las Instituciones Educativas capacitados una y otra vez, los que “no saben nada”.

La vivencia se construye en base a las experiencias vividas. Experiencias que muchas veces son dolorosas y duras, pero que sirven en la medida que nos enseñan algo nuevo, algo que no percibimos en nuestra cotidianidad.

Cita n° 05

“Mi sabiduría consiste en haber sido muchas cosas y en muchos lugares para poder llegar a ser una única cosa, para poder llegar a ser uno. Por algún tiempo tuve que ser también un erudito” (p.113)


Como menciona Nietzsche, también tuvo que ser un erudito, lo cual formó parte de su vivencia y de la construcción de su sabiduría. Sin embargo, esa fue una faceta más y no la única o la más importante. Debemos ser muchas cosas, saber que muchas cosas pueden ser fuente de sabiduría. De esa manera podremos entender que es, quizás, la propia vivencia la base de toda la sabiduría.

Entre el Dionisio y el Superhombre 


Trabajar una ciencia de lo social implica saber que existen múltiples fuentes de conocimiento, los cuales tienen a su vez un contexto de realización y una finalidad específica. No nos toca decir aquí si la ciencia es objetiva, subjetiva, experimental o “dura”. Lo que si debemos hacer es aproximarnos a la “cosa social” como algo que se encuentra inmersa dentro de un entramado, y no de una estructura pre – establecida o carente de dinamismo.

Hablar del Dionisio, es hacer referencia a la multiplicidad de formas del sentir, de observar y de conocer. La consigna es no movernos bajo parámetros superpuestos, sino más bien construir asociaciones de “Actantes” dentro de una esfera donde lo humano y lo no humano forma la tan ansiada Unidad. De lo que se trata es de describir dichas asociaciones.

Hablar del Superhombre y de que Dios ha muerto, nos induce a creer que debemos romper las viejas tablas y, a su vez, hacer una transvaloración de todos los valores, en el sentido de romper de una vez por todas con la forma en que actualmente venimos haciendo una ciencia de los social que, por ejemplo, viene construyendo un discurso del desarrollo que, como dice el Antropólogo Arturo Escobar, lo único que ha hecho es acrecentar la pobreza en los países en “vías de desarrollo”. También lo menciona Latour cuando dice que lo que quiere desarrollar es una forma alternativa y diferente de hacer sociología.


A modo de conclusión. Tratando de responder al título de este trabajo

El reto es muy difícil de asumir, pero no imposible de realizar. Haremos antropología, sociología, psicología, historia o arqueología “real”, en la medida que de una vez por todas rompamos las viejas tablas, a partir de un diálogo introspectivo que incluya a esas muchas voces, tanto humanas como no – humanas, y las asumamos como parte una de una unidad que llamaremos la experiencia vivida.  

lunes, 31 de octubre de 2011

EL RONSOCO ILUSTRADO - Columna

La telenovela nacional



Por: Javier Garvich

Posiblemente se llamará “Amor y muerte en el Colca”. De hecho uno de los protagonistas ya ha prometido escribir un libro y, nos imaginamos, que la otra parte no se quedará atrás. Después de más de 200 días, la aparición del cadáver de Ciro Castillo no ha hecho más que reavivar una telenovela peruana online y nonstop que se reproduce por los medios con inaudita insaciabilidad.

¿Qué ha hecho posible que un incidente aislado en la sierra sur, cuyos protagonistas son miembros de una clase social más que desahogada, donde apenas hay un cadáver y sin ninguna relación con conflictos políticos o sociales, haya tenido la presencia mediática que tuvo?

En principio, concedamos, el caso de Ciro y Rosario fue un invento interesado de los medios que sirvió como cortina de humo en una campaña electoral cuyos resultados no gustaban nada a los despachos del poder. Primero fue el hallazgo de una estudiante moribunda y superviviente, luego la búsqueda espectacular de su pareja a la que se creía igualmente moribunda y próxima. Luego el culebrón de encontrar siquiera su cuerpo, con adivinos y telépatas de por medio, mientras la superviviente aparecía en los medios como una Mater Dolorosa. En algún momento –posiblemente previendo el aburrimiento del auditorio- brotaron las tesis conspiranoicas que enrarecieron las pesquisas y promovieron la paulatina crucifixión mediática de Rosario, “la chica cuyos novios le cargaban la mochila” como la motejó con elegancia el periodista Ricardo Uceda.

