domingo, 23 de octubre de 2011

La historia y la ficción: la última novela de Piglia



Por: Rómulo Torre Toro

En una entrevista, Georges Duby sugirió la idea de que un libro privilegiado es aquel que establece relaciones amplias, fecundas, con el mundo que le dio origen. Aunque esa pueda ser una forma unilateral de verla, la última novela de Ricardo Piglia (Adrogué, 1941) confirma la idea del historiador francés. Pues, aunque el texto soporta diferentes perspectivas de lectura, Blanco nocturno (Anagrama, 2010) juega desde la ficción con la historia argentina. Esta es una característica que es casi una constante en la obra del escritor rioplatense. Su primera novela, Respiración artificial (1980), problematiza la Historia como disciplina desde algunos postulados teóricos y metodológicos. Además, se hace presente en ambas novelas el resquebrajamiento de las estructuras: en Respiración artificial se renueva la forma de la novela epistolar; en este caso, la novela ensaya una ampliación de la novela policial. Una ampliación porque le añade elementos que hacen del texto uno de los más ambiciosos de Piglia y, también, el que apuntala (si es que era posible hacerlo más) su figura como la más importante en la narrativa latinoamericana contemporánea.
Blanco nocturno se inaugura con un crimen que dará pie al despliegue del relato y todas sus aristas. Tony Durán es un mulato norteamericano, de origen portorriqueño, que llega a un pueblo en la provincia de Buenos Aires. Está vinculado a las hermanas Ada y Sofía Belladona y, por extensión, al padre de ambas. Lleva dinero, dicen todos. Inesperadamente es asesinado y así tenemos el primer acontecimiento. El acontecimiento. Porque a partir del crimen se revelarán una serie de conexiones con diferentes esferas, desde la más íntima, la familiar; hasta la pública, la política. El asesinato de Tony Durán conduce a que el fiscal Cueto actúe, veladamente, en favor de la solución más ventajosa: considerarlo como “un crimen privado, nadie está implicado. Caso resuelto” (pg. 141), donde se acusa a un japonés, Yoshio, de ser el autor del homicidio por razones pasionales. Pero se encontrará con el comisario Croce que, por el contrario, está empeñado en “mostrar que las cosas que parecen lo mismo son en realidad diferentes” (pg. 142). Descubrir: “ver de otro modo lo que nadie ha percibido” (pg. 143). Del conflicto que inevitablemente se entabla, surgen dos personajes centrales: Emilio Renzi, periodista de El Mundo de Buenos Aires; y Luca Belladona, segundo hijo de la familia y dueño de una fábrica de autos que opera, entre escombros, en el pueblo. De la relación entre ambos se irá tejiendo tanto el relato de la familia Belladona, fundadora del pueblo y la más poderosa del mismo, como el relato de la fábrica y su posterior quiebra producto de la crisis económica.
Como ya hemos dicho, el asesinato de Durán es el acontecimiento. En términos de Duby el acontecimiento es “como un adoquín que se lanza a un charco y que hace salir de sus profundidades una especie de fondo un tanto cenagoso, que hace aparecer lo que bulle en el basamento de la vida”. Pocas ideas son tan certeras como esta: en la novela de Piglia es a partir de ahí que la estructura de la novela policial se ensancha, se amplía. Porque se supera la intriga unidireccional que nos conduce al descubrimiento del homicidio. Nos conduce por otras vías, por vías que reconstruyen la historia del pueblo. En ella, el actor principal es la familia Belladona. Fundadora del pueblo, es la principal impulsora de la construcción del ferrocarril y, una vez formada e instalada la familia, obtendrá un enorme poder a partir de la acumulación de tierras. La familia se hará dueña y, por lo tanto, establecerá un modo muy particular de velar por sus intereses y ver el progreso del pueblo. Posteriormente, uno de los hijos, Luca Belladona, junto a su hermano Lucio, hará un taller que crecerá hasta convertirse en una fábrica de automóviles que funcione en el mismo pueblo. Una fábrica que genere suspicacias entre los poderosos del pueblo, incluyendo al padre, y que afecte los intereses de otros. Un conflicto que se agudizará con una crisis económica que afecte a la fábrica y tengan que dejar de producir.
Entonces surge el conflicto. Y se hacen válidas las reflexiones de Renzi: “Los que hablan de conciliación y de diálogo son siempre los que ya tienen la sartén por el mango y el asunto cocinado, ésa es la verdad” (pg. 274. Resaltado mío). Porque se quiere, en un primer momento, vender la fábrica y estuvieron a punto de lograrlo. Luca Belladona se opone enérgicamente a todos, incluido a su hermano, con tal de no venderla. En un segundo momento, que constituye el presente de la novela, la intención es presionar para que la fábrica quiebre totalmente, comprar el terreno y levantar un centro comercial techado en el lugar. Nótese el paso. La estrategia. Todo confluye hacia un único punto: los intereses. El dinero que traía Tony Durán, se descubre, fue encargado por el viejo Belladona para reflotar la fábrica de Luca, su hijo. Se entabla un juicio para recuperarlo. Aparece, en esa situación, la habilidad del fiscal Cueto, pues le propone a Luca dos opciones: o aceptar que el crimen fue pasional y el autor Yoshio, que es en verdad inocente, y recuperar su dinero; o negar ese hecho fundamental y tener que extender el caso hasta su resolución y, recién en ese momento, reclamar lo que le corresponde por derecho.
Hasta aquí, notamos un aspecto notable en la novela. En palabras del historiador italiano Carlo Ginzburg, la microhistoria procede como una focalización de cerca a un aspecto específico del proceso histórico general. Puede ser, por ejemplo, la historia de un pueblo, una familia, una persona que sean representativos de la historia global. En ese sentido, Blanco nocturno puede funcionar del mismo modo: la microhistoria de una familia, los Belladona, insertada dentro de la microhistoria de un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Representativos, ambos, de la historia argentina. Porque la familia Belladona es el agente modernizador que expande el ferrocarril, funda el pueblo; instalada en el campo  se acomoda a la lógica feudal que impera en ese espacio:
“Una de las leyendas más difundidas en el campo dice que, luego de la campaña del desierto, el Estado repartió las tierras conquistadas a los indios entre los oficiales y soldados con un método muy acorde con las tradiciones argentinas. Había que galopar hasta donde aguantara el caballo y el jinete pasaba a ser propietario de la tierra que cubriera en su cabalgata sin pausa” (pg. 208, nota al pie N° 28).
Acomodada a la lógica feudal del campo, la familia Belladona se desarrolla y adquiere un gran poder. Pero luego, uno de sus hijos, Luca, se convierte en agente modernizador nuevamente. Construye una fábrica, instala un nuevo modo de vida, un nuevo modo de trabajo. Genera, por lo tanto, una nueva ética. Y así entra en conflicto con los intereses en el pueblo. Estos buscan, por el contrario, conservar su propia forma de vida, por un lado; por otro, tienen distintos proyectos modernizadores. Las contradicciones están por todos lados. “Los comerciantes están atrás de eso, quieren hacer ahí un centro comercial. Odio el progreso, odio ese tipo de progreso. Hay que dejar el campo en paz, ¡un lugar bajo techo!, como si estuviéramos en Siberia” (pg. 210. Resaltado mío). Lo que se define, en suma, es cómo se construye la modernidad en el pueblo del relato. Esta microhistoria del pueblo, y la definición que se plantea para su futuro, es representativa de la historia de Argentina y de cualquier país latinoamericano. La novela nos permite ver, también según una idea de Ginzburg, con más detenimiento nuestra historia. Corregir desde lo particular, las miradas generales sobre ella.
Pero el conflicto no termina ahí. Ante el dilema moral planteado por el fiscal Cueto, Luca Belladona decide inclinarse por su dinero. Quiere, ante todo, reflotar su fábrica, seguir con su sueño, no claudicar. Acepta que el asesinato de Tony Durán fue pasional y el juicio termina a su favor. La conciencia, sin embargo, no lo deja tranquilo. No se perdona, no se tiene piedad. Luca Belladona se suicida. Entonces, termina todo: la fábrica, un proyecto, una ética distinta se queda en gestación. Luca Belladona “vivió en la verdad y en la busca de la verdad, no era un hombre religioso pero fue un hombre que supo vivir religiosamente […]. La vida de Luca fue una buena vida y debemos despedirlo con la certeza de que lo iluminó la esperanza de alcanzar el sentido en sus obras […]. Su obra estaba hecha con la materia de sus sueños” (pg. 293). Una obra, finalmente, significaba cambiar la orientación del mundo. La novela de Piglia reconstruye ficcionalmente, desde una perspectiva que podemos identificar con la microhistoria, el frustrado proceso histórico de un pueblo. Un pueblo que puede estar en todos lados. El Rómulo Gallegos ha llegado, de esta manera, a las mejores manos.

