miércoles, 14 de marzo de 2012

Una obsesión científica



Por: Lenin Pantoja Torres


La piel que habito (2011), la última entrega de Pedro Almodóvar, es una película que contiene todos los ingredientes que caracterizan las obras del cineasta español, sin embargo, ahora algunos elementos son tratados de una forma distinta, pero no del todo novedosa, siendo el resultado algo impredecible. Y es que a la presencia de la música colorida y melosa, la predilección por algunos colores chillones, las historias de amores fatídicos y el protagonismo marcado de las mujeres, se suman actuaciones perversas, que se acercan al policial más macabro y al cine noir, personalidades obsesivas, ambientes siniestros y terroríficos, la ciencia ficción y el cuerpo de la mujer como objeto de observación pasional y científica. Por todo esto, esta película parece inaugurar una nueva variante dentro de todo lo que nos ha ofrecido Almodóvar, para bien o para mal, a lo largo de toda su carrera.

La película cuenta la historia de Robert Ledgard (Antonio Banderas), uno de los mejores cirujanos de la piel en el mundo. Él vive una desgracia familiar luego de perder a su esposa e hija en accidentes distintos pero similares. Su esposa Gal quedó completamente quemada luego de que se salvara, de milagro, de un accidente en auto cuando intentaba huir con Zeca, su amante. Por este motivo, Robert decide dejar todos sus compromisos con sus pacientes y centrarse en desarrollar la tecnología necesaria para reconstruir la piel que su mujer ha perdido. Sin embargo, ella morirá al lanzarse desde su habitación hasta el vacío luego de ver su rostro reflejado en una ventana. Norma, su hija, presenciará esto. Años después, Norma sufre un intento de violación, pero al despertar encuentra a Robert auxiliándola, lo cual la lleva a pensar que él fue el que intentó ultrajarla. La niña será internada en un hospital psiquiátrico pero se suicidará de la misma forma como lo hizo su madre. La venganza y redención de Robert caerá en el culpable del estado de su hija, en Vicente. Destruirá científicamente el físico de Vicente y creará al amor que se le fue, a Gal, pero como envoltura plástica de Vicente. El resultado será Vera Cruz.

La historia personal de Robert entra en tensión con el tema del aprovechamiento colectivo de la ciencia. Robert transmite información genética de una célula de un cerdo a la de un humano para crear una piel más fuerte. Su intención es personal, quiere cambiar de piel a Vicente, pero argumenta un uso colectivo de su ciencia para hacer pública su investigación, lo cual no impide que le prohíban seguir profundizando en el tema ya que la bioética no tolera la terapia transgénica en humanos. Enfrentar el tema de la bioética desde un punto de vista personal genera un buen resultado en la película. No estamos ante esas causas filantrópicas desmesuradas donde un hombre trata de cambiar algo para el bien de la humanidad. La motivación de Robert es estrictamente personal, podríamos decir que poco le importa lo que le ocurra a la humanidad, él quiere construirse un mundo mejor con todo lo que tiene a la mano: su destreza científica. Por otro lado, la historia está organizada en tres partes con subtítulos, lo cual le brinda un carácter fragmentario a la trama, más aún si tomamos en cuenta las licencias temporales en cada una de las partes. El resultado es positivo ya que las historias que se van desarrollando se enriquecen paulatina y mutuamente, nunca se vuelven confusas ni caen en un experimentalismo vacío.



Los temas en que profundiza la película están ligados, sobre todo, a la vida de Robert. El espectador advierte que todo lo que crea o desarrolla repercutirá en su vida privada, más no en la pública. Lo importante son los conflictos de habitación. En este sentido, la pregunta que desencadena las acciones no es: ¿qué motiva que Robert construya eso que no tiene, que ha perdido?; la pregunta es: ¿qué es eso que estimula las razones que tiene Robert para construir, desarrollar y crear lo que ha perdido? Está claro que Robert ama todo lo que ha perdido, por eso, el amor es el alimento de su obsesión científica y es, precisamente, esta obsesión el punto de arranque de toda la película. Todo lo que vemos tiene su origen en esta característica del protagonista. Si bien su obsesión es alimentada por el amor y el deseo que siente por la imagen de Gal, su esposa, es importante tener en cuenta que su falta de escrúpulos hace posible que sus alcances no tengan límites. Robert no se detiene ante nada ni nadie, puede asesinar sin desparpajo a Zeca o puede mentir con mucho tino a sus ex socios médicos con tal de continuar con sus proyectos.

Una de las cosas que, a veces, resulta desconcertante en algunos de los personajes de Almodóvar, es la sobreactuación. Esto que no puede gustar, es una característica del español, pero el problema se produce cuando lo sobreactuado condiciona a que las acciones resulten  inverosímiles. Sin embargo, en La piel que habito no hay un exceso de este aspecto, pero hay una presencia importante y relevante que influye en el resultado final. Zeca es el hermanastro de Robert, ambos son hijos de Marilia, la fiel sirvienta de Robert, pero de padres distintos. Así, Zeca es el fracasado delincuente y Robert es el exitoso médico, pero ambos están locos como demuestran sus actuaciones. “Llevo la locura en las entrañas”, dice Marilia en algún momento. Precisamente, Zeca es el problema de la película, es el típico personaje de Almodóvar, el que se deja llevar por su bajo vientre, el que desborda pasión y deseo, el que actúa por impulsos y el que aparece con colores fuertes (su traje de tigre lo camufla en el carnaval, que celebra la ciudad, para no ser aprehendido por la policía ya que ha cometido un delito). Por otro lado, la actuación de Antonio Banderas, como “Robert”, es de lo mejor en la película. Ser un tipo sin escrúpulos, perversamente inteligente, pasional e instintivo no le impide actuar en sociedad, es decir, su personalidad es maleable ante lo inmediato, se adapta con facilidad a las circunstancias.

Los personajes femeninos siempre merecen una mención aparte en las películas de Almodóvar. La transformación de Vicente en Vera exige a la actriz Elena Anaya actuar con un toque de rudeza pero sin perder cierta fragilidad femenina. Pero su rudeza no es la más vulgar, su rudeza se muestra en las cosas que dice y en las que hace. Al verse encerrada por tiempo indefinido, no llora o lamenta su situación. Ella trata de aprender cosas, de adquirir algunos conocimientos y de poseer ciertas aptitudes que le puedan servir para afrontar con firmeza su nueva situación. Todo lo confirmamos al final de la película cuando vemos en qué desencadena la tensión Vicente/Vera. En esta probable tensión cuerpo/alma, el cuerpo no es la manifestación concreta de lo que realmente es el alma. En un sentido clásico, la película propone al cuerpo como la cárcel del alma. Por eso, la tensión no es cuerpo/alma, es materia/esencia. La envoltura corporal es la apariencia de algo que permanece oculto, de algo agazapado que no ha cambiado, que se ha solidificado, que ha adquirido nuevos patrones para afrontar eso que intenta desnaturalizarlo. En otras palabras, Vicente sigue existiendo, la “envoltura Vera” no lo ha destruido ni cambiado, él ha aprendido a vivir con todo lo que implica ser Vera. Este es otro de los aciertos de la película, el tratamiento dramático que le confiere a un tema técnico, intelectual y frío como la ciencia ficción.