Y luego, lo que podía ser una larga y difícil pero ecuánime investigación, se convirtió en un fuego cruzado alimentado por el morbo y las ganas de vender de los medios. Porque el hecho capital de este circo es que ha demostrado –una vez más- el perverso poder de la prensa chicha y la televisión basura peruana, cuya calidad excrementicia se ha convertido en el sello de identidad del nuestro periodismo a nivel internacional.

Sin embargo, el éxito mediático de la tremebunda historia de amor y muerte de los dos tórtolos de la Universidad Agraria no solamente es resultado del pujante hozar de nuestros periodistas. También es una muestra de las furias y las penas de nuestros compatriotas. De ese imaginario popular que ha sido labrado golpe a golpe en el último cuarto de siglo. En una sociedad donde se desmontaron todas las instituciones y prácticas protectoras o cohesionadoras de comunidad, bajo un régimen corrupto y un Estado generalmente clientelar; las estrategias privadas cobraron mayor atractivo. Y eso significó una escuela peruana y popular de individualismo que no solamente dio sentido al famoso espíritu emprendedor (es decir, la capacidad de hacer empresa en el Perú, no importa los medios que se usen), sino también forjó una ética egoísta rayana en el cinismo.

Decía Chesterton que el peligro de no creer en Dios no era que uno no creyera en nada, sino que terminara creyendo en cualquier cosa. En la jungla cotidiana del capitalismo neoliberal, desacreditadas las utopías colectivas y humanistas, cada uno construye su discurso privado bajo los paradigmas de la sociedad del espectáculo. Despolitizados todos, nuestras opiniones y sensibilidades son gobernadas por construcciones folletinescas sobre el bien y el mal, donde las ideologías judeo-cristianas, militaristas y conservadoras se han sedimentado en un limus fangoso que discurre por todo tipo de instituciones y medios.

Esa ética del espectáculo -que procesa la vida dentro de los formatos del reality show, la telenovela y el noticiero de sucesos- transforma una marcha ciudadana de protesta en una horda terrorista, inventa un asesino en serie de una reyerta callejera, etiqueta gratuitamente a los maestros de violadores, sindica a los ediles de izquierda como vagos, trivializa las adiciones y los delitos de artistas y futbolistas, ignora y calumnia las violaciones a los derechos humanos mientras convierte un incidente privado en una trama criminal. Nos hace insensible ante revoluciones e injusticias al mismo tiempo que nos convoca al destripamiento público de individuos desesperados o derrotados.

La solución a esta polintoxicación nacional no está solamente en convertir a la televisión en algo parecido a la BBC ni regenerar la prensa para que todos leamos símiles de El País o The Guardian. El camino de devolvernos la ciudadanía y el espíritu crítico pasa por la calidad educativa, el acceso democrático a servicios públicos, la posibilidad de hacernos oír por los poderes fácticos, la moralización integral del Poder Judicial y el estímulo a propuestas alternativas y creativas de la sociedad civil. Que el ágora de los ciudadanos suplante finalmente a la telenovela nacional. Puede hacerse.


miércoles, 26 de octubre de 2011

El gobierno de Ollanta Humala y la Política de masas



Por: Jorge Luis Duárez Mendoza

Se cumplen ya casi tres meses desde que Ollanta Humala asumió la presidencia en el Perú y si bien ha logrado impulsar medidas bastante importantes para la política nacional (renegociación de los impuestos a las mineras, ley de consulta previa, creación y ampliación de la cobertura de políticas sociales, etc.) y hacer frente de forma relativamente positiva a situaciones sumamente incómodas (los intentos de destitución de Ricardo Soberón de DEVIDA y de Aída García Naranjo frente al Ministerio de la Mujer, además de los escándalos de corrupción del vicepresidente Chehade y miembros de su bancada), sigue quedando pendiente un desafío central: el desarrollo de una política de masas.