Piglia, Ricardo / Blanco nocturno / Barcelona, Anagrama, 2010, 301 pp.

jueves, 13 de octubre de 2011

La protesta de la Católica...¿protesta?


Por: El Anarco

La disputa entre las autoridades de la PUCP con el arzobispado ha generado todo tipo de ataques, defensas, insultos, acusaciones, etc., etc. Pero ha causado verdadera curiosidad  la “protesta” de los estudiantes del día 23 de setiembre. El afán de los estudiantes de alejar  esa universidad de la órbita purpura, produce más gestos que acciones concretas

Se ha repetido hasta la saciedad el argumento de que la defensa de la PUCP es la defensa de un espacio democrático y plural. Y la verdad ese rollo molesta. Molesta porque ese argumento se desvanece en un simple contraste con la realidad cotidiana que vive esa universidad. Habiendo perdido la universidad peruana peso político, proclamar que una universidad privada es la abanderada de la democracia, de verdad deja muchas dudas. 

Para dar cuenta del divorcio entre la PUCP y la realidad del Perú basta con entrar al campus y ver gráciles y educados venaditos comiendo tímidos el césped que seguro está prohibido de pisar.

¿Qué tan democrática puede ser una universidad privada? (más allá de que tenga fines de lucro o no) ¿O que tan plural es una institución cuando se  constituye en una suerte de fortaleza infranqueable?

La apertura de la PUCP tiene como condición previa dejar el DNI en la puerta y esperar la llamada de la señorita bien vestida que atiende en la puerta de los “visitantes”. Si responden, solo si responden, se puede ingresar.. ¿Se presume que de esa manera evitaran el ingreso de antisociales que perturben “la armonía democrática”?

Lo constante marca un carácter fidedigno. La democracia y pluralidad no son palabras que se restringen al ámbito cerrado de un aula, sino que deben vivirse diariamente, como un hábito que atraviese todas las acciones cotidianas.  Ello dota de sentido a la palabra que,  al igual que los actos, no son solo gestos o expresiones simbólicas de una voluntad.

Quizá sea por eso que genera curiosidad las formas tan edulcoradas de protesta de los estudiantes de la PUCP. Una forma que además no es reciente[1].