La relación entre Vera y Robert está marcada por la venganza. Lo masoquista es que Robert logra amar al objeto de su venganza, aunque quizá la pregunta es: ¿se enamora de Vera/Vicente o de la simulación que crea, de lo que sustituye a Gal, su esposa? Hay algo de ambas cosas. Robert no llama Gal a su creación, le pone un nuevo nombre, crea una nueva persona al llamarla Vera Cruz, pero sabe que con ella recupera algo perdido, recupera a Gal. Por eso, la transformación de Vicente es la venganza de Robert y, también, la redención y el sosiego de sus culpas y tristezas. Consigue destruir al tipo que le quitó a su hija y logra recuperar a su esposa fallecida. Robert es un personaje que sintetiza muchos sentimientos contradictorios lo que genera un tipo complejo, un hombre marcado por la convivencia de aptitudes en constante tensión, pero con un solo combustible para llevar a cabo sus objetivos: su obsesión.  



La película se desenvuelve en pocos lugares, pero el más importante es la hacienda El Cigarral, hogar de Robert y espacio donde gesta todos sus proyectos científicos de carácter personal. En este sentido, destaca la dirección de arte en cuanto al diseño de interiores de los espacios donde se producen las acciones. Pero no podemos aludir al diseño de interiores sin mencionar una dirección de fotografía que resalta, positivamente, los colores oscuros y bajos en ciertos momentos de la película. Lo importante es la relación del espacio, la luz y la acción que se produce. Hay una relación muy marcada entre estos tres elementos. Por ejemplo, cuando Vera aparece en su cuarto/prisión haciendo piruetas o flexiones corporales, el enfoque de la cámara establece una armonía visual entre los objetos presentes en el lugar y la luz clara del espacio. También cuando Vera practica yoga, el espectador casi siente lo mismo que Vera al entrar en cierto estado de tranquilidad espiritual. En contraste a este momento sosegado y meditativo, podemos citar la escena de Robert bajando las escaleras, con pistola en mano, para capturar a una Vera que intentó escapar, momentos donde entra el protagonismo de todo lo noir, macabro y terrorífico que tiene la película. Asimismo, la música cumple un papel importante con el sonido dramático que imprime esa suerte de violines, todo suma a hacer más tensa la escena.

Finalmente, lo más resaltante de La piel que habito es lo que no tiene de Almodóvar. Y que no se entienda mal, la combinación de eso que mencionamos como resaltante junto a lo que caracteriza al mundo cinematográfico del director español, genera un resultado inesperado, una buena película que impacta por el toque personal a un drama humano y científico. Por otro lado, la forma de entrar en el tema de la ciencia ficción, colocando en tensión los postulados de la bioética respecto a los deseos personales de un hombre, produce un resultado positivo para la historia. Hay que sumar, también, el trabajo de Antonio Banderas y Elena Anaya al protagonizar los dramas que viven sus personajes, así como a las formas de padecer, enfrentar y vencer los obstáculos que les tocó sortear. Por todo esto, hay que ver La piel que habito porque no es una película que trata de darle un mensaje a la humanidad sobre el uso de la terapia transgénica, sino porque se inmiscuye por las coordenadas insoslayables por donde puede transitar el hombre cuando el amor hacia lo perdido se convierte en obsesión.

Ficha técnica:
Título: La piel que habito
Director: Pedro Almodóvar
Reparto: Antonio Banderas, Elena Anaya, Melisa Paredes, Jan Cornet

viernes, 9 de marzo de 2012

Feminismo: ¿un movimiento muerto?



Por: Ángeles Fernández Díaz


El 15 de febrero último se conmemoraron los veinte años del asesinato de María Elena Moyano a cargo de Sendero Luminoso. La prensa no hizo mucho eco del suceso, a pesar de que ahora se preocupan mucho por recuperar la memoria histórica, sobre todo aquella referida a la guerra civil -o conflicto interno, como prefieran llamarlo- de hace dos décadas. Enarbolada, en su momento, como símbolo de la paz y del rechazo al terror, Moyano fue la víctima mayor y mejor utilizada por el régimen fujimorista para legitimar su permanencia en el poder. Al caer la dictadura, hubiera sido lógica una revisión de cómo se nos contó la historia y con qué objetivos. Pero nada de eso ha pasado. De hecho, el caso es tratado como el de la pobre mujer que, defendiendo su seguridad familiar y vecinal, fue brutalmente asesinada por una horda de criminales. Nada se dice de la actividad política de Moyano, nada de su vida pública. Esto me llevó a pensar que la historia de género en el Perú ha caído en una serie de planteamientos que están teñidos por el feminismo más chato y absurdo.

El lugar de la mujer en la sociedad ha variado significativamente a lo largo de la historia. A  inicios del siglo XX, las intelectuales feministas reclamaban por la igualdad de género, el derecho al voto y el derecho a una educación igual a la del varón. Estas ideas las vemos plasmadas, por ejemplo, en los ensayos de María Jesús Alvarado quien propone reformas al Código Civil y a las instituciones socioculturales para que la mujer fuera considerada ciudadana con derechos jurídicos, políticos, educativos y laborales. Estas ideas son muy similares a las que posteriormente desarrollará Simone de Beauvoir en El segundo sexo, a mediados del siglo pasado. Luchas como estas contribuyeron a la mejora de la calidad de vida de la mujer y al respeto por la dignidad del otro. Sin embargo, todavía no hemos alcanzado la tan anhelada equidad de género. Más allá de algún puesto político obtenido por mujeres, las diferencias son muy marcadas en las relaciones que establecemos cotidianamente las personas de ambos sexos: diferencias que nosotras alentamos sin darnos cuenta.

Aún no podemos hacer respetar nuestros derechos porque seguimos tolerando que nos identifiquen con las rosas por ser frágiles, delicadas, etc. y nos sentimos felices cuando nos regalan unas cuantas. No podemos aspirar a una auténtica convivencia en igualdad de condiciones porque muchas siguen reclamando que les cedan el asiento en el transporte público como si fuéramos unas inútiles que no podemos viajar de pie. Y para terminar de adornar el pastel, no podemos dejar de mencionar el Día Internacional de la Mujer: todos se encargan de saludar a quienes puedan, diciéndoles lo lindas y tiernas que son, todos regalan cositas “femeninas” para hacerlas sentir especiales, pero solo queda ahí, en el simple intercambio comercial. Se deja de lado lo realmente importante: pensar y repensar el respeto que merece la mujer como ser humano. No solo un día, sino como una práctica constante. Todo ese tipo de convenciones superficiales que siguen lo “políticamente correcto” colocan a la mujer en un segundo plano.

