miércoles, 5 de octubre de 2011

EL RONSOCO ILUSTRADO - Columna

Cuando los lumpen vienen de arriba

Por: Javier Garvich



Decía hace años Julio Ramón Ribeyro que teníamos la clase dominante más analfabeta del mundo, y no lo decía como elogio. Los que hemos estudiado ciencias sociales alguna vez nos topamos con la sentencia que en el Perú nunca hubo clase dirigente sino apenas clase dominante. En los últimos diez años, en pleno auge económico, no solo no vemos una clase dominante dinámica o de amplio vuelo, ni cosmopolita ni mucho menos culta. Más bien todo lo contrario, si nos acercamos al inframundo de las hinchadas pitucas de los palcos de Occidente. O tempora, o mores!

Más que buscar historiadores o heráldicos, la lectura de Manuel González Prada es esclarecedora para entender la pobreza cultural y la pequeñez moral de las grandes familias que gobernaron el Perú. Sea en Horas de Lucha, Páginas libres o Figuras y figurones; entendemos que muy poco podíamos esperar de familias que se hicieron ricas engañando al Estado en el cobro de indemnizaciones por la guerra de la Independencia o la manumisión de esclavos. Si uno disfruta La vie parisienne de Offembach, disfrutará también la escena en la que un opulento peruano (vendedor de guano, seguramente) intenta dárselas de gran señor en un salón parisino, con todos los defectos del nuevo rico y la autosuficiencia que da la ignorancia. Durante la Guerra del Pacífico, nuestra oligarquía no solamente se negó a financiar la defensa nacional aplicándose un impuesto a la renta, sino que protagonizó tremendos actos de cobardía y colaboracionismo con el enemigo.

Si bien es cierto que algunas familias se dedicaron con bastante más ahínco al estudio e investigación del desconocido Perú de entonces, también es cierto que siempre primaba ese espíritu de casta que los distanciaba del mainstream intelectual de su tiempo. Cuando la Universidad de San Marcos empieza a abordar temas centrales del país (cambios en los paradigmas teóricos acompañados de una praxis más política), los profesionales adinerados responden creando universidades privadas (la Católica y la Cayetano Heredia) para poder seguir manteniendo unas élites “incontaminadas” con las nuevas ideas que aprendían en los claustros. Esas conductas terminaron aislándolas del resto del país y cuando Velasco atacó sus intereses, lo hizo con la aprobación general de la población.

Menguado el poder de la rancia oligarquía, uno pensó las nuevas generaciones de empresarios serían más cercanas al común de la población. En cierta manera lo eran porque la guerra interna había producido una gran emigración de los retoños de las familias patricias de antaño y ese vacío fue llenado por los representantes de un capitalismo emergente, más “popular” y más “cholo”. El último cuarto de siglo se vivió bajo el discurso de los “emprendedores”, pequeños empresarios que casi de la nada empezaron a construir emporios y a tejer nuevas y sólidas alianzas con el poder.

Sin embargo, esta nueva clase dominante se consolida al amparo de la corrupción del régimen fujimorista, medrando en una informalidad rayana en la ilegalidad, bajo una cultura inmemorial de no pagar impuestos o saber evitarlos, con una conformación empresarial que se alimenta de los bajos salarios y las precarias condiciones de la gran mayoría de los trabajadores peruanos y con apreciables contactos con el sector narcoexportador nacional.

Pero además, se trata de un sector que, de tener raíces en el interior del país, prefiere ocultarlas y más bien seguir legitimando el discurso racista y discriminador. Se busca un blanqueo a toda costa, sea pasando largas estancias en los EEUU, sea la búsqueda desesperada de pareja en el Pozuzo o en la costa norte. El orgullo por lo peruano es un orgullo de casta, el orgullo del patrón que te enseña las bondades de su hacienda apropiándose del trabajo de los demás. Orgullo superficial además porque, como sabéis, el capital no tiene bandera.

Finalmente, como bien ha señalado el sociólogo Aldo Panfichi, los jóvenes de sectores acaudalados no toman en serio la administración de justicia. Es algo casi natural producto de una cultura de la impunidad que se ha establecido en el Perú en el último cuarto de siglo. Mucho Código y mucho hablar del Estado de Derecho, pero en la práctica, sale bien librado quien tiene más dinero y mejores contactos. Este desbarajuste ético se refleja en la incuria de nuestra clase política, en los proverbiales abusos de autoridad, en unos medios de comunicación serviles e hipotecados al poder y en un poder judicial erosionado largo tiempo por la corrupción campante.

Si en el caso de cohecho de altos funcionarios del Estado se pierden o manipulan USB’s con increíble normalidad, si en el caso de escuchas ilegales nadie quiere tocar a las instituciones militares que han tolerado dichas prácticas, si el lavado de dinero del narcotráfico ha llegado en el Perú a niveles monstruosos y nadie quiere ir más allá de la media denuncia y la acusación pasiva ¿Cómo extrañarse que en el caso de un homicidio incalificable en el estadio Monumental la empresa gestora de los palcos diga que no tiene videos de seguridad, que a uno de los acusados cierta prensa ya lo esté “limpiando” y que quieran salvar la cabeza de los asesinos mediante la autoinculpación de un infeliz a cambio de un buen puñado de dólares y el padrinazgo en la educación de sus hijos?