Durante los años de la dictadura fujimorista algunos estudiantes –quizá ávidos de ser aprobados socialmente- no dudaban en ir con las manos levantadas y pintadas de blanco mientras algunos policías veían facilitada su labor de golpearlos.  

¿Tanto se ha banalizado una protesta estudiantil que ahora consiste en utilizar pines y dar la vuelta a la manzana? Quizá la posmodernidad ha dado un nuevo giro a las formas más frontales de lucha. Después de todo existen jóvenes que se asumen revolucionarios por usar un polo del Che.


[1] Hace exactamente un año se organizó una marcha hacia el Poder Judicial que se desdibujó, pues la “marcha” consistió en el traslado gratuito en cómodos buses (amable auspicio de las autoridades universitarias) de los alumnos hasta la puerta del Palacio de Justicia.



lunes, 10 de octubre de 2011

Una novela sin remilgos


Por: Jesús Jara

La ciudad de los culpables (2007) es una de esas novelas que, con una fuerza desacostumbrada, ubican al lector en un contexto que varios escritores han intentado narrar no del todo convincentemente. De un tiempo a esta parte, varios narradores han tomado a la guerra interna como un tópico literario más, hasta el punto de convertirlo casi en un subgénero. Si bien es cierto que no se puede obligar al autor a tener una postura de compromiso social, creemos que a nuestro país, a nuestra literatura, le urge, hace mucho tiempo, una actitud diferente. Pues bien, Rafael Inocente no hace uso de un discurso que eluda o teorice el conflicto para darnos a conocer sus ideas. Y con esta novela, se ubica como uno de los referentes de la literatura de la violencia política.
Un personaje afirma que “No deseo crear una leyenda en torno a mí, ni sobre lo que pasé en las mazmorras del fascismo fujimontesinista (…)”. Por supuesto, no lo hace explícitamente, pero en la ficción, sí. La ciudad se nos presenta, a través de las cuatro historias estructuradas fragmentariamente, como un lugar que impone sus propias leyes, leyes que no obedecen al bien común, sino que reflejan la sectorización de un país controlado por un gobierno de terror, intolerante y represivo. Por si esto fuera poco, la sociedad es caracterizada –a través, sobre todo, de la mirada de Orlando Zapata, uno de los personajes centrales de la obra –, como alienada, con esas caricaturas humanas que viven de la moda, del lujo, del engaño, de lo material, de las caretas. De todo lo típicamente inservible que busca llenar las zonas vacías en la vida de estos personajes. Y esto lo vemos, en la novela, en la música que unos escuchan, en las tocadas, en la vida universitaria, en los espacios laborales y demás actividades.
La historia es narrada desde la ubicación de cuatro jóvenes: Orlando Zapata, que acaso sea el alter ego del autor, es, como ya se dijo anteriormente, la mirada crítica de la sociedad; Sebastián Estoico, personaje que junto con Lucía Goicochea –madre viuda que, debido a su anterior pareja, inicia una larga filiación política-, nos permiten conocer las reuniones clandestinas que se llevan a cabo en su lugar de trabajo (una fábrica), las cuales darán origen a manifiestos redactados bajo un punto de vista femenino- En éstos, se insta a las mujeres a tomar su papel en el cambio político que el pueblo, ellos/ellas, reclaman. Sus vidas, por tanto, no les pertenecerá a ellos mismos, por más que el amor se vea reflejado en sus ojos, sino que saben perfectamente que el amor, comparado con lo que significan nuestros ideales, es un impedimento para seguir avanzando. Como una presencia que los desvía. Lucía y Sebastián pertenecen al “pueblo”, a toda esa masa de gente que como sus padres, trabaja más de ocho horas diarias, aquella gente sin beneficios laborales y que viven como si tuvieran que cargar con la responsabilidad de un Estado ineficaz y autoritario. Julia Tudela, quien es económicamente la más acomodada en la novela, descubrirá que su realidad es otra, que su propia descendencia es otra. Ni el placer, ni mucho menos el amor, conseguirán cobijarla. El viaje que realiza junto con Orlando a la selva para buscar a su tío Matías es muy importante porque a través de la narración que realiza, descubrimos cómo se desenvuelve, socialmente, esta parte de nuestro país. Prácticamente es un pequeño reflejo de lo que se vive en la ciudad.
Casi al final del relato, Orlando descubre unas cartas que un amigo suyo, "el arótico Fuentes", le escribiese durante su estadía en la cárcel. Cartas que por muy afectivas que nos parezcan, dejan en las páginas finales de la novela un aura de desilusión, de oscuridad, un testimonio de vidas truncas, de vidas que nunca se pertenecieron a sí mismas. La historia que contiene las cartas es la de cuatro jóvenes que tuvieron que sobrevivir el período más complicado de la historia de nuestro país. Por lo tanto, creemos que Rafael Inocente ha escrito una novela necesaria, una novela que solo puede estar emparentada con esos pocos libros que tienen al verdadero personaje peruano, al verdadero personaje nuestro, como eje principal.
Novela de inmigrantes. Novela de mestizos. Novela clasista, si quieren llamarla así. Novela fragmentaria, como la vida misma. Novela de denuncia. El libro de Inocente nos da una mirada interesante porque es distinta. No cae en lugares comunes, ni en apologías innecesarias. Aun cuando Javier Ágreda afirme que se acerca al panfleto político. Se centra, más bien, en personajes que están al margen, aunque por esa misma razón sean centrales. Solo el tiempo ubicará a las novelas que intentaron narrarnos la guerra civil desde una perspectiva más auténtica. Sin los remilgos de algunos, ni las explicaciones antropológicas de otros.