A esta situación contribuye, definitivamente, que los actuales movimientos feministas ya no constituyan una fuerza importante. Es cierto, sí, que han logrado incluirse en amplios círculos culturales, pero como un movimiento propiamente dicho no existe. Carece de llegada a la opinión pública, y sus luchas son tratadas como cosas que no interesan compartir con nadie. Sus programas y plataformas reivindicativas también han cambiado. Si bien las sufragistas de inicios de siglo lograron incluir a la mujer en aspectos sociales importantes, a fines de la década de los 70 la bandera de las feministas cambia, esta se sitúa principalmente en tres líneas. Primero, el derecho al control de su organismo, pues manifiestan que su biología no condiciona su papel de madre y, por lo tanto, que tienen derecho a controlar su sexualidad. En segundo lugar, el replanteamiento de las relaciones entre el varón y la mujer y el poder que se esconde en ellas. Y finalmente la dicotomía entre lo público y lo privado. De aquí surge lo que vemos hoy en día, como las medidas que avalan el derecho al aborto, la paridad como forma de acabar con las divisiones jerárquicas entre géneros, y la exigencia de que el trabajo doméstico sea reconocido y recompensado e, incluso, compartido.

Esta perspectiva que no va más allá del organismo, del cuerpo de la mujer, es la que ha llevado a que el feminismo sea visto como un movimiento muerto. Sin embargo, muchas intelectuales norteamericanas que forman parte del neofeminismo, como Jean Bethde Elsthain, señalan que ya es tiempo de poner fin a términos que tienden a esquematizar el mundo llenándolo de disyuntivas excluyentes como familia o trabajo. Su propuesta se basa en una consideración antropológica que señala la igualdad, pero también la diferencia entre el hombre y la mujer. Con este punto de apoyo se pretende superar la subordinación y el igualitarismo a la vez. A tiempos nuevos, propuestas nuevas: rechazan masivamente la masculinización de la mujer y apuestan por una apertura hacia la maternidad y la familia. Es importante ver, entonces, la gran diferencia: mientras las norteamericanas buscan tratar el tema desde una posición no excluyente, las feministas peruanas se dejan llevar por figuras como las de la mujer víctima, la maltratada, la incapaz de salir adelante sin ayuda.

Así nos vemos, de nuevo, frente a la figura de María Elena Moyano. Dejemos de recordarla parcialmente, resaltando aquellos aspectos que hagan más trágica su desaparición. No solamente la recordemos como la mujer que dejó dos hijos huérfanos o un viudo. Hagámoslo como la ciudadana cabal que defendió sus ideas políticas, su liderazgo en el  PUM y en la población.  Dejemos de utilizar la memoria histórica como un instrumento útil a otros fines para alcanzar una sociedad más justa e inclusiva.






lunes, 5 de marzo de 2012

La enseñanza de la Historia



Por: Juan José Torre


Todas las civilizaciones consideraron la enseñanza de la Historia como el mejor medio para justificar su existencia y la de su Estado. Es decir, dar solidez  a la idea de que la existencia de su civilización, orden social y político era la culminación de un proceso histórico inequívoco. Quizá sea en Atenas donde se apreciaron los beneficios de la Historia como medio de formación política para sus ciudadanos. Ello debido a que la restringida democracia ateniense permitía a una elite acceder al control del Estado y de sus instituciones, para lo cual era indispensable alcanzarles experiencias políticas previas. Sin perder el carácter etnocéntrico, la enseñanza de la Historia adoptó en Atenas una función política más definida.

La incorporación de la enseñanza de la Historia  en la formación de jóvenes durante la Edad Moderna  tuvo, entre sus objetivos, formar en los habitantes la idea de nación y/o comunidad. Se le asignaría desde entonces otra función a la Historia; la formación de la identidad nacional. Esta idea se asentó en la necesidad de legitimar ante la población su incorporación a los nacientes Estados nacionales (y a sus regímenes) surgidos en Europa en el transcurso de la edad moderna. 

La formación de la identidad nacional mediante la enseñanza de la Historia en la escuela se convertiría en un medio de homogenización cultural al interior de la sociedad. Dentro del proceso de consolidación de los Estados nacionales -entre los siglos XVI y XIX- la eliminación de las diferencias culturales sería central pues de esa manera  se pretendía evitar  los conflictos que pusieran el riesgo la unidad territorial del país. En ese sentido se privilegió  la enseñanza  (y creación) de una Historia Nacional en desmedro de una historia local; de igual modo se fomentaría la difusión de valores nacionales que fueran apreciados como superiores a las propias de cada región.

La educación y  particularmente la Historia sirvieron al propósito de ir diluyendo las diferencias y lograr la tan ansiada unidad nacional. La adopción de figuras emblemáticas y paradigmáticas (héroes) -cuyo comportamiento, calificado como épico, vendría a ser  el que el Estado esperaba de sus ciudadanos en caso de ponerse en riesgo la existencia del Estado Nación-  constituiría una forma de consolidar ese proceso.

Sin embargo, el tipo de enseñanza de la Historia generó dificultades insoslayables. El surgimiento de los nacionalismos y las guerras mundiales quizá pudieron haber influido en los cambios dentro del sentido que debía adoptar. También tendría un papel renovador el triunfo de la Revolución Rusa, que desmantelaría el sistema educativo de ese país y los objetivos para los que estuvo diseñado. Dentro de ese contexto jugaría un papel importante Lev Vigotsky, quien desarrollaría el modelo de aprendizaje sociocultural que años posteriores daría lugar al modelo  socio crítico.

De acuerdo a lo que proponía Vigotsky, el aprendizaje solo era posible mediante la interacción social, siendo éste por lo tanto su producto; en tal sentido la educación debería potenciar y fortalecer el desarrollo de las capacidades comunicativas y creativas de los alumnos  así como  de su  pensamiento crítico. Su teoría pedagógica marcaría el rumbo de las propuestas educativas en casi todo el mundo. Bajo la propuesta socio-critica  –asumida tardíamente por el sistema educativo peruano- la Historia sirve de insumo para potenciar capacidades como la deducción, inferencia, solución de problemas y juicio crítico. En efecto, bajo los postulados de Vigotsky, la enseñanza de la Historia se torna ideal para el desarrollo del razonamiento argumentativo.

Pero más allá de  consideraciones ideológicas y formativas  lo cierto es que el peso de lo real terminó incidiendo en los cambios pedagógicos que se suscitarían a lo largo del siglo XX. Y todo indica que fue la crudeza de la realidad lo que obligó a modificar los fines de la enseñanza de la Historia, puesto que el ideal unificador que regía su naturaleza se vio desmentida por la dinámica social y política de algunos países. Además de los mencionados nacionalismos exacerbados,  el surgimiento de ETA en España y el IRA en Irlanda (por citar algunos casos), con sus demandas reivindicativas nacionalistas, pusieron  en cuestión  la fortaleza del Estado Nación, por lo tanto discursos que apostaban por una cultura homogénea serían lentamente erosionados. De igual forma la desestructuración de las republicas de Europa del Este y las guerras religiosas y étnicas, desatadas en los Balcanes y en otras regiones del África y Asia, serían la dolorosa demostración que los Estados guardan, al interior de sus territorios, contradicciones culturales y conflictos entre las nacionalidades que la componen.