Si bien resulta valioso el apoyo que ha expresado la Central General de Trabajadores del Perú al gobierno de Ollanta Humala, esto automáticamente no supone la consolidación del apoyo brindado por amplios sectores sociales. Estamos lejos de aquellos años en que el sector obrero lideraba al movimiento popular. Diversas demandas más allá de las laborales resultan relevantes en el actual escenario nacional, entre ellas son particularmente importantes las producidas por comunidades campesinas y poblaciones afectadas por la actividad minera. Síntomas de esto son los diversos conflictos sociales que se generaron y agudizaron durante el gobierno de García y las manifestaciones que se han producido en las últimas semanas.[1] Si por política de masas entendemos el despliegue por parte del gobierno de mecanismos de articulación de diversas demandas sociales para dirigir a la sociedad, el gobierno tiene una enorme tarea por delante.[2]

Vistas desde el desafío de generar una política de masas resultan significativas las diferentes visitas que ha realizado el presidente Humala a las zonas más relegadas del país, entre ellas el sur andino y la frontera amazónica. Estas visitas permiten -entre otras cosas- acercar al presidente a la población, recoger sus demandas y brindar cierto apoyo social, es decir, realizar a pequeña escala el discurso de inclusión social. Pero evidentemente esto es insuficiente. La política de masas no se reduce a las visitas esporádicas del presidente, ni siquiera al perfeccionamiento técnico de las políticas sociales –lo cual es sumamente importante. La política de masas supone constituir, articular y reincorporar las demandas de base a la política nacional-estatal, en otras palabras, hacer política.[3] De esta forma el gobierno logrará constituir un nosotros que consolide su identidad política.   

Volvamos a las demandas alrededor de la actividad minera para entender los alcances de la política de masas. Lo que la experiencia muestra es que muchas veces actores con diversos discursos sobre la actividad minera (unos más extremistas que otros) logran canalizar el descontento popular sin mayor disputa con otras fuerzas políticas. En esta demanda en particular el gobierno debe tomar la iniciativa logrando interpelar a la población a partir de una clara posición en torno al rol de la minería en el desarrollo nacional. Así, teniendo a la inclusión social como nodo articulador, el gobierno puede representar las demandas de las comunidades campesinas y poblaciones afectadas por la actividad minera, vinculándolos a su vez con las demandas de obreros, pequeños y medianos empresarios, indígenas amazónicos, etc. en una misma identidad política.

El desafío del gobierno de desarrollar una política de masas está vinculado con la posibilidad de redefinir la agenda neoliberal instalada claramente desde los años noventa en el país. Si bien Ollanta Humala llegó al poder representando –entre otros- la insatisfacción de diferentes sectores del país frente a las consecuencias de las políticas neoliberales a lo largo de veinte años, esto no asegura que el performance del gobierno logre revertir la hegemonía de dichas políticas. Esto dependerá de su capacidad de lograr consolidar una política de masas que le dé un carácter popular. La administración del Estado no debe hacer olvidar al gobierno la importancia de hacer política.
  


[1] Durante el gobierno de García los conflictos socio-ambientales pasaron de ser 19 en agosto de 2006 a 118 en junio de 2011. Fuente: Defensoría del Pueblo. Además, en las últimas semanas se han reactivado las movilizaciones en contra de minera Yanacocha en Cajamarca y Southern en Tacna. 
[2] Partimos de reconocer la producción política de lo social, es decir, que toda constitución de un determinado orden social supone una práctica política. Al respecto ver: Laclau y Mouffe (1985).
[3] Esto supone una bi-direccionalidad en la relación entre representantes y representados, en donde dicha relación constituye las identidades políticas. Al respecto ver: Laclau (2006).