Rafael Inocente. La ciudad de los culpables. Lima, Editorial Zignos, 2007

miércoles, 5 de octubre de 2011

EL RONSOCO ILUSTRADO - Columna

Cuando los lumpen vienen de arriba

Por: Javier Garvich



Decía hace años Julio Ramón Ribeyro que teníamos la clase dominante más analfabeta del mundo, y no lo decía como elogio. Los que hemos estudiado ciencias sociales alguna vez nos topamos con la sentencia que en el Perú nunca hubo clase dirigente sino apenas clase dominante. En los últimos diez años, en pleno auge económico, no solo no vemos una clase dominante dinámica o de amplio vuelo, ni cosmopolita ni mucho menos culta. Más bien todo lo contrario, si nos acercamos al inframundo de las hinchadas pitucas de los palcos de Occidente. O tempora, o mores!

Más que buscar historiadores o heráldicos, la lectura de Manuel González Prada es esclarecedora para entender la pobreza cultural y la pequeñez moral de las grandes familias que gobernaron el Perú. Sea en Horas de Lucha, Páginas libres o Figuras y figurones; entendemos que muy poco podíamos esperar de familias que se hicieron ricas engañando al Estado en el cobro de indemnizaciones por la guerra de la Independencia o la manumisión de esclavos. Si uno disfruta La vie parisienne de Offembach, disfrutará también la escena en la que un opulento peruano (vendedor de guano, seguramente) intenta dárselas de gran señor en un salón parisino, con todos los defectos del nuevo rico y la autosuficiencia que da la ignorancia. Durante la Guerra del Pacífico, nuestra oligarquía no solamente se negó a financiar la defensa nacional aplicándose un impuesto a la renta, sino que protagonizó tremendos actos de cobardía y colaboracionismo con el enemigo.

Si bien es cierto que algunas familias se dedicaron con bastante más ahínco al estudio e investigación del desconocido Perú de entonces, también es cierto que siempre primaba ese espíritu de casta que los distanciaba del mainstream intelectual de su tiempo. Cuando la Universidad de San Marcos empieza a abordar temas centrales del país (cambios en los paradigmas teóricos acompañados de una praxis más política), los profesionales adinerados responden creando universidades privadas (la Católica y la Cayetano Heredia) para poder seguir manteniendo unas élites “incontaminadas” con las nuevas ideas que aprendían en los claustros. Esas conductas terminaron aislándolas del resto del país y cuando Velasco atacó sus intereses, lo hizo con la aprobación general de la población.

Menguado el poder de la rancia oligarquía, uno pensó las nuevas generaciones de empresarios serían más cercanas al común de la población. En cierta manera lo eran porque la guerra interna había producido una gran emigración de los retoños de las familias patricias de antaño y ese vacío fue llenado por los representantes de un capitalismo emergente, más “popular” y más “cholo”. El último cuarto de siglo se vivió bajo el discurso de los “emprendedores”, pequeños empresarios que casi de la nada empezaron a construir emporios y a tejer nuevas y sólidas alianzas con el poder.

Sin embargo, esta nueva clase dominante se consolida al amparo de la corrupción del régimen fujimorista, medrando en una informalidad rayana en la ilegalidad, bajo una cultura inmemorial de no pagar impuestos o saber evitarlos, con una conformación empresarial que se alimenta de los bajos salarios y las precarias condiciones de la gran mayoría de los trabajadores peruanos y con apreciables contactos con el sector narcoexportador nacional.

Pero además, se trata de un sector que, de tener raíces en el interior del país, prefiere ocultarlas y más bien seguir legitimando el discurso racista y discriminador. Se busca un blanqueo a toda costa, sea pasando largas estancias en los EEUU, sea la búsqueda desesperada de pareja en el Pozuzo o en la costa norte. El orgullo por lo peruano es un orgullo de casta, el orgullo del patrón que te enseña las bondades de su hacienda apropiándose del trabajo de los demás. Orgullo superficial además porque, como sabéis, el capital no tiene bandera.

Finalmente, como bien ha señalado el sociólogo Aldo Panfichi, los jóvenes de sectores acaudalados no toman en serio la administración de justicia. Es algo casi natural producto de una cultura de la impunidad que se ha establecido en el Perú en el último cuarto de siglo. Mucho Código y mucho hablar del Estado de Derecho, pero en la práctica, sale bien librado quien tiene más dinero y mejores contactos. Este desbarajuste ético se refleja en la incuria de nuestra clase política, en los proverbiales abusos de autoridad, en unos medios de comunicación serviles e hipotecados al poder y en un poder judicial erosionado largo tiempo por la corrupción campante.

Si en el caso de cohecho de altos funcionarios del Estado se pierden o manipulan USB’s con increíble normalidad, si en el caso de escuchas ilegales nadie quiere tocar a las instituciones militares que han tolerado dichas prácticas, si el lavado de dinero del narcotráfico ha llegado en el Perú a niveles monstruosos y nadie quiere ir más allá de la media denuncia y la acusación pasiva ¿Cómo extrañarse que en el caso de un homicidio incalificable en el estadio Monumental la empresa gestora de los palcos diga que no tiene videos de seguridad, que a uno de los acusados cierta prensa ya lo esté “limpiando” y que quieran salvar la cabeza de los asesinos mediante la autoinculpación de un infeliz a cambio de un buen puñado de dólares y el padrinazgo en la educación de sus hijos?