Ante ese contexto las propuestas pedagógicas inspiradas por Vigotsky alcanzan relevancia. Sin embargo, en su adaptación a los sistemas educativos actuales, presentará algunas falencias. En el caso peruano una revisión detenida de la currícula propuesta por el Estado evidencia la contradicción entre la elevada carga de conocimientos propuestos con el número de horas asignadas al curso de Historia semanalmente. Otra dificultad estriba en las características que el modelo socio crítico ha adoptado en nuestros  países, todas ellas en función de entroncarlo al modelo económico vigente. El privilegio por el desarrollo de las capacidades, no por la calidad de la información, es evidente, dando pocas posibilidades de lograr aprendizajes significativos.

En los últimos años el Estado peruano permite a las instituciones educativas adaptar la currícula vigente a las condiciones particulares de cada región. El caso de la enseñanza de la historia termina siendo una tarea difícil pues -salvo aislados esfuerzos por llevarlas adelante y su escasa proyección- la investigación de historia regional es escasa. La investigación histórica en general es un trabajo que el Estado no promueve y, por lo tanto, las innovaciones a las que tienen acceso los maestros son limitadas.

Ahora bien, podría pensarse en rescatar  dentro de estas limitaciones la importancia suprema de afianzar en los estudiantes la capacidad crítica. Pero el desarrollo de esa capacidad tiene límites; por un lado la propia subjetividad del docente y, de otro, los parámetros a los que la sociedad y su definición de lo “correcto” que constriñe la generación  de propuestas. El paradigma socio-crítico asumido por el Estado intenta con su implementación promover la creatividad  y la iniciativa individual, ello dentro del marco de  la cultura del emprendimiento que la sociedad de consumo y las políticas económicas neoliberales promueven.

En relación al desarrollo de la disciplina histórica y su enseñanza, existe el riesgo de la interpretación interesada (de tinte ideológico, claro está) de parte de quienes estén a cargo de su diseño curricular y de quienes ejercen la docencia. Enseñar Historia es una tarea política, por donde se vea: ya sea que el docente se conforme con ser un transmisor de la versión oficial o si, resistiéndose ante ello, pretende dar a conocer una versión más “real” de la Historia, e incluso procurando que los alumnos construyan sus propios conocimientos. Sea como sea, la enseñanza de las Ciencias Sociales -y la Historia en particular- se convierte en el primer acercamiento de los estudiantes a la vida política.


miércoles, 29 de febrero de 2012

Reseña a Berlin, de Victoria Guerrero



Por: Mateo Díaz


Berlin de Victoria Guerrero (Intermezzo Tropical, 2011) ha sido celebrado como uno de los poemarios más importantes del año pasado. La autora ya había escrito, entre otros textos, De este reino (Los Olivos, 1992), Cisnes estrangulados (Cuernoempanza editores, 1996), El mar, ese oscuro porvenir (Santo Oficio, 2002) y Ya nadie incendia el mundo (Estruendomudo, 2005). Recientemente antologada en Hijos de puta. 15 poetas latinoamericanos (Hijos de la lluvia, 2011), en los últimos años se ha consagrado – sobre todo luego de su cuarto poemario – como una de las voces femeninas más representativas de la poesía nacional.

Se puede afirmar que Berlin continúa, en diversos aspectos, la línea dominante de la poesía peruana de los últimos años. Adopta el lenguaje de la oralidad, así como el verso veloz y abundante que se afianzó a partir de la experiencia de Hora Zero. Del mismo modo, toma la ironía desmitificadora y el cosmopolitismo –quizás este sea un hecho algo más insular para el medio local – de algunos poemarios de escritores del sesenta, como Hinostroza y Cisneros. El texto crece casi libérrimo, a borbotones, sin partes claramente delimitadas. Sin embargo, se pueden vislumbrar algunas divisiones naturales. El poema inicial, Testimonio de parte (victorialand), funciona como un motivo introductorio y la inscripción Berlin, que ocupa la página 39, puede ser leída al modo de un intermedio (al estilo de 5 metros de poemas). Asimismo, los poemas de LA DIVISIÓN DE LOS ALIADOS corresponderían a una primera parte, mientras que la sección segunda se abriría con otro poema liminar – Arte poética – que estaría integrado a EL MURO/DIE MAUER y ZONA DE OKUPACIÓN.   

Una característica llamativa que articula todo el poemario es el empleo permanente y casi obsesivo de la intertextualidad. Esta no se limita meramente a los epígrafes, sino que las citas se insertan dentro de los textos y constituyen parte de la materia poética. De esa forma, fragmentos citados inicialmente como epígrafes aparecen como parte de poemas posteriores, mientras que las letras en cursivas se vuelven una advertencia que puede pasar desapercibida para el lector inocente. Por un lado, esto no hace sino recalcar un hecho evidente del arte de todas las épocas: escribir es reescribir, el ser humano tiende a la imitación, los motivos se repiten y la mayor parte de las veces es inútil irritarse por el término “plagio” (recordemos a Pierre Menard, el otro autor del Quijote). No obstante, esto no es lo referido sobre el texto de Guerrero. En este caso, su utilización se constituye un recurso propio del estilo poético que tiene precedentes en la poesía nacional de las últimas décadas (por ejemplo Viaje a la lengua del puercoespín de Óscar Limache o La piel alzada de Rossella di Paolo). ¿Cómo interpretar este hecho? En primera instancia, cuestiona la idea que una poesía directa, llámese conversacional o de otro modo, sea “menos retórica” que la poesía “difícil”. La diferencia radicaría solamente en la utilización de distintos recursos. Del mismo modo, y aquí ya se escapa a la intentio auctoris, estas citas resultan una de las formas en que el texto se legitima. Las figuras de Vallejo, Apollinaire, Mallarmé, Benn o Celan – por solo mencionar algunos – representan un soporte nada desdeñable de la tradición occidental de la lírica moderna.

Por su parte, la referencia a autores más cercanos en el tiempo y en el espacio (Cesáreo Martínez, Ramírez Ruiz, Santivañez) tiene ecos de los poetas beatniks, pero tiende además a la autorrepresentación de una determinada alternativa contracultural. El uso de la “k” en vez “c” (“okupación”) es un claro guiño al movimiento subte de los ochentas, mientras que la mención de zonas como el Cercado de Lima o Galerías Brasil no es casual, ya que es en aquellos lugares donde surgió y actualmente sobrevive dicha corriente cultural. Subyace a las características “exteriores” (el gusto por cierto tipo de música, de vestimenta, de lugares) una perspectiva utópica, que reclama un cambio en el funcionamiento de la sociedad. Pero esta no se presenta desde una posición abiertamente política, sino desde una marginalidad muy similar a la de los diversos movimientos del beat. En uno de los poemas más logrados, aquél que da el nombre al poemario, menciona: “Hijo mío/El amor ya no es una cosa de esta era/Viene una bomba y lo destruye/ Y los chispazos que antes sirvieron para encenderlo/ Ahora lo calcinan y queda más feo y chamuscado que nunca”. El hijo representa ese futuro utópico, esa esperanza: “Tú has de cantar más alto/Aunque en ello se te vaya la vida/Tú no has de agachar la cabeza/Tú más Vallejo que Vallejo en el congreso antifascista aplacarás el viento de la muerte contra las ventanas/Habrás de fundar un tiempo nuevo”.