En un país donde lo más granado de nuestra pituquería paga poquísimos impuestos, evade responsabilidades mediante comisiones dolosas y genera ganancias a costa de una mano de obra precaria, indefensa y sin derechos que conforma casi el 80% de toda la población laboral; la lumpenería no es una excepción de chiquillos malcriados con plata, sino la extensión de una triste forma de vivir, trabajar, enriquecerse y gozar en el Perú.



Nota: El profesor Javier Garvich publicará su columna EL RONSOCO ILUSTRADO, todos los meses, en este blog.

lunes, 3 de octubre de 2011

La marca Perú: el no logo lorcho



Por: Bruno Yika Zapata

Una vez escuché decir a Gastón Acurio que hubiera preferido que el local donde se ubica la Casa de la Literatura Peruana fuese utilizado para poner un mercado donde vender productos para los turistas. En otras palabras: como los libros no “venden”, entonces a desecharlos dado que no generan ganancias en metálico.

Este tipo de discursos forman parte de toda una ideología impulsada con mucho ahínco desde el gobierno del ex presidente García. Su máxima expresión es la tan marketeada marca Perú; no teniendo mejor idea que promocionarla a través de un spot televisivo realizado en una ciudad llamada Perú pero en Nebraska, Estados Unidos.

En dicho spot se observan algunos personajes reconocidos en el exterior (Magaly Solier); o que su fama ha trascendido nuestras fronteras (Dina Páucar). Del mismo modo, se observa a Gastón Acurio y a otros “ilustres” personajes enseñando a los “gringos” que tienen el derecho de comer cabrito a la norteña, correr olas (en un lugar donde no las había) o jugar una tómbola donde un cuy es el personaje principal.

Es tipo de ideología fomenta la construcción de una serie de identidades lights, las mismas que buscan crear un sentido de pertenencia basado en el consumo por lo nuestro[1]. Otro tipo de expresiones identitarias, como las expresadas por la Confederación Nacional de Comunidades Afectadas por la Minería (CONACAMI), ante la contaminación de los ríos, o la Confederación Andina de Organizaciones Indígenas (CAOI), exigiendo el pleno respeto de la Ley de Consulta Previa, son calificadas como pura expresión de resentimiento social

En síntesis: nos venden la idea de que la cultura = bien comercial (Machu Picchu) y que la identidad = consumo. Algo así como “incas, sí (porque vende); indios, no”, citando el interesante artículo de Cecilia Méndez (IEP, Lima, 1996. Documentos de Trabajo N° 56). Por otro lado, ¿Qué hay detrás de las marcas? Al respecto, el artículo de Juana Gallegos[2] titulado “Digno de Ripley” nos muestra cómo una empresa que cada vez abre más sucursales al interior del país, comete una serie de abusos en contra de sus empleados:

“Abuso sin nombre perpetrados por una empresa que se burla del ministerio de Trabajo, paga en muchos casos 100 soles de sueldo básico, persigue al sindicato con todas las armas a su alcance y puede pagar 73 soles en concepto de horas extras trabajadas durante ocho años” (Pág. 16)


La marca, sea cual fuera, tiene la capacidad de desaparecer todo lo que hay detrás de ella; incluyendo a los empleados que hacen posible la venta de los productos que la representan. La estabilidad laboral no interesa, lo que vale es lo que venden las grandes campañas publicitarias pues todo entra por los ojos.

Este dueto marca / publicidad son dos caras de la misma moneda. Tienen el poder de apelar a la sensibilidad de las personas y hacer que éstas tengan la necesidad de identificarse con la marca o más bien con lo que ella representa. Sin embargo, aquí la paradoja: para acceder a ese “privilegio” tienen que adquirir el producto y para ello no queda otra alternativa que comprarlo. ¿Si no tengo dinero para ello? Simplemente no formas parte del club; siendo excluido del privilegio de la posesión del producto.

Esta nueva forma de integración, a través del consumo, es la que se impulsa a través de la marca Perú. Soy peruano si como ají de gallina, poseo un ekeko para la buena suerte o tomo un buen pisco. Sólo así contribuyo a generar una verdadera “identidad nacional”. Grave error: lo que impulsa esta ideología, entre otros aspectos, es querer invisibilizar la dimensión social de las relaciones humanas. Por tal motivo, no importa si los derechos laborales de los trabajadores de Topy Top son pisoteados, o si los trabajadores de Saga Falabella tienen horarios de trabajo que no les permiten disponer de espacio para dedicarse a otras actividades.  