En un país donde lo más granado de nuestra pituquería paga poquísimos impuestos, evade responsabilidades mediante comisiones dolosas y genera ganancias a costa de una mano de obra precaria, indefensa y sin derechos que conforma casi el 80% de toda la población laboral; la lumpenería no es una excepción de chiquillos malcriados con plata, sino la extensión de una triste forma de vivir, trabajar, enriquecerse y gozar en el Perú.



Nota: El profesor Javier Garvich publicará su columna EL RONSOCO ILUSTRADO, todos los meses, en este blog.

lunes, 3 de octubre de 2011

La marca Perú: el no logo lorcho



Por: Bruno Yika Zapata

Una vez escuché decir a Gastón Acurio que hubiera preferido que el local donde se ubica la Casa de la Literatura Peruana fuese utilizado para poner un mercado donde vender productos para los turistas. En otras palabras: como los libros no “venden”, entonces a desecharlos dado que no generan ganancias en metálico.

Este tipo de discursos forman parte de toda una ideología impulsada con mucho ahínco desde el gobierno del ex presidente García. Su máxima expresión es la tan marketeada marca Perú; no teniendo mejor idea que promocionarla a través de un spot televisivo realizado en una ciudad llamada Perú pero en Nebraska, Estados Unidos.

En dicho spot se observan algunos personajes reconocidos en el exterior (Magaly Solier); o que su fama ha trascendido nuestras fronteras (Dina Páucar). Del mismo modo, se observa a Gastón Acurio y a otros “ilustres” personajes enseñando a los “gringos” que tienen el derecho de comer cabrito a la norteña, correr olas (en un lugar donde no las había) o jugar una tómbola donde un cuy es el personaje principal.

Es tipo de ideología fomenta la construcción de una serie de identidades lights, las mismas que buscan crear un sentido de pertenencia basado en el consumo por lo nuestro[1]. Otro tipo de expresiones identitarias, como las expresadas por la Confederación Nacional de Comunidades Afectadas por la Minería (CONACAMI), ante la contaminación de los ríos, o la Confederación Andina de Organizaciones Indígenas (CAOI), exigiendo el pleno respeto de la Ley de Consulta Previa, son calificadas como pura expresión de resentimiento social

En síntesis: nos venden la idea de que la cultura = bien comercial (Machu Picchu) y que la identidad = consumo. Algo así como “incas, sí (porque vende); indios, no”, citando el interesante artículo de Cecilia Méndez (IEP, Lima, 1996. Documentos de Trabajo N° 56). Por otro lado, ¿Qué hay detrás de las marcas? Al respecto, el artículo de Juana Gallegos[2] titulado “Digno de Ripley” nos muestra cómo una empresa que cada vez abre más sucursales al interior del país, comete una serie de abusos en contra de sus empleados:

“Abuso sin nombre perpetrados por una empresa que se burla del ministerio de Trabajo, paga en muchos casos 100 soles de sueldo básico, persigue al sindicato con todas las armas a su alcance y puede pagar 73 soles en concepto de horas extras trabajadas durante ocho años” (Pág. 16)


La marca, sea cual fuera, tiene la capacidad de desaparecer todo lo que hay detrás de ella; incluyendo a los empleados que hacen posible la venta de los productos que la representan. La estabilidad laboral no interesa, lo que vale es lo que venden las grandes campañas publicitarias pues todo entra por los ojos.

Este dueto marca / publicidad son dos caras de la misma moneda. Tienen el poder de apelar a la sensibilidad de las personas y hacer que éstas tengan la necesidad de identificarse con la marca o más bien con lo que ella representa. Sin embargo, aquí la paradoja: para acceder a ese “privilegio” tienen que adquirir el producto y para ello no queda otra alternativa que comprarlo. ¿Si no tengo dinero para ello? Simplemente no formas parte del club; siendo excluido del privilegio de la posesión del producto.

Esta nueva forma de integración, a través del consumo, es la que se impulsa a través de la marca Perú. Soy peruano si como ají de gallina, poseo un ekeko para la buena suerte o tomo un buen pisco. Sólo así contribuyo a generar una verdadera “identidad nacional”. Grave error: lo que impulsa esta ideología, entre otros aspectos, es querer invisibilizar la dimensión social de las relaciones humanas. Por tal motivo, no importa si los derechos laborales de los trabajadores de Topy Top son pisoteados, o si los trabajadores de Saga Falabella tienen horarios de trabajo que no les permiten disponer de espacio para dedicarse a otras actividades.  



Nota. Si desean, pueden revisar la página web de:


[1] Ello quiere decir que nos quieren “meter” en nuestra mente que el Perú es primero en todo: en comida, en boxeo o que tenemos uno de los mejores torneos de fútbol. Pero aquí viene la paradoja: somos primeros en gastronomía o en tener grandes restaurantes pero la desnutrición alcanza un 32.8 % en el campo y la anemia un 50.4% (ENDES 2009).
[2] En: Semanario Hildebrant en sus trece. Año 2, Número 68 del viernes 12 de agosto del 2011.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Amigos



Por: Jesús Jara[1]
Sección Narrativa

Sin explicación alguna, Susan dejó las cartas sobre la mesa e intentó besarme. Viéndola acercar su rostro al mío, me puse de pie y la increpé. Pero cuál es el problema, preguntó. Yo cogí mi casaca de la silla y salí de su departamento. En el ascensor, la sensación de lástima por perder otra buena amistad.

A veces me dicen que hago mal en accionar como comúnmente lo hago. Pero qué pueden saber ellos. Sus intromisiones  solo son frases que ellos mismos desearían escuchar y realizar y que, al no conseguir lo que estúpidamente se proponen, te palmean el hombro, te miran directamente a los ojos y te dicen escucha este consejo.