Berlin es separación. Simboliza la división entre dos mundos – capitalista y comunista – (macrocosmos), pero también dentro de una misma ciudad (microcosmos). La ciudad emblema de la Guerra Fría se vuelve la metáfora más certera de la propia fractura del yo poético. Porque Berlin es un poemario posterior, en el sentido cronológico, a la caída del muro y al derrumbe de las grandes ideologías colectivas. La tragedia es del individuo, quien aparece dividido (“Estás solo y danzas la única música que oyen tus oídos”), lejos del amor, del hijo, del padre. La soledad se enquista en su centro, por lo que se convierte permanentemente en otro, siempre extranjero. El fracaso de la utopía colectiva aludida en el título señala la fractura personal y amorosa, que es la temática de los textos. Esa imposibilidad se sitúa dentro del individuo (como dice el último poema, “Quizás cierto asma barroco de origen limeño/le impide reconocer la unión de dos tiempos inconclusos”) y no solo en el sistema: es casi una falla de origen, fatal, en que la acción y la praxis se desvanecen en la esterilidad de un subvivir insatisfactorio.

A pesar de partir de un concepto osado e interesante, el poemario en cuestión no justificaría el excesivo entusiasmo de la crítica, que en algunos casos pareciera tener que establecer órdenes jerárquicos regidos por criterios comerciales (preguntarse por “el mejor poemario del año” tiene un aire a los premios Grammy) para justificar su propia presencia. Sin lugar a dudas es un texto bien escrito, pero que no arriesga una renovación de nuestra tradición poética (objetivo difícil, sin duda). Los mejores  versos – el poema Berlin, El ciclista – son aquellos que ofrecen una poesía más directa, menos fragmentada por citas y referencias no siempre indispensables. En los otros textos aparece una escritura más intelectualista, pero no necesariamente más elaborada, en que la voz poética se diluye al tratar de reconocerse entre el coro de ilustres referentes. Difícil trabajo, ardua disciplina, la de escribir sin mirarse, la de escuchar sin oírse. 

lunes, 27 de febrero de 2012

San Marcos y las Ciencias Sociales, ¿hacia dónde van?



Por: Jorge Luis Duárez M.

Las ciencias sociales en sus orígenes fueron pensadas como herramientas para el progreso. En las obras de los llamados “clásicos” de las ciencias sociales podemos notar el interés por desarrollar un conocimiento sobre lo social que permita generar alternativas de integración y organización. Así, en la sociología tenemos a Durkheim, quien enfatizó en los valores morales como elementos claves para la integración social, Weber quien destacó la importancia de relacionar la racionalidad a valores para el desarrollo de la sociedad moderna, y Marx quien planteó el imperativo de abolir la sociedad burguesa de clases a partir del conocimiento de las condiciones materiales de existencia que determinan al capitalismo. Esta relación ciencias sociales-progreso o ciencias sociales-desarrollo se ha mantenido y profundizado en diversas propuestas teóricas contemporáneas. Esa es la “mística” que, por ejemplo, uno encuentra en la facultad de ciencias sociales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

       La facultad de ciencias sociales de San Marcos ha servido como espacio para el desarrollo de diversas interpretaciones de “la sociedad peruana”, aportando al debate y la reflexión sobre el desarrollo nacional. Intelectuales como Julio C. Tello, José María Arguedas, Aníbal Quijano, Julio Cotler, Carlos Iván Degregori, entre otros, son claros ejemplos de ello, mostrando no solo el valor de las ciencias sociales como disciplinas, sino también el valor de la universidad pública en un país que anhela ser democrático. Sin embargo, ese quehacer científico se ve en la actualidad seriamente limitado por una serie de problemas que afectan a la facultad.

A pesar de contar aún con algunos profesores destacados y alumnos comprometidos con el desarrollo de las ciencias sociales, la facultad carece de horizonte. La falta de una política científica (la cual se expresa en, por ejemplo, ¡la no existencia de líneas de investigación definidas!), la corrupción, la precariedad de su infraestructura, el autoritarismo de sus autoridades, entre otras, ponen en peligro este importante espacio público para la reflexión y el debate sobre los problemas nacionales. Sin espacios institucionalizados de investigación que involucren tanto a docentes como a los alumnos ¿se puede sostener una facultad de ciencias sociales de calidad? ¿Acaso una facultad se puede reducir al mero dictado de clases? ¿Dónde queda la producción de conocimiento?

El problema en la facultad es académico y político. Académico porque la calidad de la educación y la investigación están en cuestión y político porque la propia organización de la facultad se encuentra colapsada. El estado actual de la facultad de ciencias sociales de San Marcos expresa también la crisis de la Universidad Pública en el país, tan golpeada desde hace décadas no solo desde el gobierno central, sino también por agentes que al interior de las universidades públicas se preocupan más por la repartija que por la producción de conocimiento, entre otras, del social, ésas que fueron pensadas para el desarrollo.        

jueves, 23 de febrero de 2012

Los buenos y los malos



Por: Rosa Chávez Yacila

Cómodo y conveniente, en muchas ocasiones, es pensar que las personas nos dividimos en dos bandos: los buenos y los malos. Si no pertenecemos a uno de estos dos grupos, entonces alguien se encarga de encasillarnos en cualquiera de ellos ¿Por qué? Porque no superamos el maniqueísmo de pensar la vida en pares opuestos: bueno/malo, bonito/feo,  feliz/triste, etc. The Help (2011), o Historias cruzadas en español, del estadounidense Tate Taylor es una de esas películas que le encantan a la Academia: intencionadamente reflexivas, melifluas, a veces cursis. Tramadas para el moqueo, pensadas a través del cliché. Tal vez el tema abordado (la discriminación racial) se presta para tal manipulación. Quizás, tratándose de lo que se trata, no podía ser de otro modo.  No obstante, la fórmula utilizada es consabida e, inevitablemente, cae por su propio peso.

La historia del filme se sitúa en Jackson, Mississippi, en la década del  60.  Período en el que las minorías vivían segregadas del resto y la justicia amparaba dicha segregación con normas inauditas. En aquel entonces, el miedo fomentado por  Jim Crow y  el Ku Klux Klan contrastaba con la postura del presidente Keneddy y Martin Luther King.  ¿Qué observamos en la cinta? Que los negros no podían acudir a los mismos establecimientos de los blancos, pues vivían en zonas aisladas, en barrios lejanos y peligrosos. Que se les creía portadores de enfermedades tremebundas y letales para la población blanca. Que las criadas tenían un baño aparte, un lugar donde sus mierdas no contaminarían a los cristianos de buena fe. Nos trasportamos, entonces, a las vidas de un conjunto de familias blancas y sus respectivas criadas negras. Las diferencias entre estas constituyen el meollo del asunto.