Nota. Si desean, pueden revisar la página web de:


[1] Ello quiere decir que nos quieren “meter” en nuestra mente que el Perú es primero en todo: en comida, en boxeo o que tenemos uno de los mejores torneos de fútbol. Pero aquí viene la paradoja: somos primeros en gastronomía o en tener grandes restaurantes pero la desnutrición alcanza un 32.8 % en el campo y la anemia un 50.4% (ENDES 2009).
[2] En: Semanario Hildebrant en sus trece. Año 2, Número 68 del viernes 12 de agosto del 2011.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Amigos



Por: Jesús Jara[1]
Sección Narrativa

Sin explicación alguna, Susan dejó las cartas sobre la mesa e intentó besarme. Viéndola acercar su rostro al mío, me puse de pie y la increpé. Pero cuál es el problema, preguntó. Yo cogí mi casaca de la silla y salí de su departamento. En el ascensor, la sensación de lástima por perder otra buena amistad.

A veces me dicen que hago mal en accionar como comúnmente lo hago. Pero qué pueden saber ellos. Sus intromisiones  solo son frases que ellos mismos desearían escuchar y realizar y que, al no conseguir lo que estúpidamente se proponen, te palmean el hombro, te miran directamente a los ojos y te dicen escucha este consejo.

-No, no tengo celular.
-¿Correo?
-Tampoco. Solo uso la computadora para escribir.
-¿Puedo visitarte?
-El trabajo hace que esté todo el día afuera.
-¿Podemos encontrarnos en un lugar, entonces?
-No creo, mi horario es bien complicado.
-Bueno, está bien. Otro día hablamos.
-Está bien.

Ese día, en que creyó verla entre ese gentío, quiso acercarse y preguntarle cómo se encontraba después de tanto tiempo. Y a punto estaba, cuando la chica dio vuelta y mostró completamente su rostro. No. No era ella. Inmediatamente, se preguntó: ¿Esto es algo malo o bueno?


No sé por qué, a veces, acepto salir con mujeres que no me interesan. La misma rutina conversacional que carece de sentido. El sexo, ilusorio refugio. No, no puedo estar contigo, Alexandra. ¿Hay otra mujer?, pregunta con unas lágrimas que caen. No hay ninguna mujer. ¿Entonces? Pues eso mismo, no hay ninguna mujer. No te preocupes, yo pago la cena. Nos vemos mañana en el trabajo.


De Argentina, ha llegado Pamela. Días antes se había contactado conmigo para preguntarme si podría quedarse a vivir en mi departamento. Ninguno de sus amigos, a excepción de mí, contaba con la independencia temprana que yo tenía. Solo serán unos días, y esperando que fuese así, está bien, puedes quedarte aquí. Solo te pido que me traigas algún recuerdo. Luego, ella colgó el teléfono y yo empecé a arreglar el desorden de los diferentes cuartos.


Tomo un taxi. Directo al aeropuerto. Le pido al chofer que apague el radio y miro las calles de noche a través de la ventana. Las gotas de la llovizna se estrellan contra la luna. Me pregunto cuándo empieza, verdaderamente, la vida de un hombre. ¿Cuál es ese inicio? No me pregunto por el final, porque sé que esto lo más seguro.


Lo que más recuerda: esa, su sonrisa. No la hora ni nada de lo que pudo haber alrededor de ellos. Solo esa sonrisa. Al despertar, descubre que la habitación aún continua oscura, salvo por la tenue luz que llega de algún alumbrado eléctrico. A pesar de la hora -¿tres, cuatro de la madrugada?- algunos autos pasan raudamente. A su diestra, Jesica duerme tranquila sobre la almohada. No desea molestarla. Al voltear la mirada, ella va alejándose. Abre la puerta –ahora se cierra- y desaparece por el corredor. Él se pone de pie, y al abrir la puerta, despierta otra vez. Ahí está Jesica que todavía duerme a su costado, esta vez con la cabeza recostada sobre su pecho.


Los días pasan normales. Pamela está muy hermosa, no puedo negarlo. Dejó de tener el cabello lacio oscuro para tener uno castaño y ondulado. Su figura presenta más curvas que linealidades. Todos los días, ella prepara el desayuno. Me despierta del mueble y yo la veo con ese babydoll crema. No revelo mi sorpresa, acaso para ella esto le resultase común y, para mí, también tenía que ser igual. Además, no recuerdo atracción alguna por parte de los dos en nuestros tiempos juveniles. Mientras la veo hacer, sus largas piernas parecen brillar. Todos los días sucede lo mismo.


En el trabajo, no sé cómo, se han enterado que vivo con Pamela. Algunos empiezan a joder con sus preguntas; otros se muestran reacios a creerlo, ya que cómo este pata solitario, casi autista, puede estar conviviendo con una mujer tan terriblemente bella. Imposible. En el descanso, ahora, Alexandra se acerca casi llorando.

-¿Es verdad?
-¿Qué es verdad?
-Lo que dicen.
-Ah, eso.
-Dime, ¿es cierto o no?
-Sí, sí lo es.
-Me habías dicho que no tenías otra mujer.
-Y así es.
-¿Entonces?
-Escúchame, Alexandra, en verdad escúchame…
-Es que…
-Es que nada. No jodas más. No sé por qué te empecinas en seguirme cuando nunca te he dado cabida.