-No, no tengo celular.
-¿Correo?
-Tampoco. Solo uso la computadora para escribir.
-¿Puedo visitarte?
-El trabajo hace que esté todo el día afuera.
-¿Podemos encontrarnos en un lugar, entonces?
-No creo, mi horario es bien complicado.
-Bueno, está bien. Otro día hablamos.
-Está bien.

Ese día, en que creyó verla entre ese gentío, quiso acercarse y preguntarle cómo se encontraba después de tanto tiempo. Y a punto estaba, cuando la chica dio vuelta y mostró completamente su rostro. No. No era ella. Inmediatamente, se preguntó: ¿Esto es algo malo o bueno?


No sé por qué, a veces, acepto salir con mujeres que no me interesan. La misma rutina conversacional que carece de sentido. El sexo, ilusorio refugio. No, no puedo estar contigo, Alexandra. ¿Hay otra mujer?, pregunta con unas lágrimas que caen. No hay ninguna mujer. ¿Entonces? Pues eso mismo, no hay ninguna mujer. No te preocupes, yo pago la cena. Nos vemos mañana en el trabajo.


De Argentina, ha llegado Pamela. Días antes se había contactado conmigo para preguntarme si podría quedarse a vivir en mi departamento. Ninguno de sus amigos, a excepción de mí, contaba con la independencia temprana que yo tenía. Solo serán unos días, y esperando que fuese así, está bien, puedes quedarte aquí. Solo te pido que me traigas algún recuerdo. Luego, ella colgó el teléfono y yo empecé a arreglar el desorden de los diferentes cuartos.


Tomo un taxi. Directo al aeropuerto. Le pido al chofer que apague el radio y miro las calles de noche a través de la ventana. Las gotas de la llovizna se estrellan contra la luna. Me pregunto cuándo empieza, verdaderamente, la vida de un hombre. ¿Cuál es ese inicio? No me pregunto por el final, porque sé que esto lo más seguro.


Lo que más recuerda: esa, su sonrisa. No la hora ni nada de lo que pudo haber alrededor de ellos. Solo esa sonrisa. Al despertar, descubre que la habitación aún continua oscura, salvo por la tenue luz que llega de algún alumbrado eléctrico. A pesar de la hora -¿tres, cuatro de la madrugada?- algunos autos pasan raudamente. A su diestra, Jesica duerme tranquila sobre la almohada. No desea molestarla. Al voltear la mirada, ella va alejándose. Abre la puerta –ahora se cierra- y desaparece por el corredor. Él se pone de pie, y al abrir la puerta, despierta otra vez. Ahí está Jesica que todavía duerme a su costado, esta vez con la cabeza recostada sobre su pecho.


Los días pasan normales. Pamela está muy hermosa, no puedo negarlo. Dejó de tener el cabello lacio oscuro para tener uno castaño y ondulado. Su figura presenta más curvas que linealidades. Todos los días, ella prepara el desayuno. Me despierta del mueble y yo la veo con ese babydoll crema. No revelo mi sorpresa, acaso para ella esto le resultase común y, para mí, también tenía que ser igual. Además, no recuerdo atracción alguna por parte de los dos en nuestros tiempos juveniles. Mientras la veo hacer, sus largas piernas parecen brillar. Todos los días sucede lo mismo.


En el trabajo, no sé cómo, se han enterado que vivo con Pamela. Algunos empiezan a joder con sus preguntas; otros se muestran reacios a creerlo, ya que cómo este pata solitario, casi autista, puede estar conviviendo con una mujer tan terriblemente bella. Imposible. En el descanso, ahora, Alexandra se acerca casi llorando.

-¿Es verdad?
-¿Qué es verdad?
-Lo que dicen.
-Ah, eso.
-Dime, ¿es cierto o no?
-Sí, sí lo es.
-Me habías dicho que no tenías otra mujer.
-Y así es.
-¿Entonces?
-Escúchame, Alexandra, en verdad escúchame…
-Es que…
-Es que nada. No jodas más. No sé por qué te empecinas en seguirme cuando nunca te he dado cabida.

Y empieza a llorar otra vez, otra vez más. La miro con desprecio. Vuelvo al trabajo.


-El problema con las personas es que creen necesitar de alguien. No importa el rostro, el nombre. Gran parte de su vida consiste en encontrar a esa falsa persona, a esa falsa compañía.
-¿Y tú no?
-Claro que no. Rendir explicaciones a alguien, justificar mis estupideces, no, no lo necesito. Prefiero ser el mismo despreocupado de siempre.
-¿Y la flaca con la que vives?
-¿Qué pasa? ¿Quieres que te la presente?
-Sabes a lo que me refiero, huevón.
-Es perfecta y todo, pero no pasa nada.
-¿Y por qué no?
-¿Y por qué tiene que pasar algo?


La volvió a llamar, a pesar de que ella le había casi ordenado, que no lo volviera a hacer, que no la volviera a buscar, que el voltear la página debía ser compartido quiera o no. Pero marcó el mismo número y creyó escuchar otra voz, una más lejana, nada idéntica. ¿Aló? ¿Aló? ¿Quién habla?... Yo, yo, te llama… ¡Carajo! ¿Otra vez? ¡Ya te he dicho! ¡No me vuelvas a llamar! –No, no es su voz, no es la misma que se dirigía a mí- ¿Acaso no entiendes? Ya tengo otra vida. ¿Tan mierda es la tuya para que molestes a cada rato? No te he llamado para intentar volver. ¿Entonces? Solo para escucharte. ¿¡Ah!? ¿Estás loco? –Definitivamente no es su voz- Creo que sí. No vuelvas a joder más, ¿quieres? ¡Adiós! Y como leí en un cuento una vez, ¡qué horrible es que te cuelguen el teléfono cuando uno espera algo más de otra persona!