Para no soportar más esta situación, para incomodarse y actuar -porque en climas como los descritos se pide a gritos un héroe (qué Martin Luther King ni ocho cuartos)- aparece Eugenia Phelan (Emma Stone). Skeeper, como cariñosamente la llaman, es diferente al resto, por supuesto. Ha estudiado una carrera (Periodismo), es soltera y desprolija, nunca ha tenido novio y no piensa en el matrimonio. Es todo lo que una mujer de la época no quiere ser. Ella encaminará la realidad de Jackson hacia el resarcimiento y la equidad. Emprende la escritura de un libro que cuenta las vivencias y visión de las domésticas. Proyecto tan peligroso como transgresor dado el contexto en el que se vivía. Para asistirla la criada Aibileen (Viola Davis), a pesar del miedo, se compromete a contar sus experiencias. Luego la secundarán Minny (Octavia Spencer) y otro grupo más. La publicación del libro trae como resultado la exposición de las bajezas y detalles sórdidos de las vidas privadas de las respetables familias locales.

Como  mencionábamos al inicio, el maniqueísmo es la esencia de la cinta, es su razón de ser y se reduce en la analogía: blanco es a malo como negro es a bueno. Excepciones hay, claro. Pero el esquema fundamental se mantiene. Las esposas de las familias blancas, son personas vacías, malas madres, superficiales, hipócritas, implacables en el trato a sus criadas. Siguen a pie juntillas la diferenciación negro-blanco y, no contentas con ello, buscan ampliar mucho más la brecha.  El  tratamiento del tema se encarga de reunir en un bando las cualidades positivas y en el otro las negativas. Es por ello que las negras están ligadas a conceptos como sabiduría, laboriosidad, compañerismo, fertilidad, etc. Mientras que las blancas representan los antivalores, el abuso, la inopia del cuerpo y del alma. La oposición es tan evidente que termina restándole originalidad e innovación a la cinta. Es un recurso que se repite una y otra vez en el cine hollywoodense y que, a pesar de todo, sigue cautivando al espectador promedio.

Resulta significativo que las únicas personas blancas incapaces de sentir desprecio por los negros sean también dos marginales: Skeeper, el “patito feo” dentro del grupo de amigas regias; y la ramplona y estrepitosa Celia Foote (Jessica Chastain). La primera es la gestora de la “revolución” en Jackson. La segunda, ya por su inocencia, ya por su simpleza; no ejerce malos tratos hacia su servidumbre. El círculo vicioso no se interrumpe, los distintos hacen frente común.

También se recurre a la construcción de personajes prototípicos: la graciosa, pero de armas tomar (Minny); la vulgar, pero envidiada (Celia); la heroína que pasa desapercibida (Skeeper); la villana despiadada (Hilly); la mejor amiga manipulable (Elizabeth); la anciana senil con chispazos de brillante lucidez (Missus Walter, madre de Hilly). Una estrategia que resulta incómoda de percibir. Los recursos de la  narración no deberían de hacerse notar, tienen que fluir naturalmente, atraparnos. Cuando se hacen explícitos, la magia termina.
Otro aspecto que llama la atención es la “repartición” de los honores. Que Skeeper sea la principal gestora del cambio, se puede interpretar de varias maneras. Demuestra que el poder desde el poder se ataca. Da a entender que sin la persuasión de la muchacha, las negras jamás habrían decidido levantarse. El héroe termina siendo quien forma parte del círculo privilegiado; por más que el éxito también se comparta con las otras responsables: las criadas. Estas son, por cierto, una fuerza en crecimiento a lo  largo de la trama. No obstante, es la escritora quien al final sale al mundo, se abre camino (viaja a Nueva York); mientras que las mujeres negras continúan inmersas en  Jackson a la espera de lo que se avenga ¿Qué es lo que en realidad ha cambiado? ¿Se logró resquebrajar el sistema? ¿O solo se disfruta de los rigurosos quince minutos de justicia?

A fin de cuentas, los malos son castigados y sufren las consecuencias de sus vilezas, los arrepentidos aprenden la lección, Skeeper crece como persona y profesional, el futuro se perfila mucho más alentador…En suma, después de ver la película podríamos pensar que la vida, por qué no, puede ser mejor. Lo cierto es que desde aquella realidad retratada hasta la fecha hay muchos conflictos de intolerancia por superar. No vivimos bajo reglas tan castrantes como las  de entonces, pero tampoco estamos ajenos al rechazo, burla o subestimación por ser distintos.

En cuanto a las actuaciones, Viola Davis es la actriz con mayor fuerza interpretativa, impecable. Y Jessica Chastain está irreconocible ¿Es la misma persona que hizo de la Sra. O’brien en El Árbol de la vida? Increíble. Sospechoso que por este film haya recibido nominaciones y no por su rol en la película de Malick. Sospechoso o previsible. Otro detalle: la historia de la película está basada en el libro homónimo de Kathryn Stockett. Los hechos narrados en el libro son ficticios.  Es que la ficción,  por lo general, es mucho más  atractiva que la realidad.

The Help no es una mala película. El problema es que luego de verla, uno queda con la sensación de que acaba de presenciar algo más de lo mismo. Algo que es correcto, pero no genial. Una película que sacude las fibras más sensibles y vulnerables. El tema de su argumento es polémico, urgente; por lo tanto la sociedad se siente bien cuando es atendido. The Help es solo una película oportuna, con las mejores intenciones. He ahí el secreto de su éxito.

Ficha técnica

Título: The help (Historias cruzadas en Latinoamérica). 
Año: 2011
Director: Tate Taylor 
Reparto: Emma Stone, Viola Davis, Bryce Dallas Howard, Jessica Chastain. 