Y empieza a llorar otra vez, otra vez más. La miro con desprecio. Vuelvo al trabajo.


-El problema con las personas es que creen necesitar de alguien. No importa el rostro, el nombre. Gran parte de su vida consiste en encontrar a esa falsa persona, a esa falsa compañía.
-¿Y tú no?
-Claro que no. Rendir explicaciones a alguien, justificar mis estupideces, no, no lo necesito. Prefiero ser el mismo despreocupado de siempre.
-¿Y la flaca con la que vives?
-¿Qué pasa? ¿Quieres que te la presente?
-Sabes a lo que me refiero, huevón.
-Es perfecta y todo, pero no pasa nada.
-¿Y por qué no?
-¿Y por qué tiene que pasar algo?


La volvió a llamar, a pesar de que ella le había casi ordenado, que no lo volviera a hacer, que no la volviera a buscar, que el voltear la página debía ser compartido quiera o no. Pero marcó el mismo número y creyó escuchar otra voz, una más lejana, nada idéntica. ¿Aló? ¿Aló? ¿Quién habla?... Yo, yo, te llama… ¡Carajo! ¿Otra vez? ¡Ya te he dicho! ¡No me vuelvas a llamar! –No, no es su voz, no es la misma que se dirigía a mí- ¿Acaso no entiendes? Ya tengo otra vida. ¿Tan mierda es la tuya para que molestes a cada rato? No te he llamado para intentar volver. ¿Entonces? Solo para escucharte. ¿¡Ah!? ¿Estás loco? –Definitivamente no es su voz- Creo que sí. No vuelvas a joder más, ¿quieres? ¡Adiós! Y como leí en un cuento una vez, ¡qué horrible es que te cuelguen el teléfono cuando uno espera algo más de otra persona!


Con el día de hoy serían casi tres semanas. La frase de Pamela me sorprendió. Ella había regresado de una fiesta con sus amigas y el tufo que expedía hacía confirmar que la había pasado bien. ¿A dónde fueron? Un rato a Barranco. ¿Un rato? Sí, un rato. Estuvimos con un grupo de chicos que conocimos en uno de los bares y simpatizamos de lo más bien. Uno de ellos me pareció tremendamente guapo. Me invitó a su departamento y ahí estuvimos –Con su caminar zigzagueante, logra sentarse a mi lado en el sofá- tomando y tomando. El muy boludo tomaba y tomaba como loco. Para el que no sabe tomar, y quiere tirar, pues que no tome y punto, que empiece a desnudar a la mujer que tiene y ya, todo es más fácil. Pero este tarado seguía en lo mismo. Cuando creyó estar listo, se acerca a mí y empezamos con los tocamientos. Quería que me lo hiciera ya, ¡ya!, pero su erección duró apenas unos minutos. Ni siquiera nos habíamos quitado lo que llevábamos puesto. Luego, todo borracho, empieza a disculparse -Se quita los tacos, su blusa y se recuesta en mi hombro-. ¡Empieza a llorar! ¡A llorar! –Se ríe, de las sonrisas pasa a las carcajadas- Y eso no es nada, el pobre se arrodilla y gateando, quiere llegar a mí para pedirme disculpas. Lo dejé ahí, ¡qué patético! Vuelvo al Perú y al primer hombre que quiero que me encame, sucede todo lo que te he contado. ¡Tremendo quilombo! –Pasa su cabeza por mi rostro, sus labios rozan mi quijada-. ¿Qué pasa? ¿Por qué te vas? Es que supongo que quieres descansar. Recuéstate ahí, ahora te bajo un cubrecama para el frío. Che, ¿qué pasa? ¿Estás huyendo? No, Pamela. Entonces, vení aquí. Quedate conmigo. Tengo enamorada, Pamela. Jajaja. Vos, sí que estás cagado, ah. En primer lugar, lo que me dices es mentira. Y en segundo lugar, si la tuvieras, ¿te estoy pidiendo que la dejes? –Con cuidado se pone de pie, se quita la minifalda y todo lo que resta-. ¿O venís o voy hacia vos? Tenía el sexo duro. La desnudez de Pamela es sorprendente. Sus pechos formaban esa línea que tienen los buenos pechos. Su vientre, muy marcado, me invitaba a ella-. ¿Ya? ¿No te atraigo? ¿Quieres otra cosa? -Se da vuelta y, apoyándose del mueble, se inclina ofreciéndome su culo en un casi perfecto ángulo de noventa grados-. ¿No te gusta? Veo cómo introduce los dedos, cómo luego de humedecerlos con su boca, vuelve a introducirlos. Veo cómo se da fuertes palmadas en sus nalgas. Veo cómo aprieta sus senos. Cómo llama con diferentes tonalidades sensuales mi nombre. La veo. Doy el primer paso y camino. Ella dibuja por fin una sonrisa excitada que rápidamente troca en una de desprecio. ¿Te vas? Puta, huevón, ¡no puedo creerlo! ¡No puedo creerlo! Vuelvo mañana, Pamela. Nos vemos. Y cierro la puerta.