domingo, 23 de octubre de 2011

La historia y la ficción: la última novela de Piglia



Por: Rómulo Torre Toro

En una entrevista, Georges Duby sugirió la idea de que un libro privilegiado es aquel que establece relaciones amplias, fecundas, con el mundo que le dio origen. Aunque esa pueda ser una forma unilateral de verla, la última novela de Ricardo Piglia (Adrogué, 1941) confirma la idea del historiador francés. Pues, aunque el texto soporta diferentes perspectivas de lectura, Blanco nocturno (Anagrama, 2010) juega desde la ficción con la historia argentina. Esta es una característica que es casi una constante en la obra del escritor rioplatense. Su primera novela, Respiración artificial (1980), problematiza la Historia como disciplina desde algunos postulados teóricos y metodológicos. Además, se hace presente en ambas novelas el resquebrajamiento de las estructuras: en Respiración artificial se renueva la forma de la novela epistolar; en este caso, la novela ensaya una ampliación de la novela policial. Una ampliación porque le añade elementos que hacen del texto uno de los más ambiciosos de Piglia y, también, el que apuntala (si es que era posible hacerlo más) su figura como la más importante en la narrativa latinoamericana contemporánea.
Blanco nocturno se inaugura con un crimen que dará pie al despliegue del relato y todas sus aristas. Tony Durán es un mulato norteamericano, de origen portorriqueño, que llega a un pueblo en la provincia de Buenos Aires. Está vinculado a las hermanas Ada y Sofía Belladona y, por extensión, al padre de ambas. Lleva dinero, dicen todos. Inesperadamente es asesinado y así tenemos el primer acontecimiento. El acontecimiento. Porque a partir del crimen se revelarán una serie de conexiones con diferentes esferas, desde la más íntima, la familiar; hasta la pública, la política. El asesinato de Tony Durán conduce a que el fiscal Cueto actúe, veladamente, en favor de la solución más ventajosa: considerarlo como “un crimen privado, nadie está implicado. Caso resuelto” (pg. 141), donde se acusa a un japonés, Yoshio, de ser el autor del homicidio por razones pasionales. Pero se encontrará con el comisario Croce que, por el contrario, está empeñado en “mostrar que las cosas que parecen lo mismo son en realidad diferentes” (pg. 142). Descubrir: “ver de otro modo lo que nadie ha percibido” (pg. 143). Del conflicto que inevitablemente se entabla, surgen dos personajes centrales: Emilio Renzi, periodista de El Mundo de Buenos Aires; y Luca Belladona, segundo hijo de la familia y dueño de una fábrica de autos que opera, entre escombros, en el pueblo. De la relación entre ambos se irá tejiendo tanto el relato de la familia Belladona, fundadora del pueblo y la más poderosa del mismo, como el relato de la fábrica y su posterior quiebra producto de la crisis económica.
Como ya hemos dicho, el asesinato de Durán es el acontecimiento. En términos de Duby el acontecimiento es “como un adoquín que se lanza a un charco y que hace salir de sus profundidades una especie de fondo un tanto cenagoso, que hace aparecer lo que bulle en el basamento de la vida”. Pocas ideas son tan certeras como esta: en la novela de Piglia es a partir de ahí que la estructura de la novela policial se ensancha, se amplía. Porque se supera la intriga unidireccional que nos conduce al descubrimiento del homicidio. Nos conduce por otras vías, por vías que reconstruyen la historia del pueblo. En ella, el actor principal es la familia Belladona. Fundadora del pueblo, es la principal impulsora de la construcción del ferrocarril y, una vez formada e instalada la familia, obtendrá un enorme poder a partir de la acumulación de tierras. La familia se hará dueña y, por lo tanto, establecerá un modo muy particular de velar por sus intereses y ver el progreso del pueblo. Posteriormente, uno de los hijos, Luca Belladona, junto a su hermano Lucio, hará un taller que crecerá hasta convertirse en una fábrica de automóviles que funcione en el mismo pueblo. Una fábrica que genere suspicacias entre los poderosos del pueblo, incluyendo al padre, y que afecte los intereses de otros. Un conflicto que se agudizará con una crisis económica que afecte a la fábrica y tengan que dejar de producir.