miércoles, 22 de febrero de 2012

¡Qué bárbara novela! Sueños Bárbaros, de Rodrigo Núñez Carvallo


Por: Jesús Jara


“¿De qué trata tu película?, pregunta con una sonrisa insidiosa. No sé, de un muchacho que sueña con hacer una metapela. De un pata que se mete a terruco para vengar a su viejo, de un gordo que busca insertar en la selva a unos otorongos de ciudad. De la pesadilla de Claudio. De un momento horrible y jodido de la historia del Perú. Del cine como duermevela. De muchos ingenuos soñadores. Ay, Pipo. Sueños, solo sueños… ¡Sueños bárbaros! (…)” (Pág. 454) 
Para muchos, iniciar la sinopsis de una película haciendo uso de un spoiler, puede resultar muy molesto y hasta cierto punto decepcionante, ya que tal filme nos interesa ver cuanto antes. Sin embargo, la presente reseña lo hace debido a la complejidad –o maestría- con la que el autor/director estructuró la historia que nos da a conocer. Teniendo en cuenta la cita mencionada líneas arriba, podemos sentarnos, tranquilamente, en la cómoda butaca y disfrutar de la trama que la película (novela) está a punto de presentarnos.
Contexto: La fuerzas armadas contra Sendero Luminoso.
El contexto con el que inicia la historia del libro es el de la segunda mitad de los años 80’s y culmina con la marcha de los cuatro suyos dirigida por el entonces candidato presidencial Alejandro Toledo, en oposición a la dictadura de Alberto Fujimori y sus intenciones de prolongar su régimen por cinco años más.
Pero, antes de llegar a todo ello, la novela es un celuloide compuesto por fotogramas que describen la situación del momento (coche bombas, apagones, requisas, paros armados, torres derrumbadas, toques de queda, allanamientos a universidades, y más): el conflicto entre las Fuerzas Armadas y Sendero Luminoso. Ante esta atmósfera llena de violencia, unos locos cinéfilos se refugian en una vieja casona en Alto Perú apartada de todo esto. “Éste es el único sitio de Lima donde no nos molestan las bombas, las ráfagas de las patrullas militares, ni los fantasmas que rondan mi cabeza” (Pág. 33). Es en este lugar donde tienen la bárbara idea de rodar una película, lo que, además, hará el plus en la confección o forma que tomará el libro. Más adelante se explicará cómo el libro se apropia de la historia para presentarnos un panorama muy interesante.
Locos cinéfilos 
¿Quiénes conforman este grupo amantes del cine?
En primer lugar, Rafael Delucci, un mil oficios (asistente de cámara, fotógrafo, guionista, editor, actor secundario, etc.), hace de su vida, luego de la separación con Cristina, su esposa, un canto a la libertad absoluta. "Solo quiero mi vieja camioneta y mi libertad para seguir fracasando..." (Pág. 15). Se permite ser lo que su cuerpo y alma deseen o dictaminen. De ahí que se vuelva una empedernida máquina de follar cuando se da la ocasión. Es, además, el propietario de la casa en Alto Perú, donde invita a todos sus amigos. Todos, por supuesto, son bienvenidos.
Pipo Gallo, es acaso el más imaginativo de todos. También el prototipo de artista que el libro propone. Dueño de frases y acciones impulsadas por el Lincoln: "Son increíbles las capacidades y facultades que tiene la mente. Si la dejáramos actuar, se harían mejores cosas. Yo creo que en el Lincoln está el principio del arte. Allí se encuentra lo más profundo de nosotros. El Lincoln refleja lo que es" (Pág. 45). Es el que presenta los diversos conceptos cinematográficos que aparecen en el texto, es el que hace del libro prácticamente un tratado de cine obligatorio. Comenta sobre la participación de los personajes, la creación de los diálogos, los papeles preponderantes que juegan la danza y la música en las historias, la estrecha relación que debe guardar el director y el guionista, etc. Cada vez que Pipo toma la palabra, el lector conocerá anécdotas, reseñas, críticas u opiniones sobre las diferentes películas de las que hará mención.  
Paloma, estudiante de actuación, que por azares de la vida, protagonizará su propia vida bajo el título de la obra de Sófocles, Electra. Para recabar fondos que irán a Cuatrotablas, casa actoral donde estudia y a punto de desaparecer, es que decide, con un grupo de compañeros, llevar a cabo la obra griega. La misma le servirá para exorcizar su propia Electra como historia personal. También ella tendrá un padre (Agamenón), una madre (Clitemnestra), un hermano (Orestes), un tío (Egisto) propios. Nos detenemos aquí, volveremos a este punto después.
Luego la novela completará la lista de los demás integrantes del grupo. Cada uno despierta la simpatía del lector: Ramón -hijo de Rafael y Cristina- a quien lo vemos crecer inocentemente hasta convertirse en un adolescente con la líbido en la cabeza como su padre. Achote, el loco del barrio quien es bien recibido en la casa siempre. Giovanna, pareja de Pipo con el que tiene una pequeña y casi tangencial conflicto de clase y étnico a través de la mirada de sus padres suizos, quienes ven en Pipo, además de un vago, a un trigueño como muchos otros más.
Todos ellos serán acompañados con las apariciones de, por ejemplo, los poetas Domingo de Ramos o el recordado José Watanabe, el educador Constantino Carvallo, los directores Alberto "Chicho" Durant, Luis Llosa, entre una larga retahíla de cameos que, quizá, decidieron participar en el "rodaje" Ad Honoren.
Metapelículas
Dejemos la descripción de los personajes y vayamos a lo más llamativo del libro, sin lugar a dudas: la estructura, el diseño, el fondo, y sí, el montaje final.  
A medida que la historia va avanzando, se nos citan varias METAPELÍCULAS (Sunset Boulevard, El moderno Sherlock HolmesThe last movie, El cameran man,  La noche americana, entre otras). Pero, ¿qué es una metapelícula? Rodrigo Núñez Carvallo utiliza el concepto de lo metaliterario y lo traspone al ámbito de las películas. En el libro, las referencias,  las opiniones, los comentarios, las citas y, en suma, toda relación intertextual estará marcada por nombres de actores, directores, guionistas, así como frases o fragmentos de los filmes:
"Las metapelículas. Las películas sobre otras películas" (Pág. 143)
"Algo mágico tienen las metapelículas. Parece que al retratar el cine desde el cine, la representación de la realidad se hiciera más redonda y esférica. Más clara. Más profunda. La ficción de la ficción nos atrapa con más fuerza. Es más verosímil que el mundo real " (Pág. 145).
De esta nueva categoría el libro se potencia en grado superlativo. No solo se queda en la verbalización o retórica conceptual, sino también recae en la praxis, en el sueño loco de Pipo de querer hacer una metapelícula. Y de ahí que, según palabras del mismo Pipo, "Todo es creíble, todo es verosímil, todo puede suceder. Nuestra propia vida se diluye en el film. Como diría Kracauer, en las metapelículas se produce una doble redención de la realidad física, lo cual les permite una vida propia, autónoma e independiente como creación, que trasciende al creador y a la propio noción de arte" (Pág. 326. Resaltado mío).
Mientras más teorizan sobre el término, mayor es la comprensión de la estructura misma de la novela. Gran parte de la novela da la sensación de introducirnos dentro de un caleidoscopio, una confusión de imágenes que hace que el espectador no recuerde si quiera cuál es la imagen raíz de las demás.
Planos-Montaje
No habrá dudas. Uno quedará confundido al leer este libro. Las metapelículas generarán los diferentes planos narrativos o puntos espaciales que la historia contiene. La mezcolanza de estos, sin olvidar el orden/desorden como están presentados, hace de Sueños Bárbaros uno de esos libros donde el juego entre realidad y ficción se dé de la mejor manera.  ¿Qué estamos viendo? ¿Qué estamos leyendo? La mano del editor, así como un magistral trabajo de montaje se confunden para confundir absolutamente todo.