-¿Qué haces aquí?
-¿Puedo pasar?
La voz cansada de Miguel recién parecía despertar. No lo culpo. Lo único que se puede oír son las onomatopeyas de la noche.
-¿Qué pasó? ¿Están tirando en tu cama?
-Ya, huevón, déjame entrar que me cago de frío.
Nos sentamos en el living de su departamento. Saco una botella de pisco y empezamos a beber. Vaso tras vaso, el sueño nos vence.
-O sea que te fugaste. ¡Qué cagón, ah!
-No sé lo que me pasa, causa. En verdad no lo sé.
-Pareces peor que virgen. ¿Acaso ya no has tirado? No creo conversar con un pata que se siga masturbando.
-Hasta me da vergüenza volver a mi depa.
-Si quieres voy y me quedo yo a vivir ahí. Con ese mujerón que tienes ahí uno no debe tener verga para no hacer nada.


No volví a mi departamento hasta el domingo en la noche. Me quedé en un viejo hotel del centro. Cuando ingresé, el lugar estaba vacío. No había rastro de Pamela, salvo su cepillo de dientes olvidado en el baño. Podía sentir su olor, ese perfume que la caracterizaría siempre a partir de ahora. No, no había nada más de ella. Lo único que hice fue dormir y dormir. Mañana la misma jodida costumbre de levantarse temprano para formar parte de ese cúmulo que cree que rompiéndose el cuerpo, logrará buenos resultados a futuro. Renunciaré mañana mismo y punto.


Luego de su nuevo rechazo –y esta vez definitivo tanto para ella como para mí-, tuve que aprovechar el tiempo que me quedaba –y de sobra- en algo productivo. No me hundiría nuevamente en ese harto conocido pozo de lamentos y de mentiras. Basta de leer y leer, y a escribir. Me puse a pensar en qué, y pensé que en el mundo de las amistades siempre afloraría algo por más minúsculo que esto sea.



[1] Jesús Jara ha publicado el libro de cuentos Amor a quemarropa. Lima, Editorial Casatomada, 2009.

martes, 2 de agosto de 2011

Dígame usted, señor periodista


Sobre el manejo de información y el modo de informar

Por: Rómulo Torre Toro
El 28 de julio no trajo solamente las novedades del mensaje de Humala y la lamentable actuación de Martha Chávez, no solamente la expulsión de Carlos Bruce de Perú Posible y la juramentación de los nuevos ministros. Uno de los invitados a la transmisión de mando vino con cola.  Una cola que generó la airada reacción del diario Correo y una nota preocupada en la revista “Domingo” del diario La República. Rafael Correa llegó a Lima y, con él, el problema de la prensa y la libertad de expresión.
El problema, todos lo saben, no es una novedad y mucho menos exclusivo del Ecuador. Es un problema que afecta a todas las sociedades en el mundo y que está ligado a las relaciones de poder que pugnan dentro de ellas. El asunto es que en Ecuador se ha tomado ya una decisión al respecto: el juicio. Correa ha optado por demandar al diario más importante del país norteño, exigirle una reparación de ochenta mil dólares y cerrarles la boca por lo que él llama difamación y mal uso de la libertad de expresión. Podemos criticar esta posición y tildarla de autoritaria, rasgarnos las vestiduras y clamar justicia, y hasta graficar nuestra indignación como lo hizo el impresentable Aldo Mariátegui en el diario que dirige. Podemos o no criticar a Correa, pero las cosas están planteadas: ¿qué sucede con la prensa?
O mejor: ¿qué hacer con la prensa?
Para responder a la primera pregunta, es necesario recordar el papel que ha jugado en los últimos años en la formación de una corriente de opinión pública en la sociedad peruana. Un papel que ha estado marcado por aquello que Terry Eagleton llamó la “política del olvido”: hacernos creer que el mundo en que vivimos no tiene pasado ni historia, que carece de fundamentos que lo sostengan y que existe una sola manera de explicarlo. Esto lo vemos muy claramente, por ejemplo, cuando periodistas como Jaime de Althaus o Raúl Vargas “analizan” las noticias. Pensemos por un momento en la masacre de Bagua. Ninguno de los señores mencionados dijo en sus sesudos análisis que sucesos como ése se repiten en nuestro país tan seguido como las novelas de Televisa. Ambos se preocuparon más en demostrar su horror frente a la barbarie, en exigir justicia para las víctimas policiales y en condenar a los pobladores amazónicos. Nadie dijo por qué se produjo el conflicto y, si lo hicieron, fue para reafirmar la conducta irracional de los protestantes y respaldar la postura del Gobierno.
La prensa tiene como pilar de su discurso y de su derecho a la libre expresión, un principio que destaca a cada momento como prueba de su valor: la objetividad. “Panorama”, el programa periodístico más objetivo y veraz. “Cuarto poder”, el poder de la gente. “Sin medias tintas”, la palabra de Dios como garantía. La objetividad de la prensa nos indica a nosotros, los televidentes–oyentes–lectores, que la información que recibimos es tal cual sucedió, que no ha sido recortada o manipulada y, por lo tanto, estamos viendo versiones íntegras de las noticias, versiones que reproducen todo con exactitud o rigurosidad. Nada más falso. El simple hecho de editar la noticia indica que hay algo que se oculta y algo que se exhibe. Y este procedimiento responde a alguna razón que puede ser desde ideológica hasta práctica –en el sentido más acomodaticio de la palabra–: cómo representar el Perú para la gente, qué imagen brindar de nuestro pasado, de nuestro presente y de nuestro futuro a las capas medias y populares. De este modo, se genera una corriente de opinión que se dirige hacia un punto específico, hacia un proyecto de país. Pero, sobre todo, tiene el efecto de generar un modo de razonamiento político, histórico y cultural en los ciudadanos.
Ahí está lo que más nos preocupa.
Porque al saber que estamos a merced de la voluntad y conciencia de Aldo Mariátegui o de Juan Paredes Castro, solo podemos esperar ciudadanos que vivan en el fenómeno del momento, en el reggaetón con más flow, en la moda peruana de la gastronomía y de Machu Picchu, en la preocupación por la alteración en el modelo económico y el status de vida. Lo vimos en las elecciones, donde miles de jóvenes nuevos limeños vivían al borde de un colapso nervioso porque creían que les iban a quitar sus blackberry, sus ipod, o, en el mejor de los casos (los más conscientes), temían perder la posibilidad de decir lo que quisieran. Pero no son los únicos. Muchos adultos y jóvenes creen que la Constitución de 1979  fue la responsable del “atraso nacional” y del “autoritarismo” (¿?) cuando, en muchos casos, no saben qué dice realmente dicho documento. Y se aferran a una Constitución que sirvió de marco legal a la dictadura de Fujimori quien, además, la violó sistemáticamente.
De este modo, podemos estar seguros de que la prensa es uno de los mecanismos que se utiliza mejor para mantener el estado de cosas. Crea miedo, incertidumbre y, por efecto casi newtoniano, genera el desprecio por el otro, por aquellos que son o somos distintos. Pareciera que están empeñados en hacer de los televidentes–oyentes–lectores, una masa homogenizada que reaccione contra cualquier intento por cambiar, por mover la más mínima ficha de su sitio. Lamentablemente, les está dando resultado.
Para terminar, nos queda la segunda respuesta pendiente. En verdad, la segunda respuesta es el objetivo de esta columna: quien quiera que diga qué hacer, qué postura tomar, qué regulaciones seguir o qué garantías adicionales otorgar. Porque después de todo, como dijo Alberto Flores Galindo, la cuestión de fondo es qué país se quiere, en qué país queremos vivir.