Con el día de hoy serían casi tres semanas. La frase de Pamela me sorprendió. Ella había regresado de una fiesta con sus amigas y el tufo que expedía hacía confirmar que la había pasado bien. ¿A dónde fueron? Un rato a Barranco. ¿Un rato? Sí, un rato. Estuvimos con un grupo de chicos que conocimos en uno de los bares y simpatizamos de lo más bien. Uno de ellos me pareció tremendamente guapo. Me invitó a su departamento y ahí estuvimos –Con su caminar zigzagueante, logra sentarse a mi lado en el sofá- tomando y tomando. El muy boludo tomaba y tomaba como loco. Para el que no sabe tomar, y quiere tirar, pues que no tome y punto, que empiece a desnudar a la mujer que tiene y ya, todo es más fácil. Pero este tarado seguía en lo mismo. Cuando creyó estar listo, se acerca a mí y empezamos con los tocamientos. Quería que me lo hiciera ya, ¡ya!, pero su erección duró apenas unos minutos. Ni siquiera nos habíamos quitado lo que llevábamos puesto. Luego, todo borracho, empieza a disculparse -Se quita los tacos, su blusa y se recuesta en mi hombro-. ¡Empieza a llorar! ¡A llorar! –Se ríe, de las sonrisas pasa a las carcajadas- Y eso no es nada, el pobre se arrodilla y gateando, quiere llegar a mí para pedirme disculpas. Lo dejé ahí, ¡qué patético! Vuelvo al Perú y al primer hombre que quiero que me encame, sucede todo lo que te he contado. ¡Tremendo quilombo! –Pasa su cabeza por mi rostro, sus labios rozan mi quijada-. ¿Qué pasa? ¿Por qué te vas? Es que supongo que quieres descansar. Recuéstate ahí, ahora te bajo un cubrecama para el frío. Che, ¿qué pasa? ¿Estás huyendo? No, Pamela. Entonces, vení aquí. Quedate conmigo. Tengo enamorada, Pamela. Jajaja. Vos, sí que estás cagado, ah. En primer lugar, lo que me dices es mentira. Y en segundo lugar, si la tuvieras, ¿te estoy pidiendo que la dejes? –Con cuidado se pone de pie, se quita la minifalda y todo lo que resta-. ¿O venís o voy hacia vos? Tenía el sexo duro. La desnudez de Pamela es sorprendente. Sus pechos formaban esa línea que tienen los buenos pechos. Su vientre, muy marcado, me invitaba a ella-. ¿Ya? ¿No te atraigo? ¿Quieres otra cosa? -Se da vuelta y, apoyándose del mueble, se inclina ofreciéndome su culo en un casi perfecto ángulo de noventa grados-. ¿No te gusta? Veo cómo introduce los dedos, cómo luego de humedecerlos con su boca, vuelve a introducirlos. Veo cómo se da fuertes palmadas en sus nalgas. Veo cómo aprieta sus senos. Cómo llama con diferentes tonalidades sensuales mi nombre. La veo. Doy el primer paso y camino. Ella dibuja por fin una sonrisa excitada que rápidamente troca en una de desprecio. ¿Te vas? Puta, huevón, ¡no puedo creerlo! ¡No puedo creerlo! Vuelvo mañana, Pamela. Nos vemos. Y cierro la puerta.


-¿Qué haces aquí?
-¿Puedo pasar?
La voz cansada de Miguel recién parecía despertar. No lo culpo. Lo único que se puede oír son las onomatopeyas de la noche.
-¿Qué pasó? ¿Están tirando en tu cama?
-Ya, huevón, déjame entrar que me cago de frío.
Nos sentamos en el living de su departamento. Saco una botella de pisco y empezamos a beber. Vaso tras vaso, el sueño nos vence.
-O sea que te fugaste. ¡Qué cagón, ah!
-No sé lo que me pasa, causa. En verdad no lo sé.
-Pareces peor que virgen. ¿Acaso ya no has tirado? No creo conversar con un pata que se siga masturbando.
-Hasta me da vergüenza volver a mi depa.
-Si quieres voy y me quedo yo a vivir ahí. Con ese mujerón que tienes ahí uno no debe tener verga para no hacer nada.


No volví a mi departamento hasta el domingo en la noche. Me quedé en un viejo hotel del centro. Cuando ingresé, el lugar estaba vacío. No había rastro de Pamela, salvo su cepillo de dientes olvidado en el baño. Podía sentir su olor, ese perfume que la caracterizaría siempre a partir de ahora. No, no había nada más de ella. Lo único que hice fue dormir y dormir. Mañana la misma jodida costumbre de levantarse temprano para formar parte de ese cúmulo que cree que rompiéndose el cuerpo, logrará buenos resultados a futuro. Renunciaré mañana mismo y punto.


Luego de su nuevo rechazo –y esta vez definitivo tanto para ella como para mí-, tuve que aprovechar el tiempo que me quedaba –y de sobra- en algo productivo. No me hundiría nuevamente en ese harto conocido pozo de lamentos y de mentiras. Basta de leer y leer, y a escribir. Me puse a pensar en qué, y pensé que en el mundo de las amistades siempre afloraría algo por más minúsculo que esto sea.