Plano 1: El de Rafael Delucci, que tras invitar a sus amigos a hospedarse en su casa, llevarán a cabo el sueño de realizar una película. En esta película, con guión abierto y colgado mediante fichas en las paredes de su habitación, participan todos, ya que todos serán envueltos por la historia más adelante, tal y como lo afirma Claudio Bronsky, otro de los que forma parte del grupo: “En el camino uno hacía amigos, conversaba de cosas importantes y teníamos la ilusión de que estábamos atrapando la historia, cuando era la historia la que nos estaba tragando con zapatos y todos…” (Pág. 301).
Plano 2: Es la historia o película que estamos leyendo o viendo en el mismo momento que pasamos página tras página. Los personajes que aparecen en el plano 1 también son envueltos por su propio proceso creativo, se hacen parte de la historia que narran. Prácticamente es el trabajo final o lo que pudo ser, ya que tras la muerte de algunos personajes, la historia presenta una sensación de inacabada, de insatisfacción.
Plano 3: Ricardo González Vigil señala lo siguiente:
Y, precisamente, en el trasfondo de la novela está la terrible fábrica de masacres que fue el sueño revolucionario que ensangrentó al país bárbaramente en los años 80 y 90. Sueño fracasado del fanatismo senderista aquí enfocado con una formidable (nos parece el hilo narrativo mejor desarrollado) actualización de la tragedia “Electra” de Sófocles, generando una referencia al teatro (la novela está dividida en tres actos) y a la actividad teatral del medio (Cuatrotablas, Pataclaun)”.
El personaje principal de este plano, tal y como se señaló anteriormente, será Paloma, quien interpretará a Electra doblemente (en la puesta en escena de un teatro y en su propia vida). Es aquí donde la crítica a todo lo que significa Sendero Luminoso se deja ver. El libro se inserta, entonces, en aquellos libros que narran los años violentos de nuestra historia. Pero es en Sueños Bárbaros donde la imagen de Sendero Luminoso es vista con desengaño. Todo el plano 3 presenta una crítica social y moral de la estructura jerárquica dentro de su propia organización. “El partido tiene un incorrecto manejo de las contradicciones con los organismos de masas” (Pág. 68). El líder es presentado como:
“Es sólo un cerdo revisionista, que prefirió un partido minúsculo que le rindiera pleitesía, a un partido de grandes masas que hiciera peligrar su liderazgo. Nunca se animó a conducir al pueblo en armas, porque tenía miedo y se recluyó en una clandestinidad dorada. Ahora sé que es un cobarde, un timorato, un pusilánime… Sí, un cerdo revisionista (…)” (Pág. 67).
“Qué impresión me dio Abimael? Un pobre hombre con un ego espantoso que Augusta La Torre ayudó a alimentar” (Pág. 83).
Frases como estas se encuentran en demasía en el libro, haciendo de Sendero todo menos un partido político rígido y serio como este creía ser. Es más, el atentando terrorista en Tarata, en la novela, fue más un error de cálculo –a pesar de las muertes y herido que trajo consigo- que un plan correctamente pensado. Es en este mundo, en estas falsas autoridades senderistas, donde Paloma transitará, junto con Orestes, para vengar la muerte de su padre Agamenón, traicionado por su mujer y Egisto, senderista que con el dinero del narcotráfico compró a varios miembros del partido, eliminando a los que empezaban a mirar a la organización de manera diferente y real. La aparición de la comandante Norah y sus potentes críticas al partido son muy reveladoras, lo que hace de este plano, tal y como señala Gonzáles Vigil, uno de los mejores hilos narrativos de la novela. No olvidemos, además, que a lo largo de la novela, no sabemos a ciencia cierta si todo esto es lo real o forma parte de la película que estamos viendo. Si fuera esto último, la pregunta se mantiene abierta: ¿puede un libro, que toca el tema de Sendero bajo el punto de vista metaficcional formar parte de libros como La hora Azul, Abril Rojo, Retablo, La ciudad de los culpables, Rosa Cuchillo, y otras? Esta pregunta hace más valiosa la importancia del libro.
Otros planos llamativos: El guión que Rafael realiza para la presentación de su trabajo final del curso de cine que realiza en su viaje a Cuba sobre Claudio y el militante, Orestes, forma otro plano narrativo que estará incluido en los planos anteriores. Lo que demuestra que el autor del libro mantiene todo hilvanado perfectamente gracias al recurso de los vasos comunicantes. El mismo guión, además, sirve como punto de partida para la realización de la película Antes que Anochezca –sobre la vida del escritor cubano Reinaldo Arenas-, pero que al final se lo tomará para el rodaje de la película Fresa y Chocolate. Incluso la vida del propio Orestes, así como las vicisitudes de Juan Bullita, quien marcó a toda una generación de cinéfilos como el mismo Rafael, y los problemas de los demás personajes, se podrían separar, generando más planos que descansan, finalmente, en uno solo. Es más que obvio que el trabajo de montaje –no olvidemos que el libro inicia con un epígrafe del máximo representante de este trabajo (Eisenstein)-, es lo que facilita/complica la lectura del libro.
Sueños bárbaros, un homenaje.
La novela es un homenaje al cine. La literatura, por momentos, da la impresión que sirve al séptimo arte para que este pueda fluir libremente. El libro contiene más de 500 páginas, pero la lectura, a través del lenguaje, es envolvente. El humor es considerable, funciona bien como recurso literario. Asimismo, las metáforas o comparaciones parten de referencias cinematográficas, como si la vida estuviera hecha, verdaderamente, de películas. Personajes como Juan Bullita, Pipo y Rafael, no pueden dejar el cine, viven con él y a partir de este ofrecen sus perspectivas de vida. Los tres, prácticamente, desaparecen con el cine en sus venas. Libro como tratado, como diccionario cinematográfico obligatorio para quienes gustan de este arte. Las anécdotas de películas como Fitzcarraldo, The last movie, Sunset Boulevard, La noche americana, etc. son todo un disfrute. Incluso, todo el cine nacional –solo se salva Armando Robles Godoy-, es sepultado al infierno donde van las películas menores, las que no despiertan interés alguno. Se puede entender esto como una comparación con nuestra literatura, donde lo comercial (Hollywood) compra directores (escritores) para mantener alejadas a las mentes de lo que verdaderamente sucede. 
Películas-sexo-arte como escapes de la cruenta realidad
El hecho de realizar una película mantiene a los personajes atentos a lo que hacen. Cada día es óptimo para grabar escenas y escenas, películas caseras como la caída de unos gallinazos, el caminar de una tarántula bautizada como Lincoln, los juegos que realizan los otorongos que tiene como mascotas Rafael. Agregando a esto el gusto por el sexo, no tanto carnal, sino liberador. Las reuniones para tomarse unas cervezas también son consideradas por el grupo. Todo lo que permita al espíritu ser libre, es apreciado. Formar parte de lo que sea, menos de un espacio basado en la violencia y que pone en riesgo la vida de cualquier ciudadano.
Palabras finales
Sueños Bárbaros. “¡Qué novela! Potente, explosiva, desmesurada, llena de vida”, pues sí, estamos de acuerdo con el juicio de González Vigil. Es todo un divertimento serio leer este libro o ver esta película en potencia. El amor al cine, el amor a la vida que lucha por no desaparecer a pesar de las derrotas que tendremos –Rafael Delucci no culmina prácticamente con todo lo que hace, Claudio fallece de sida, Paloma no se siente tranquila a pesar de la destitución de Fujimori y el juicio a los responsables de la muerte de varios jóvenes en la Universidad La Cantuta, incluso la resolución de Sendero Luminoso y la mirada limitada de Abimael Guzmán- hace de este libro toda una pieza digna de ser recordada. Es cierto que solo nos hemos basado en ciertos puntos del libro, sin embargo, creemos que hay otros que también son importantes. Esperamos que otras reseñas puedan llegar a atender este maravilloso y bárbaro libro. En verdad se lo merece.