viernes, 15 de julio de 2011

En torno a un partido de fútbol



Por: Juan José Torre toro

El último martes 12 de julio se desarrolló el encuentro  entre las selecciones de Perú y Chile. Más allá del resultado es importante dar cuenta de lo sucedido y comentado, no en el partido, sino en “la previa”.
Un enfrentamiento entre Perú y Chile concita la atención en cualquier ámbito de cosas y en cualquier terreno.   Si se trata de futbol -el deporte más popular en medio planeta- entonces ello toma matices dramáticos. Un dramatismo que se manifiesta en la definición de este tipo de encuentros: EL CLÁSICO DEL PACIFICO. ¿Qué es un pues un clásico futbolístico? No es más que la reproducción simbólica de un enfrentamiento social o político llevado al terreno de lo deportivo. 
Así, por ejemplo,  el clásico U- Alianza, no es más que el enfrentamiento simbólico  entre los estratos populares (negros, y cholos) y la elite (blancos o criollos). Es posible que el tiempo haya diluido las diferencias sociales y étnicas en los hinchas de ambos equipos, pero la idea de enfrentamiento social y revanchista que la subyace permanece.
En cuanto al llamado Clásico del Pacifico, sucede algo curioso y que ha quedado evidenciado en el último partido. La prensa deportiva peruana se esforzó por dotar de un aura especial al encuentro: no es un partido cualquiera –decían– es uno muy especial. Juan Vargas, el buen lateral peruano manifestaba que “Se puede perder con cualquiera, menos con Chile”.  De alguna manera –consciente o no– los peruanos estamos buscando escenarios de revancha para una derrota militar. Alan García manifestaba no hace mucho que en poco tiempo seremos económicamente mejores que Chile: Incluso para la máxima autoridad política, representante nacional, el terreno económico es el escenario  que prolonga un viejo conflicto. 
Una actitud diferente fue la tomada por la prensa chilena, quizá sea porque el porvenir no les debe una victoria, parafraseando a González Prada. Quizá sea porque en realidad es un partido como todos, cuya importancia no va más allá de lo exclusivamente deportivo. Quizá sea porque procuran no poner en riesgo su victoria, exponiéndola al escarnio de una derrota simbólica.
Sea como fuere este tipo de encuentros prolongan, nos guste o no, viejos rencores, azuzan ánimos y terminan siendo válvulas de escape para pasiones reprimidas.
Es posible que en el largo camino de  formación de la identidad nacional se necesite de demonios foráneos frente a quien edificarnos. Es posible. Después de todo Macera dijo alguna vez que el resentimiento y el odio pueden ser fuerzas impulsoras en la construcción de una nueva moral. 