[1] Jesús Jara ha publicado el libro de cuentos Amor a quemarropa. Lima, Editorial Casatomada, 2009.

martes, 2 de agosto de 2011

Dígame usted, señor periodista


Sobre el manejo de información y el modo de informar

Por: Rómulo Torre Toro
El 28 de julio no trajo solamente las novedades del mensaje de Humala y la lamentable actuación de Martha Chávez, no solamente la expulsión de Carlos Bruce de Perú Posible y la juramentación de los nuevos ministros. Uno de los invitados a la transmisión de mando vino con cola.  Una cola que generó la airada reacción del diario Correo y una nota preocupada en la revista “Domingo” del diario La República. Rafael Correa llegó a Lima y, con él, el problema de la prensa y la libertad de expresión.
El problema, todos lo saben, no es una novedad y mucho menos exclusivo del Ecuador. Es un problema que afecta a todas las sociedades en el mundo y que está ligado a las relaciones de poder que pugnan dentro de ellas. El asunto es que en Ecuador se ha tomado ya una decisión al respecto: el juicio. Correa ha optado por demandar al diario más importante del país norteño, exigirle una reparación de ochenta mil dólares y cerrarles la boca por lo que él llama difamación y mal uso de la libertad de expresión. Podemos criticar esta posición y tildarla de autoritaria, rasgarnos las vestiduras y clamar justicia, y hasta graficar nuestra indignación como lo hizo el impresentable Aldo Mariátegui en el diario que dirige. Podemos o no criticar a Correa, pero las cosas están planteadas: ¿qué sucede con la prensa?
O mejor: ¿qué hacer con la prensa?
Para responder a la primera pregunta, es necesario recordar el papel que ha jugado en los últimos años en la formación de una corriente de opinión pública en la sociedad peruana. Un papel que ha estado marcado por aquello que Terry Eagleton llamó la “política del olvido”: hacernos creer que el mundo en que vivimos no tiene pasado ni historia, que carece de fundamentos que lo sostengan y que existe una sola manera de explicarlo. Esto lo vemos muy claramente, por ejemplo, cuando periodistas como Jaime de Althaus o Raúl Vargas “analizan” las noticias. Pensemos por un momento en la masacre de Bagua. Ninguno de los señores mencionados dijo en sus sesudos análisis que sucesos como ése se repiten en nuestro país tan seguido como las novelas de Televisa. Ambos se preocuparon más en demostrar su horror frente a la barbarie, en exigir justicia para las víctimas policiales y en condenar a los pobladores amazónicos. Nadie dijo por qué se produjo el conflicto y, si lo hicieron, fue para reafirmar la conducta irracional de los protestantes y respaldar la postura del Gobierno.
La prensa tiene como pilar de su discurso y de su derecho a la libre expresión, un principio que destaca a cada momento como prueba de su valor: la objetividad. “Panorama”, el programa periodístico más objetivo y veraz. “Cuarto poder”, el poder de la gente. “Sin medias tintas”, la palabra de Dios como garantía. La objetividad de la prensa nos indica a nosotros, los televidentes–oyentes–lectores, que la información que recibimos es tal cual sucedió, que no ha sido recortada o manipulada y, por lo tanto, estamos viendo versiones íntegras de las noticias, versiones que reproducen todo con exactitud o rigurosidad. Nada más falso. El simple hecho de editar la noticia indica que hay algo que se oculta y algo que se exhibe. Y este procedimiento responde a alguna razón que puede ser desde ideológica hasta práctica –en el sentido más acomodaticio de la palabra–: cómo representar el Perú para la gente, qué imagen brindar de nuestro pasado, de nuestro presente y de nuestro futuro a las capas medias y populares. De este modo, se genera una corriente de opinión que se dirige hacia un punto específico, hacia un proyecto de país. Pero, sobre todo, tiene el efecto de generar un modo de razonamiento político, histórico y cultural en los ciudadanos.
Ahí está lo que más nos preocupa.
Porque al saber que estamos a merced de la voluntad y conciencia de Aldo Mariátegui o de Juan Paredes Castro, solo podemos esperar ciudadanos que vivan en el fenómeno del momento, en el reggaetón con más flow, en la moda peruana de la gastronomía y de Machu Picchu, en la preocupación por la alteración en el modelo económico y el status de vida. Lo vimos en las elecciones, donde miles de jóvenes nuevos limeños vivían al borde de un colapso nervioso porque creían que les iban a quitar sus blackberry, sus ipod, o, en el mejor de los casos (los más conscientes), temían perder la posibilidad de decir lo que quisieran. Pero no son los únicos. Muchos adultos y jóvenes creen que la Constitución de 1979  fue la responsable del “atraso nacional” y del “autoritarismo” (¿?) cuando, en muchos casos, no saben qué dice realmente dicho documento. Y se aferran a una Constitución que sirvió de marco legal a la dictadura de Fujimori quien, además, la violó sistemáticamente.
De este modo, podemos estar seguros de que la prensa es uno de los mecanismos que se utiliza mejor para mantener el estado de cosas. Crea miedo, incertidumbre y, por efecto casi newtoniano, genera el desprecio por el otro, por aquellos que son o somos distintos. Pareciera que están empeñados en hacer de los televidentes–oyentes–lectores, una masa homogenizada que reaccione contra cualquier intento por cambiar, por mover la más mínima ficha de su sitio. Lamentablemente, les está dando resultado.
Para terminar, nos queda la segunda respuesta pendiente. En verdad, la segunda respuesta es el objetivo de esta columna: quien quiera que diga qué hacer, qué postura tomar, qué regulaciones seguir o qué garantías adicionales otorgar. Porque después de todo, como dijo Alberto Flores Galindo, la cuestión de fondo es qué país se quiere, en qué país queremos vivir.