Entonces surge el conflicto. Y se hacen válidas las reflexiones de Renzi: “Los que hablan de conciliación y de diálogo son siempre los que ya tienen la sartén por el mango y el asunto cocinado, ésa es la verdad” (pg. 274. Resaltado mío). Porque se quiere, en un primer momento, vender la fábrica y estuvieron a punto de lograrlo. Luca Belladona se opone enérgicamente a todos, incluido a su hermano, con tal de no venderla. En un segundo momento, que constituye el presente de la novela, la intención es presionar para que la fábrica quiebre totalmente, comprar el terreno y levantar un centro comercial techado en el lugar. Nótese el paso. La estrategia. Todo confluye hacia un único punto: los intereses. El dinero que traía Tony Durán, se descubre, fue encargado por el viejo Belladona para reflotar la fábrica de Luca, su hijo. Se entabla un juicio para recuperarlo. Aparece, en esa situación, la habilidad del fiscal Cueto, pues le propone a Luca dos opciones: o aceptar que el crimen fue pasional y el autor Yoshio, que es en verdad inocente, y recuperar su dinero; o negar ese hecho fundamental y tener que extender el caso hasta su resolución y, recién en ese momento, reclamar lo que le corresponde por derecho.
Hasta aquí, notamos un aspecto notable en la novela. En palabras del historiador italiano Carlo Ginzburg, la microhistoria procede como una focalización de cerca a un aspecto específico del proceso histórico general. Puede ser, por ejemplo, la historia de un pueblo, una familia, una persona que sean representativos de la historia global. En ese sentido, Blanco nocturno puede funcionar del mismo modo: la microhistoria de una familia, los Belladona, insertada dentro de la microhistoria de un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Representativos, ambos, de la historia argentina. Porque la familia Belladona es el agente modernizador que expande el ferrocarril, funda el pueblo; instalada en el campo  se acomoda a la lógica feudal que impera en ese espacio:
“Una de las leyendas más difundidas en el campo dice que, luego de la campaña del desierto, el Estado repartió las tierras conquistadas a los indios entre los oficiales y soldados con un método muy acorde con las tradiciones argentinas. Había que galopar hasta donde aguantara el caballo y el jinete pasaba a ser propietario de la tierra que cubriera en su cabalgata sin pausa” (pg. 208, nota al pie N° 28).
Acomodada a la lógica feudal del campo, la familia Belladona se desarrolla y adquiere un gran poder. Pero luego, uno de sus hijos, Luca, se convierte en agente modernizador nuevamente. Construye una fábrica, instala un nuevo modo de vida, un nuevo modo de trabajo. Genera, por lo tanto, una nueva ética. Y así entra en conflicto con los intereses en el pueblo. Estos buscan, por el contrario, conservar su propia forma de vida, por un lado; por otro, tienen distintos proyectos modernizadores. Las contradicciones están por todos lados. “Los comerciantes están atrás de eso, quieren hacer ahí un centro comercial. Odio el progreso, odio ese tipo de progreso. Hay que dejar el campo en paz, ¡un lugar bajo techo!, como si estuviéramos en Siberia” (pg. 210. Resaltado mío). Lo que se define, en suma, es cómo se construye la modernidad en el pueblo del relato. Esta microhistoria del pueblo, y la definición que se plantea para su futuro, es representativa de la historia de Argentina y de cualquier país latinoamericano. La novela nos permite ver, también según una idea de Ginzburg, con más detenimiento nuestra historia. Corregir desde lo particular, las miradas generales sobre ella.
Pero el conflicto no termina ahí. Ante el dilema moral planteado por el fiscal Cueto, Luca Belladona decide inclinarse por su dinero. Quiere, ante todo, reflotar su fábrica, seguir con su sueño, no claudicar. Acepta que el asesinato de Tony Durán fue pasional y el juicio termina a su favor. La conciencia, sin embargo, no lo deja tranquilo. No se perdona, no se tiene piedad. Luca Belladona se suicida. Entonces, termina todo: la fábrica, un proyecto, una ética distinta se queda en gestación. Luca Belladona “vivió en la verdad y en la busca de la verdad, no era un hombre religioso pero fue un hombre que supo vivir religiosamente […]. La vida de Luca fue una buena vida y debemos despedirlo con la certeza de que lo iluminó la esperanza de alcanzar el sentido en sus obras […]. Su obra estaba hecha con la materia de sus sueños” (pg. 293). Una obra, finalmente, significaba cambiar la orientación del mundo. La novela de Piglia reconstruye ficcionalmente, desde una perspectiva que podemos identificar con la microhistoria, el frustrado proceso histórico de un pueblo. Un pueblo que puede estar en todos lados. El Rómulo Gallegos ha llegado, de esta manera, a las mejores manos.