miércoles, 13 de julio de 2011

Ni pandillas, ni bandas: Reflexiones sobre la violencia juvenil


Por: Jerjes Loayza Javier



Luego de investigar el tema de la violencia juvenil en la Comunidad de Huaycán, Distrito de Ate, para elaborar mi tesis de licenciatura, decidí no ahondar más en el tema de las bandas juveniles urbanas, para enfocarme en otros aspectos de la cultura juvenil. Sin embargo en los años venideros, al ahondar en las interacciones juveniles limeñas, me encontré con la triste sorpresa de que la violencia juvenil no podía ser soslayada aun en este tipo de investigaciones, por el contrario la violencia era patente en diversas relaciones sociales juveniles, en diversos contextos, cobrando diversas formas, a veces muy específicas unas de otras. El pandillerismo me demostró que azota con su cruda realidad por doquier, por lo que su estudio y análisis era una labor, que una vez más, me enrumbaba a la actividad teórico-práctica en esta materia. Presento algunas reflexiones al respecto producto de una investigación realizada en Huaycán[1], de la ponencia “Construcciones sociológicas en torno al pandillaje juvenil en América Latina” para el evento académico del PRE ALAS, realizado en la Universidad Ricardo Palma en el presente año, y de la actual investigación que versa sobre datos recolectados en la ciudad de Lima durante el año 2011. Se trata de  resultados transitorios, que al día de hoy continúo construyendo.

Empecemos por las etiquetas que nublan toda reflexión al respecto. “Pandilla” de por sí es una categoría arbitraria que pretende generalizar fenómenos totalmente diferentes, los que a su vez poseen matices específicas necesarias para comprender dicha problemática. A veces quienes somos ajenos a tales grupos juveniles violentos –que justamente somos quienes abordamos los temas, quienes enjuiciamos a esos jóvenes o quienes criticamos abiertamente este fenómeno social pernicioso para la sociedad- poco o nada sabemos de la mirada que ellos dan a sus manifestaciones simbólicas. Conversando durante algunos meses con algunos de ellos y ellas, y entablando amistades diversas, pude cerciorarme de una importante categoría que había sido dejada de lado: la transición. O que en palabras de Turner, liminalidad. Para entender dicho concepto, debemos tomar el período de margen o de liminalidad, como una situación inter – estructural[2]. Por ello creo prudente llamarlos grupos juveniles que aun no toma una posición valorativa, siendo por el contrario jóvenes en un estado de liminalidad latente, que los ubica en una situación inter- estructural diversa y compleja, dependiendo no sólo del contexto, sino del sujeto que la experimenta. Dicho estado transicional será un estado en el que el joven deberá decidir, aprender, experimentar; por ello no se puede homogenizar dichos grupos pandilleriles, sino admitir sus matices y resignificaciones. Si bien Santos los ha denominado “esquineros trajinantes”[3], esta es una enunciación meramente espacial, mas no lo suficientemente simbólica. Asimismo Strocka los prefirió llamar “manchas” para enunciarlos del modo en que sus integrantes se autodenominaban, para referirse a las pandillas en Ayacucho; sin embargo es poca la explicación teórica que se puede desprender de ella. A partir de la importancia que le doy a la liminalidad, prefiero denominarlas en adelante –sin desear pecar de rimbombante- como Grupos Juveniles Liminales. 

Ahora bien, ¿qué las hace transitorias, a diferencia de las bandas delincuenciales de adultos o de las bandas juveniles salvadoreñas o colombianas por ejemplo? Empezando por lo último, cabe destacar que los grupos juveniles liminales en el Perú no se reúnen ni para delinquir ni para asesinar, su formación es inconsistente y no posee una organicidad al estilo de las Maras Salvatruchas, ni un estilo sanguinario masivo, al estilo de los adolescentes sicarios en Colombia. En aquellos contextos se vive una especie de “cárcel cultural”[4] que es capaz de castigar con la muerte a los desertores. Los estigmas que recaen sobre ellos los fortalece, pudiendo ver tatuajes hasta en el rostro que buscan violentar al otro con la sola presencia. Por otra parte, los adultos que delinquen en nuestro contexto ven en la delincuencia un modo de vida, a diferencia de los jóvenes integrantes de pandillas, que oscilan generalmente entre los 14 años y los 20 años de edad. Éstos últimos lo ven como un pasatiempo –algunas veces mortífero- capaz de resaltar todas esas energías de las que están hechos que de uno u otro modo necesita irradiar. Los delincuentes han decidido un estilo de vida, los jóvenes liminales no, aun dudan y no esperan morir por el amor a un equipo de fútbol o un barrio. Más aun su salida de estos grupos no será castigada, ni tampoco ovacionada: sin pena ni gloria, continuarán con su vida. Los estigmas no los fortalecen, por el contrario, los ahuyentan y en muchos casos, los llevan a la reflexión.

Las tensiones entre la presión del grupo y el miedo al castigo institucional son muy claras en muchos casos. Se trata de actitudes a medio camino entre la delincuencia y la legalidad. Por un lado, la exigencia del grupo para ejercer la violencia y por otro la autoexigencia de no cometer delitos cuyo castigo institucional (cárcel) les convertiría en delincuentes de pleno derecho. El lugar en el que los jóvenes liminales se desenvuelven puede determinar ciertos comportamientos: el pertenecer a una comunidad en donde la violencia no sólo dinamita por doquier, sino que es valorada y respetada por los pares, puede no sólo convencer, sino en algunos casos obligar a que un joven se integre a un grupo juvenil violento. Al permeabilizar comportamientos y actitudes demuestran cierta resistencia a no abandonar valores morales y éticos, poniendo en primer término a sus familias y lo que éstas puedan decir de ellos. El debate es amplio y la realidad apenas figurada bajo la oscura capa de la teoría. Es necesario reflexionar sobre la condición racional e irracional de los jóvenes liminales, quienes mezclan diversas intenciones, tanto lúdicas como tanáticas, lo que nos lleva a interacciones eminentemente complejas, y cuya comprensión empieza por ellos mismos, es decir desde sus propias perspectivas. Lo que denomino clandestinidad juvenil, es propio de una condición liminal, que la hace situacional y transicional, más no estacionaria y definitiva. Sería no sólo difícil, sino imposible hallar marcadas separaciones entre lo racionalizado y lo irracional, lo cual nos lleva a nuevas y mayores formas de sentir y pensar la realidad de la violencia juvenil en el Perú.




[1] LOAYZA, Jerjes (2011)“Grupos juveniles liminales en Lima: Un estudio de caso en la comunidad autogestionaria de Huaycán”. RECSO Revista de Ciencias Sociales. Montevideo: Año 1, Número 1, 2010. Pág. 34 – 53. Universidad Católica de Uruguay.
[2] TURNER, Víctor (1970 ) Simbolismo y ritual. Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima.
[3] SANTOS, Martín (1998)  “Emociones, desempeños morales contextuales, conflicto social y relaciones  de poder en redes de esquineros-trajinantes de un barrio popular de Lima”. En Maruja Martínez y Federico Tong, (editores).¿Nacidos para ser salvajes?. CEAPAZ. Lima.
[4] MARTÍN ALVAREZ, Alberto; FERNANDEZ ZUBIERTA, Ana y VILLARREAL SOTELO, Karla. (2007) “Difusión transnacional de identidades juveniles en la expansión de las maras centroamericanas”. En Perfiles Latinoamericanos. Julio-diciembre, número 30. México: FLACSO.

lunes, 11 de julio de 2011

Paradojas, esperanzas



Por: Juan José Torre Toro

No deja de ser paradójico. Más allá de consideraciones teóricas acerca de la posición ideológica de Ollanta Humala, se puede afirmar que es una alternativa de izquierda la que se instalará en Palacio este 28 de julio. Y es paradójico pues se trata de un logro político que la izquierda no alcanzó ni en su momento de mayor organización  y confluencia.

También es cierto que la izquierda organizada en los 80s fue victima de un espejismo. La alta conciencia de las masas, como optimistamente llamaría Jorge del Prado a la actitud reivindicativa de los sectores populares, no tuvo la consistencia ideológica necesaria para superar el suicidio político de finales de los 80 ni a la demolición a la que se fue sometida.

La tan mentada figura del outsider político, tuvo en la izquierda setentera y de los 80 a sus primeros representantes. Sus bases políticas -pese a su entusiasmo- eran tan precarias como poco consistentes.  Bastó el viento en contra que supuso la caída de la URSS y el surgimiento de Sendero para que  se vaya por la borda. En estas condiciones de precariedad organizativa de la izquierda que se ha logrado esta victoria electoral. ¿Que debemos esperar del gobierno de Humala aún cuando la derecha no supera aún su estado catatónico?   

La oportunidad que se abre tras el triunfo de Humala se pinta de varios colores. Resulta complicado realizar las transformaciones necesarias para que el país tome un rumbo hacia su desarrollo autónomo. El contexto que se presentará será particularmente difícil.

Pese al escenario de conflicto que se avizora, es imprescindible crear  diferencias notables con los regimenes que la han precedido. Demostrar que un gobierno de izquierda (aún cuando el  término pueda ser confuso para algunos) puede ser más eficiente, honesto y democrático que quienes  vienen gobernando hace décadas.
Ello puede abrir posibilidades de construcción de una alternativa política más profunda y asentar un discurso contrahegemónico. Un discurso que ya se ha instalado como alternativa y que probablemente se quede en ese plano pero que puede viabilizarse en el futuro. Es tarea de cada uno y en su propia trinchera.