Piglia, Ricardo / Blanco nocturno / Barcelona, Anagrama, 2010, 301 pp.

jueves, 13 de octubre de 2011

La protesta de la Católica...¿protesta?


Por: El Anarco

La disputa entre las autoridades de la PUCP con el arzobispado ha generado todo tipo de ataques, defensas, insultos, acusaciones, etc., etc. Pero ha causado verdadera curiosidad  la “protesta” de los estudiantes del día 23 de setiembre. El afán de los estudiantes de alejar  esa universidad de la órbita purpura, produce más gestos que acciones concretas

Se ha repetido hasta la saciedad el argumento de que la defensa de la PUCP es la defensa de un espacio democrático y plural. Y la verdad ese rollo molesta. Molesta porque ese argumento se desvanece en un simple contraste con la realidad cotidiana que vive esa universidad. Habiendo perdido la universidad peruana peso político, proclamar que una universidad privada es la abanderada de la democracia, de verdad deja muchas dudas. 

Para dar cuenta del divorcio entre la PUCP y la realidad del Perú basta con entrar al campus y ver gráciles y educados venaditos comiendo tímidos el césped que seguro está prohibido de pisar.

¿Qué tan democrática puede ser una universidad privada? (más allá de que tenga fines de lucro o no) ¿O que tan plural es una institución cuando se  constituye en una suerte de fortaleza infranqueable?

La apertura de la PUCP tiene como condición previa dejar el DNI en la puerta y esperar la llamada de la señorita bien vestida que atiende en la puerta de los “visitantes”. Si responden, solo si responden, se puede ingresar.. ¿Se presume que de esa manera evitaran el ingreso de antisociales que perturben “la armonía democrática”?

Lo constante marca un carácter fidedigno. La democracia y pluralidad no son palabras que se restringen al ámbito cerrado de un aula, sino que deben vivirse diariamente, como un hábito que atraviese todas las acciones cotidianas.  Ello dota de sentido a la palabra que,  al igual que los actos, no son solo gestos o expresiones simbólicas de una voluntad.

Quizá sea por eso que genera curiosidad las formas tan edulcoradas de protesta de los estudiantes de la PUCP. Una forma que además no es reciente[1].

Durante los años de la dictadura fujimorista algunos estudiantes –quizá ávidos de ser aprobados socialmente- no dudaban en ir con las manos levantadas y pintadas de blanco mientras algunos policías veían facilitada su labor de golpearlos.  

¿Tanto se ha banalizado una protesta estudiantil que ahora consiste en utilizar pines y dar la vuelta a la manzana? Quizá la posmodernidad ha dado un nuevo giro a las formas más frontales de lucha. Después de todo existen jóvenes que se asumen revolucionarios por usar un polo del Che.


[1] Hace exactamente un año se organizó una marcha hacia el Poder Judicial que se desdibujó, pues la “marcha” consistió en el traslado gratuito en cómodos buses (amable auspicio de las autoridades universitarias) de los alumnos hasta la puerta del Palacio de Justicia.



lunes, 10 de octubre de 2011

Una novela sin remilgos


Por: Jesús Jara

La ciudad de los culpables (2007) es una de esas novelas que, con una fuerza desacostumbrada, ubican al lector en un contexto que varios escritores han intentado narrar no del todo convincentemente. De un tiempo a esta parte, varios narradores han tomado a la guerra interna como un tópico literario más, hasta el punto de convertirlo casi en un subgénero. Si bien es cierto que no se puede obligar al autor a tener una postura de compromiso social, creemos que a nuestro país, a nuestra literatura, le urge, hace mucho tiempo, una actitud diferente. Pues bien, Rafael Inocente no hace uso de un discurso que eluda o teorice el conflicto para darnos a conocer sus ideas. Y con esta novela, se ubica como uno de los referentes de la literatura de la violencia política.
Un personaje afirma que “No deseo crear una leyenda en torno a mí, ni sobre lo que pasé en las mazmorras del fascismo fujimontesinista (…)”. Por supuesto, no lo hace explícitamente, pero en la ficción, sí. La ciudad se nos presenta, a través de las cuatro historias estructuradas fragmentariamente, como un lugar que impone sus propias leyes, leyes que no obedecen al bien común, sino que reflejan la sectorización de un país controlado por un gobierno de terror, intolerante y represivo. Por si esto fuera poco, la sociedad es caracterizada –a través, sobre todo, de la mirada de Orlando Zapata, uno de los personajes centrales de la obra –, como alienada, con esas caricaturas humanas que viven de la moda, del lujo, del engaño, de lo material, de las caretas. De todo lo típicamente inservible que busca llenar las zonas vacías en la vida de estos personajes. Y esto lo vemos, en la novela, en la música que unos escuchan, en las tocadas, en la vida universitaria, en los espacios laborales y demás actividades.
La historia es narrada desde la ubicación de cuatro jóvenes: Orlando Zapata, que acaso sea el alter ego del autor, es, como ya se dijo anteriormente, la mirada crítica de la sociedad; Sebastián Estoico, personaje que junto con Lucía Goicochea –madre viuda que, debido a su anterior pareja, inicia una larga filiación política-, nos permiten conocer las reuniones clandestinas que se llevan a cabo en su lugar de trabajo (una fábrica), las cuales darán origen a manifiestos redactados bajo un punto de vista femenino- En éstos, se insta a las mujeres a tomar su papel en el cambio político que el pueblo, ellos/ellas, reclaman. Sus vidas, por tanto, no les pertenecerá a ellos mismos, por más que el amor se vea reflejado en sus ojos, sino que saben perfectamente que el amor, comparado con lo que significan nuestros ideales, es un impedimento para seguir avanzando. Como una presencia que los desvía. Lucía y Sebastián pertenecen al “pueblo”, a toda esa masa de gente que como sus padres, trabaja más de ocho horas diarias, aquella gente sin beneficios laborales y que viven como si tuvieran que cargar con la responsabilidad de un Estado ineficaz y autoritario. Julia Tudela, quien es económicamente la más acomodada en la novela, descubrirá que su realidad es otra, que su propia descendencia es otra. Ni el placer, ni mucho menos el amor, conseguirán cobijarla. El viaje que realiza junto con Orlando a la selva para buscar a su tío Matías es muy importante porque a través de la narración que realiza, descubrimos cómo se desenvuelve, socialmente, esta parte de nuestro país. Prácticamente es un pequeño reflejo de lo que se vive en la ciudad.
Casi al final del relato, Orlando descubre unas cartas que un amigo suyo, "el arótico Fuentes", le escribiese durante su estadía en la cárcel. Cartas que por muy afectivas que nos parezcan, dejan en las páginas finales de la novela un aura de desilusión, de oscuridad, un testimonio de vidas truncas, de vidas que nunca se pertenecieron a sí mismas. La historia que contiene las cartas es la de cuatro jóvenes que tuvieron que sobrevivir el período más complicado de la historia de nuestro país. Por lo tanto, creemos que Rafael Inocente ha escrito una novela necesaria, una novela que solo puede estar emparentada con esos pocos libros que tienen al verdadero personaje peruano, al verdadero personaje nuestro, como eje principal.
Novela de inmigrantes. Novela de mestizos. Novela clasista, si quieren llamarla así. Novela fragmentaria, como la vida misma. Novela de denuncia. El libro de Inocente nos da una mirada interesante porque es distinta. No cae en lugares comunes, ni en apologías innecesarias. Aun cuando Javier Ágreda afirme que se acerca al panfleto político. Se centra, más bien, en personajes que están al margen, aunque por esa misma razón sean centrales. Solo el tiempo ubicará a las novelas que intentaron narrarnos la guerra civil desde una perspectiva más auténtica. Sin los remilgos de algunos, ni las explicaciones antropológicas de otros.

Rafael Inocente. La ciudad de los culpables. Lima, Editorial Zignos, 2007